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Reportaje:HÉROES MEXICANOS | LECTURA

Eduardo Gallo

El empresario Eduardo Gallo vivió hace cuatro años el tremendo dolor de ver secuestrada y asesinada a su hija Paola, de 25 años. Otros miles de mexicanos atraviesan por situaciones similares. Gallo, insatisfecho por la forma en que se cerró la investigación policial y judicial del caso, emprendió la búsqueda de los culpables, y logró su detención y condena.

La llamada en mitad de la noche para informarle de que habían secuestrado a su hija, Paola; la espera angustiosa, los cientos de horribles posibilidades elaborados por la imaginación; el esfuerzo para conservar la tranquilidad durante las negociaciones por el dinero del rescate, la lucha contra la desesperación al pensar en lo que le podían estar haciendo a Paola: Eduardo Gallo vivió todo esto, igual que otros miles de mexicanos en los últimos años, y cosas mucho peores. Pero lo que resulta insólito es cómo, al acabar todo, la policía le trató como si no fuera la víctima, sino el criminal. Ésa fue la sacudida que le llevó a la conclusión de que sólo podía hacer una cosa: tomar la justicia por su mano.

Gallo se convirtió en una figura simbólica del movimiento espontáneo contra la ola de delitos

México ocupa la segunda posición tras Colombia en número de secuestros, unos 3.000 el año pasado

En julio, una marcha de medio millón de mexicanos exigió al Gobierno un mínimo de seguridad

"Le tratan a uno casi con desprecio. Prácticamente hay que humillarse, rogarles que hagan su trabajo. Pero cuando insinuaron que era un asesino, me enardecí. No sólo por el insulto y por la falta de sensibilidad que mostraban hacia mí, sino porque comprendí de golpe lo imbéciles e incompetentes que eran, lo imposible que era que alguna vez fueran a resolver el crimen cometido contra mi hija. Ahí entendí que, si quería averiguar la verdad, tendría que llevar a cabo la investigación yo mismo".

Gallo habla en el salón de su casa de México DF. Han pasado exactamente cuatro años y ocho días desde el secuestro de su hija. Como siempre ocurre con los aniversarios de hechos terribles, la herida está más abierta de lo habitual. Sin embargo, durante las tres horas de conversación, salvo en un único momento, su rostro fuerte y de barba oscura revela más indignación que dolor, más decisión que amargura. Gallo, que tiene 55 años y es casi tan ancho como alto, es un hombre cuyas proezas le han convertido en una de las figuras simbólicas del movimiento surgido espontáneamente en México como respuesta a la epidemia de delitos que ahoga al país. México ocupa ya la segunda posición mundial tras Colombia por número de secuestros, con unos 3.000 casos el año pasado -la mayoría, sin denunciar-, según los cálculos de expertos internacionales en seguridad. Y lo peor es la falta total de confianza en los supuestos agentes de la ley. Si uno le pregunta a un mexicano medio por qué las cosas están como están, la respuesta siempre es la misma: porque los criminales más malvados son los propios policías. Por eso fue que en julio más de medio millón de personas salieron a las calles de la capital mexicana, exigiendo que el Gobierno ofreciera un mínimo de seguridad. Gallo, uno de los principales promotores de aquella manifestación, había sido un hombre afortunado, hasta el día en que estalló el horror. Estaba casado y con dos hijos, ya mayores, a los que adoraba; poseía una mansión en una arbolada zona residencial de México DF y una segunda casa en el pueblo semitropical de Tepoztlán, a hora y media de la capital. Antiguo director de una cadena nacional de hoteles, Gallo poseía su propia empresa de consultoría en la época en la que secuestraron a Paola. "Ocurrió en un momento muy feliz de su vida", me cuenta Gallo. "Acababan de darle el empleo fijo que deseaba en una escuela y acababa de terminar su tesis para obtener la licenciatura en Psicología. Tenía 25 años y toda la vida por delante". Para celebrar su buena suerte, el viernes 7 de julio del año 2000 fue a pasar el fin de semana en la casa familiar de Tepoztlán, en el Estado de Morelos, con siete amigos. Todo cambió para siempre a las dos de la mañana del domingo, cuando irrumpieron en la casa tres hombres, vestidos de negro, con los rostros enmascarados y una pistola automática cada uno. Ataron a los siete y después de saquear todo lo que podían se llevaron a Paola.

