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Reportaje:

Poesía contra el terrorismo en Yemen

La ofensiva contra el extremismo islámico lanzada por el Gobierno choca con un extendido sentimiento antiamericano

"El secuestro es un crimen y una vergüenza que a la gente no gusta. Los que cometéis actos terroristas, parad ya; nunca liberaréis ni Gaza ni Jerusalén". Amín al Mashriqui, uno de los poetas más reputados de Yemen, repite sus versos contra el terrorismo en cada uno de sus recitales, y son muchos en un país con gran tradición oral, donde no hay reunión social que se precie que no cuente con un trovador. La poesía es una de las vías más originales de la lucha antiterrorista emprendida por el Gobierno yemení a raíz del 11-S. Pero, aunque sus responsables aseguran que el extremismo ha dejado de ser una amenaza, los sentimientos antinorteamericanos están muy extendidos entre la población.

"Estamos mucho mejor que hace tres o cuatro años", reconoce Mohamed Khidhr, subdirector del bisemanal Yemen Times. "Hasta ahora, el Gobierno ha tenido éxito en frustrar numerosos intentos terroristas y en desmembrar las organizaciones que están detrás", apunta. La prueba es que han dejado de producirse secuestros de extranjeros y ataques con explosivos.

Entre 1997 y 2002, Yemen vivió una sucesión de acciones terroristas (atentados contra el buque estadounidense Cole y el francés Limburg, secuestro de extranjeros, bombas contra oleoductos y sedes oficiales) que hicieron temer seriamente por su estabilidad. El coste económico, el declive del turismo y la presión de EE UU tras el 11-S obligaron al Gobierno del presidente Alí Abdalá Saleh a tomar medidas. Pero no fueron sólo policiales, sino también educativas y de diálogo con los extremistas, según subrayan fuentes oficiales.

Además del cierre de algunas madrazas y de la revisión del currículo escolar, el Gobierno inició a finales de 2002 un proceso para tratar de recuperar a los veteranos de Afganistán y a los simpatizantes de Al Qaeda o de los grupos locales Yihad Islámica y Ejército de Adén-Abyán. "Hemos tenido resultados positivos", asegura el juez Hamud al Hitar, "ya no existe ni Ejército de Adén-Abyán, ni Yihad; han desaparecido para siempre". Tal vez, pero la revuelta del clérigo rebelde Husein al Hudi ha tenido en jaque a las fuerzas de seguridad durante todo el verano.

"Aunque todavía queden bolsas de extremismo en Yemen, ya no constituyen una amenaza destructiva", asegura no obstante Al Hitar, que dirige el llamado diálogo teológico. En las cuatro rondas celebradas hasta ahora, la veintena de miembros de este comité se ha entrevistado con unos 700 extremistas, tanto suníes (cercanos a Al Qaeda) como chiíes (seguidores de Al Hudi).

"Nuestro trabajo es parecido al de los médicos, sólo que ellos tratan el cuerpo y nosotros el espíritu", explica Al Hitar. A falta de "síntomas visibles" del extremismo, han recurrido al material literario y propagandístico de los diferentes grupos para detectar los problemas. Así, los discípulos de Al Hudi creen a pies juntillas que Dios selecciona a algunas personas para interpretar su palabra y dirigir al pueblo, por lo que se hace innecesario tanto su formación como la celebración de elecciones. "Entre los simpatizantes de Al Qaeda hay 10 ideas equivocadas", entre las que el juez subraya el concepto de yihad (guerra santa) y la visión de los no musulmanes o musulmanes no ortodoxos como infieles.

Al Hitar asegura haber convencido a 176 de los partidarios de Al Hudi y a 353 de los seguidores de Al Qaeda. "Hemos tenido un éxito del 80%, pero el verdadero éxito es dar a esa gente una esperanza de que pueden vivir en paz, porque hasta ahora sólo tenían dos opciones: matar o morir", declara antes de señalar que desde diciembre de 2002 no ha habido atentados.

"El diálogo es una broma", desestima Abdulghani Abdulqader, responsable del departamento político del Partido Socialista (uno de los cuatro del frente opositor). "Los veteranos de Afganistán han sido instrumentalizados por el Gobierno al que ayudaron [contra los socialistas] en la guerra civil de 1994; incluso tenían campos de entrenamiento en el sur", asegura. En su opinión, todo el proceso es una forma de encubrir esas relaciones. "El Gobierno nunca se ha enfrentado de verdad con los militantes islamistas, porque constituyen un ejército de reserva que puede utilizar cuando lo necesite", afirma Abdulqader, que pone como ejemplo los recientes enfrentamientos con el grupo de Al Hudi. "Sabemos que algunos de los liberados por el diálogo teológico han participado al lado de los militares", denuncia."¿Qué sentido tiene que EE UU atraviese el océano para invadir un país lejano y decir que lo hace en legítima defensa?", resume una opinión muy generalizada Abdelaziz al Samawi, abogado defensor de cinco de los acusados por el atentado del Cole. "Nos podrán golpear y atacar, pero no van a cambiar nuestra visión de las cosas", añade.

Al Mashriqui, el poeta, asegura que "la gente que distingue el bien del mal" aprecia su denuncia del terrorismo. No está claro sin embargo que a los extremistas les guste la poesía y en un país en el que el 50% de sus 20 millones de habitantes son analfabetos y con apenas medio millón de receptores de televisión, los imanes siguen teniendo mucha mayor audiencia.

La revuelta de Al Hudi

El pasado 10 de septiembre, un comunicado conjunto de los ministerios yemeníes de Interior y Defensa anunció que las fuerzas de seguridad habían dado muerte al jeque Husein al Hudi y puesto fin a la rebelión que lideraba en la provincia norteña de Saada. Todavía pasaron 10 días más hasta la rendición de su lugarteniente, Abdalá al Razami. Después de tres meses de violentos enfrentamientos, quedaban entre 200 y 600 muertos, según las fuentes.

Aunque Al Hudi y sus seguidores también puedan considerarse zelotes musulmanes, ni su ideología ni su revuelta tienen nada que ver con Al Qaeda. Sus raíces son absolutamente locales, como coinciden en señalar varios analistas consultados. No obstante, sus prédicas contra Israel y EE UU sonaban muy similares a la retórica de Osama Bin Laden.

Al Hudi, un líder chií de la secta zaidí (mayoritaria entre los chiíes yemeníes), dirigía el grupo Juventud Creyente. Para el Gobierno se trataba de una organización armada ilegal, que incitaba a la sedición, atacaba a las fuerzas de seguridad y los edificios públicos y animaba a la gente a no pagar impuestos.

Sus seguidores sostienen que han sido silenciados porque Al Hudi denunciaba la corrupción y las políticas proestadounidenses del Gobierno. Los partidos de la oposición, que rechazan las acusaciones oficiales de haber apoyado la revuelta, consideran que las autoridades se han excedido en el uso de la fuerza. "A la gente no se le cambia de forma de pensar a base de balas", asegura Abdulghani Abdulqader, del Partido Socialista.

En Yemen, los chiíes (que suponen el 30% de la población) nunca han tenido problemas de convivencia con los suníes. De hecho, la secta zaidí es la más próxima a la ortodoxia suní. En ambas comunidades, como de hecho en la mayoría de los países de Oriente Próximo, el conflicto israelo-palestino y la situación en Irak alientan fuertes sentimientos antinorteamericanos que sirven de terreno abonado para las prédicas de los extremistas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 28 de septiembre de 2004

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