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COLUMNA

Miedo

Entre las 17 piadosas razones que Michael Moore nos ofrece para no cortarnos las venas tras el triunfo de Bush consta que, después de todo, en EEUU la mayoría está contra su política, aunque le voten (advierte el cineasta: no tratéis de entenderlo)

El miedo es "un ciego guiando a otro ciego" (Leopoldo Panero), o sea, que conduce al abismo. En la campaña electoral republicana había anuncios con jaurías de lobos agazapados en el bosque, esperando atacar. El 2-N los agentes sembradores de pánico han recogido una excelente cosecha, y muchos analistas coinciden en señalar el triunfo del miedo sobre la justicia.

Táctica vieja como la humanidad: es muy fácil construir temores y hacer negocio de ello. Una anécdota venial pero significativa: ¿por qué en aquella calle de Milán nos revolvieron con saña el modesto utilitario si robar nada? Pero sí, se llevaron nuestra confianza, y a partir de esa noche siempre pagamos garaje para salvaguardar la máquina.

Qué sería de las empresas de seguridad sin rateros o secuestradores. Qué de los fabricantes de armas sin guerras. Qué de los votos libres sin villanos amenazantes.

El miedo es el mensaje (Gil Calvo). A los indios, a los corsarios, al oso soviético en la era Reagan, a los judíos o a los palestinos. Miedo a la bomba, a la furia divina, al suspenso, a la soledad, a la hipoteca, al infierno interminable, al despido, al "coco", a la libertad de las mujeres, al imperialismo catalán.

Por ello, para los muchos bushes que en el mundo son, han sido y serán, resulta tan conveniente la acechanza, real o imaginaria, de los bárbaros de Kavafis. Esos cuya cercanía hace que se paralice la normal vida comunitaria, que se modifiquen los usos y costumbres, hasta que los ciudadanos se retiran inquietos, confusos y tristes tras la tensa espera. No habrá invasión, tan largamente anunciada, porque desde la frontera vienen diciendo que no se ven bárbaros por ninguna parte. "Y ahora ya sin bárbaros, ¿qué será de nosotros? Esa gente era una solución".

Menos mal que el miedo existe. Si no, habría que inventarlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de noviembre de 2004