La pesadilla en la casa duró dos horas. El domingo 9 de julio, poco después de las cuatro de la mañana, empezaba la de Gallo. "Me llamó una de las amigas de Paola. Me volví loco. No podía ser cierto. Por mi cabeza pasaron cuatrocientas ideas en una fracción de segundo. Pero entendí que tenía que ser verdad. Y entonces pensé: No caigas en el pánico. Pronto estará de vuelta en casa. Será uno de esos secuestros exprés de los que hemos oído hablar. Enseguida se pondrán en contacto conmigo, pedirán una cantidad razonable y nos la devolverán".

El día transcurrió con una lentitud angustiosa, sin que se supiera nada de Paola. "Hasta las ocho de la noche, hora en la que sonó el teléfono, pero cuando descolgué, ya habían cortado. Ocurrió tres veces. La guerra de nervios había comenzado". El primer contacto de produjo a las nueve en punto, 17 horas después del secuestro. "Queremos dos millones de pesos o, si no, le haremos daño, advirtió una voz. 'No lo tengo, no lo tengo, respondí'. Dos millones, repitió, y colgó. Me volví loco, pero los tipos de la PFP me dijeron que me tranquilizara, que no era más que un inicio de la negociación".

Gallo ha escrito un libro titulado Paola: denuncia de un secuestro y de una sociedad corrupta. Es una crítica dura de su país y, especialmente, de su sistema de justicia. Aunque reconoce que, en medio de la oscuridad, hay algunos rayos de luz. Uno de ellos la recientemente creada PFP, la Policía Federal Preventiva. "Eran personas serias y competentes. Permanecieron a mi lado desde el comienzo hasta el final, sin dejar de aconsejarme sobre lo que tenía que hacer para recuperar viva a mi hija. En cuanto a la policía del Estado de Morelos, por suerte no se me ocurrió informarles de lo que estaba pasando".

Los secuestradores volvieron a llamar el martes por la mañana y por la tarde, siempre con amenazas de hacer daño a Paola y siempre con los ruegos de Gallo de que no lo hicieran. Por la noche, permitieron que se pusiera la propia Paola al teléfono. "Me dijo que no la habían lastimado y -por supuesto de acuerdo con las instrucciones de ellos- que tenía que pagar, tenía que vender los coches y la casa. Yo sólo pude responder: 'Te amo, hija, te amo'. Y ella: 'Lo sé, lo sé, yo también te amo, papá...'. Colgaron, y ésa fue la última vez que hablé con ella".

Esa semana habló con ellos en repetidas ocasiones hasta que el sábado empezaron las negociaciones de verdad. "Les dije que tenía 175.200 pesos en efectivo y algunas joyas que podía darles. Dije que el lunes podía reunir otra buena suma porque iba a vender mi coche. Me insultaron y colgaron con brusquedad. Temí lo peor, pero siguieron llamando varias veces a lo largo de la noche. Todas las veces preguntaban: '¿Cuánto tiene?'. Y todas las veces les repetía lo que ya había dicho. Recién pasada la medianoche, llamaron para decir: 'De acuerdo. Traiga el dinero".

Gallo fijó con los secuestradores el sitio en el que se iba a hacer la entrega del dinero y, tal como se había previsto, envió a un valiente empleado suyo -si iba el propio Gallo, corría peligro de que le secuestraran también a él- al lugar indicado. El domingo 16 de julio, a las cuatro y media de la mañana, los secuestradores llamaron para decir que habían recibido el dinero e iban a soltar a Paola. "De nuevo comenzó la espera. Que era aún peor que antes, por el ansia de oír la voz de Paola para anunciar que la habían dejado ir".

Éste es el momento, el único en toda nuestra mañana de conversación, en el que Gallo parece perder fuerza, da la sensación de que se puede derrumbar. Hace una pausa en su relato y suspira profundamente. Intenta empezar una frase pero se le quiebra la voz y vuelve a suspirar. Se le forma una lágrima en cada ojo. Sólo una. Y prosigue su relato con voz firme.

