Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
MI AVENTURA | EL VIAJERO HABITUAL

Aguas dulces con peces gato

LA AGENCIA de viajes consintió en dividir nuestra semana en un hotel en la Riviera Maya en dos partes, separadas por tres semanas, durante las que recorrí Guatemala al ritmo de mi chaval de 10 años y de mi mujer. Antes de cruzar la frontera, todavía en México, habíamos descubierto los cenotes Chacmool y Cristalino, pozos de aguas dulces llenos de peces gato. En Akumal, nadamos con una tortuga entre la fauna marina de colores, y en Xel-Ha ("donde nace el agua") descendimos por el río con un flotador.

Llegamos a Flores, al norte de Guatemala, en un vuelo desde Cancún. Flores es una falsa isla en el lago Petén Itzá. La cercana Tikal, uno de los mayores conjuntos maya del periodo clásico, se alza en plena selva y se descubre templo a templo, caminando. Para recuperarse de la fatiga, un baño relajante en la piscina del hotel.

De allí partimos a Cobán, la tercera ciudad guatemalteca en cuanto a número de habitantes. Estaba en plenas fiestas de Santo Domingo, y en la iglesia y sus alrededores nos asombró la tradicional danza del Venado, la procesión de las cofradías, los charlatanes, la feria y el jaripeo (rodeo).

Sin salir de la región, arribamos al río Cahabón, en el parque nacional de Semuc Champey, que se entierra en una gruta y resurge 500 metros más allá, mientras un afluente lo busca formando siete piletas muy aptas para el baño.

La vieja capital guatemalteca, Antigua, es como un ajedrez y en cada casilla hay algo de lo que disfrutar: una iglesia entera, un convento derruido, un restaurante, una sala de exposiciones, un museo, una tiendona... Desde muchas de sus calles se contempla el temible volcán del Agua.

Atitlán es un lago rodeado por una docena de pueblos con nombre de santo, donde los artesanos relumbran como la superficie del agua al caer el atardecer. Chichicastenango, un museo viviente de la cultura maya, se transforma en un mercado los jueves y domingos, en el que deslumbran los colores de los huipiles (blusas) que se venden en los puestos y el desfile de moda indígena que hay por las calles.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de octubre de 2004