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COLUMNA

Pureza de sangre

Nada más acceder a sus puestos, los nuevos jefes del socialismo alicantino se han apresurado a pedirle a Enrique Sanus que entregue el carné del Partido Socialista. ¿Qué terrible delito ha cometido Sanus para que deba darse de baja urgentemente en un partido político en el que milita desde hace años? Según se afirma, el pecado de Enrique Sanus consiste en haber aceptado trabajar como gerente de Urbanismo en el Ayuntamiento de Alicante. Para los jefes del socialismo alicantino, no es permisible que uno de sus militantes trabaje para un alcalde del PP.

Debe tratarse, desde luego, de una incompatibilidad de orden moral, pues los estatutos del Partido Socialista, que hemos consultado, nada señalan al respecto. Si eso es así, sólo cabe decir que estos nuevos dirigentes hilan muy fino. Reclaman una pureza de ideales a sus asociados que, de aplicársela a ellos mismos, me temo que correrían el riesgo de descabezar su agrupación. Con las exigencias morales conviene andar con cuidado para no convertirnos en un inquisidor.

No conozco de nada a Enrique Sanus. Sé, como todo el mundo, que ha trabajado para la Administración, donde dirigió por un tiempo el Instituto Valenciano de la Vivienda. Quienes le han tratado, lo consideran una persona preparada, capaz en su trabajo. En Alicante, Sanus actuó de manera solvente cuando hubo de enfrentarse al problema de las Mil Viviendas. Aquella barriada deteriorada, prácticamente en ruinas, donde la convivencia resultaba imposible, se convirtió, tras su gestión, en un barrio moderno, de un aire pasablemente civilizado y actual. Se construyeron casas higiénicas, soleadas, modestas pero resueltas con dignidad. Para quienes conozcan el urbanismo de los barrios obreros de Alicante, la diferencia no puede ser más evidente. Todo esto indica que las cosas se hicieron bien en su momento.

Enrique Sanus impulsó algunos proyectos en Alcoi, donde su hermano era alcalde a la sazón. Se pretendió entonces restaurar el centro de la ciudad, que se encontraba muy deteriorado debido a la antigüedad de las viviendas. Aquí se trazó un plan que quizá resultó excesivo. Se quiso contar con arquitectos de renombre, primeras figuras, y, claro está, los presupuestos se dispararon. Faltó el dinero y muchas de aquellas ideas no pasaron del papel, lo que provocó en la ciudad una impresión de incompetencia que se ha mantenido hasta hoy. Todo eso es absolutamente cierto, pero también lo es que las dos o tres actuaciones concluidas se hicieron con una enorme seriedad. La experiencia demostró que estos planes, siempre difíciles, pueden resolverse de manera respetable y que la arquitectura moderna sabe cómo hacerlo.

Los socialistas alicantinos deberían exigirle a Enrique Sanus la baja en el partido si comprueban que su conducta es contraria al espíritu del socialismo. Si, desde la gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de Alicante, Sanus alienta la especulación, recalifica terrenos de manera sospechosa, se inclina, en suma, hacia una política de favoritismos y arbitrariedades, me parecerá muy bien que le reclamen el carné pues existirá una contradicción entre sus ideas políticas y su trabajo. Pero si Enrique Sanus actúa de acuerdo con las leyes y contribuye, con su experiencia, a poner un poco de orden en el caótico urbanismo de la ciudad, bienvenido sea. A fin de cuentas, a las personas hay que juzgarlas por sus obras, y no de acuerdo con nuestros prejuicios y temores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 15 de octubre de 2004