"A la una de la tarde llegaron otros agentes de la PFP a casa. Unos nuevos, a los que no conocía. El corazón se me encogió. No quería dejarles entrar. Pero entraron y dijeron: 'Queremos que nos acompañe a Cuernavaca' [la capital del Estado de Morelos]". Cuarenta y cinco minutos después estaban en la Procuraduría, "un lugar en el que nadie sabía nada, a nadie le importaba nada, un lugar que me da asco sólo con recordarlo". Después le llevaron al depósito de cadáveres. "Sólo con verle el cabello supe que era ella. Un hombre iba a retirar la sábana, pero le grité: '¡No, lo hago yo!'. Y allí estaba, muerta. Me senté a su lado y lloré".

Habían ejecutado a Paola con un disparo en la nuca. En un plazo de media hora la policía informó de que, cerca del lugar en el que habían asesinado a Paola, habían encontrado los cuerpos de tres hombres, los tres secuestradores, según parecía indicar todo, porque tenían en su posesión parte del dinero que había pagado Gallo, varias joyas y uno de los móviles robados. En el escenario del crimen se hallaron casquillos pertenecientes a un rifle de asalto AK47 y dos pistolas automáticas. Se identificó a los tres como residentes de Tepoztlán y, tres días más tarde, la policía detuvo a tres mujeres -las esposas de los tres secuestradores muertos-, además de un cuarto hombre, que confesó haber sido el conductor de la banda. "El procurador de Morelos declaró cerrado el caso", recuerda Gallo. "Protesté: 'Un momento. No me salen las cuentas. Tiene que haber más gente en esto. El fiscal replicó: 'No, usted no es un policía, es un papá".

Gallo se propuso demostrar que un padre podía investigar un crimen mejor que un policía. Dejó todo, empezando por su trabajo, y se convirtió en un detective privado a tiempo completo. Obtuvo permiso de armas, contrató a dos guardaespaldas y se propuso hacer todo lo que no había hecho la policía. Empezó por estudiar todos los documentos y fotografías del caso y realizó exhaustivas entrevistas, casa por casa, en Tepoztlán. "Descubrí la forma de trabajar de la banda de secuestradores, me enteré de que habían cometido un número enorme de delitos y, en algunos casos, habían sido detenidos y puestos en libertad, y también averigüé que en Tepoztlán

[un pueblo de unos 15.000 habitantes] todos sabían exactamente quiénes eran y a qué se dedicaban. Se paseaban siempre armados, y nadie hablaba de ellos porque todos les tenían miedo. Es decir, que todo el pueblo fue, en cierto sentido, cómplice de sus crímenes".

Volvió a acudir a las autoridades, que esta vez prácticamente le acusaron de haber matado a los tres secuestradores. "Entre maldiciones e insultos, les señalé que ésa era la prueba más burda de su incompetencia, porque la más mínima investigación que hubieran hecho en ese sentido les habría revelado que yo estaba en mi casa, acompañado por agentes de la PFP, cuando se produjeron los asesinatos".

A finales de aquel año se celebraron elecciones y el PRI perdió el poder tanto en el Gobierno federal como en el Estado de Morelos. En ambos casos le sustituyó el Partido de Acción Nacional (PAN). "Hablé con el nuevo procurador, que me dijo: 'Salvo una mujer que trabaja aquí, uno no se puede fiar de nadie en esta oficina'. Dentro de sus posibilidades, el procurador me ayudó -y a veces mucho- con mi investigación".

Fue él quien, con su beneplácito, hizo posible que Gallo realizara su primera detención, en junio de 2001. Se había enterado de que un personaje apodado Apache Dos era el que había apretado el gatillo de la pistola que mató a su hija. Le siguió la pista hasta un edificio de apartamentos a las afueras de la ciudad de México, en un barrio notorio por su peligrosidad. Gallo y sus guardaespaldas vigilaron el edificio durante una semana, pidieron refuerzos al fiscal de Morelos y capturaron al asesino cuando salía del portal. "Llevaba meses imaginando cómo iba a matar al asesino de mi hija cuando le tuviera cara a cara. Pero cuando llegó el momento comprendí que matarle no iba a cambiar lo que había ocurrido once meses antes, que lo único que conseguiría sería convertirme en un criminal peor que él". Apache Dos, cuyo verdadero nombre era Francisco Zamora, hizo todo lo posible para provocar a Gallo y que éste le matara, diciéndole que, por muy mala que fuera la cárcel, no lo sería tanto como el dolor que iba a sentir toda su vida con el recuerdo de lo que le había sucedido a su hija. Gallo logró controlarse y no dispararle. "Pero, si no me hubieran contenido los policías que estaban conmigo, tal vez le habría arrancado los ojos con mis propias manos...".

Apache Dos, el conductor -que ya estaba en la cárcel- y otros dos más habían pertenecido a la banda criminal de los tres muertos, que eran quienes habían secuestrado a Paola y quienes dirigían el grupo. Éstos se habían peleado por el porcentaje del dinero del rescate que se iban a llevar y así se produjo la matanza.

Gallo no se conformó con capturar al asesino material de su hija. Quería apresar a toda la banda, una labor que le llevó a las regiones más peligrosas de México, hasta las remotas montañas del Estado de Guerrero y hasta los desiertos de Baja California, a mil kilómetros al norte de México DF. Fue en Baja California -después de una penosa persecución que le obligó a recurrir a la astucia además del valor- donde, en septiembre de 2001, detuvo a un segundo renegado de los que se habían rebelado contra sus cómplices en la banda. Era un hombre implicado en siete asesinatos. La policía detuvo a un tercero, gracias a las investigaciones de Gallo, en mayo de 2002. Queda un cuarto sospechoso en libertad.

"Tengo la satisfacción de saber que hoy, cuatro años después del asesinato de mi hija, se ha dictado sentencia sobre los dos hombres que localicé, y el tercero está pendiente de que la dicten. Hay cinco sentenciados hasta la fecha, dos mujeres y tres hombres, y cada uno con 40 años de cárcel", dice Gallo. "Pero el dolor no se pasa, y tampoco la indignación. Creo firmemente que si la policía hubiera hecho antes su trabajo, si los habitantes de Tepoztlán hubieran denunciado la existencia de esos asesinos que vivían entre ellos, mi hija seguiría viva hoy. Y lo que también me produce rabia es saber que son muy pocos los que, aunque quieran, logran que se haga justicia, como lo he logrado yo. Si yo no hubiera tenido la fortuna de tener dinero y, por tanto, poder dedicarme a investigar, y si no hubiera tenido la piel blanca -y ésta es la realidad en nuestro país, es la realidad-, si no se me hubieran abierto puertas que habrían permanecido cerradas de ser yo moreno y pobre, todo esto no habría sido posible".

Pero, ¿no ha habido elementos esperanzadores en la historia de Gallo? ¿La nueva agencia de policía, el procurador panista de Morelos? No. Para Eduardo Gallo sólo hay dolor e indignacion. Ha vivido demasiado de cerca las consecuencias más horrorosas de vivir en un país sin ley como para buscar consuelo en los que considera ser pequeños matices. "La verdad es que está todo podrido", dice. Su conclusión, como deja claro el título de su libro, es que la corrupción no sólo ha invadido las instituciones de México, sino también a su gente. "He conocido a algunas personas honradas y decentes a lo largo de todo esto, sin duda; el problema es que estas personas son pocas y el sistema está profundamente viciado", dice Gallo, que confiesa que se le ha acabado la paciencia y desea emigrar, preferiblemente a España. "La cuota que he pagado es muy alta. Lo que he descubierto, y es muy triste reconocerlo pero es verdad, es que hay una falta de valores lamentable en esta sociedad. No hay solidaridad. La gente va a lo suyo. Dicen que los pueblos tienen las instituciones y los Gobiernos que se merecen. Bueno, estas instituciones y estos Gobiernos son los que nos merecemos los mexicanos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de agosto de 2004