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Crónica:LA COSTA LITERARIA | Verano 2004

Descubrimientos

Huí de Sevilla después de que el segundo apagón dejara mi aparato de aire acondicionado transfigurado en una especie de Harpo Marx; completamente mudo, emitiendo de vez en vez un "pí... píííí" sospechoso que me hizo temer lo peor. Cuando el presidente de la compañía eléctrica apareció en televisión anticipándonos que no aseguraba energía continuada, yo ya estaba en el coche con el Fly away de Lenny Kravitz a todo volumen y con mi perra en el asiento del copiloto, dispuestas a fugarnos de la ciudad cual si de Thelma y Louise se tratase. Me repugnan esos seres humanos (llamados así por pura rutina) que desamparan al amigo. Eso me revuelve de tal forma los intestinos que deseo de todo corazón que los que abandonen a sus mascotas paguen según la ley de créditos karma con una próxima reencarnación como parásitos intestinales.

Me tomó por la cintura mientras me mecía a ritmo de bolero y susurraba en mi oído

Tomé la A-49. Este año decidí hacer de mis vacaciones una macedonia cultural-relajante-playera explorando las tierras que le dieron el pistoletazo de salida al señor Colón y nuestra primera parada era Punta Umbría. Cuando todos consideraban que los ingleses fueron los encargados de conformar los orígenes del lugar como ciudad de veraneo, se descubrió la necrópolis romana. Me alegro de que los ingleses no tuviesen la iniciativa, mejor que no se tomen atribuciones sobre la zona. Ya en una ocasión nos lanzaron al mar al "hombre que nunca existió", un tal William Martin que sin haber pertenecido jamás al ejército se convirtió en héroe por participar en una operación militar fundamental durante la II Guerra Mundial (aunque él ni siquiera se enteró). Martin murió con pocas glorias en un hospital de Londres a causa de una dolencia hepática pero los ingleses lo vistieron de militar, lo enterraron en hielo para que no se echara a perder, lo trajeron en un submarino hasta las costas de Gibraltar y lo soltaron. La corriente lo llevó a Punta Umbría y allí lo "pescó" un barco choquero... (pese a todo, hay quien está convencido de que lo del Tireless es pura anécdota).

La vista desde la playa de Punta Umbría ofrece una conjunción prodigiosa de mar y bosques de pinos. Tras dos días haciendo de sirena entre agua salada y arena, alcancé el tono caribeño necesario para visitar los lugares colombinos. Un curtido marinero me aconsejó que utilizara el método tradicional para viajar: las canoas que unen Punta Umbría con Huelva desde principios del siglo pasado. Dijo que hasta que se construyó la carretera, ésa era la única forma de conectar las dos localidades.

-El coche es un invento luciferino. Hay que viajar como dicta la naturaleza -le dio una calada a su cigarro y añadió-: ¡En barco!.

Al poco de zarpar, un hombre orquesta comenzó a amenizar el trayecto con músicas populares y en menos de lo que se escuchó un "si tú me dices ven", el brazo firme de una especie de marinero a la antigua usanza de ojos peligrosamente dorados me tomó por la cintura mientras me mecía a ritmo de bolero y susurraba en mi oído con acento genovés: "Me llamo Cristóbal y sé lo que buscas". Lo dijo con tal convicción que no me quedó duda de que lo sabía mucho mejor que yo misma, así que dejé que guiara mis pasos durante el baile y del mismo modo, cuando atracamos en Huelva, lo seguí como un perrito faldero hasta el monasterio de Santa María de la Rábida. En el interior de aquel edificio lleno de pasados, tuve la impresión de que no era la primera vez que él estaba allí. Acarició las paredes, olisqueó el aire y se arrodilló en la capilla murmurando una letanía que me pareció puro castellano antiguo mezclado con un runrún ininteligible. De pronto, como si una señal divina le hubiera puesto en marcha, Cristóbal se echó a caminar ladera abajo hacia el muelle de las carabelas. Allí están ancladas las reproducciones de las embarcaciones orgullosas y valientes que navegaron hace cinco siglos con la única certeza de que se iban derechitas hacia lo desconocido, reconstruidas con la misión de no zarpar nunca, de ayudar a descubrir el pasado... varadas para siempre en un muelle mestizo recreado para los estudiosos, los marineros de tierra firme y los turistas. Cristóbal eligió la Santa María, trepó por los empinados escalones de madera, entró en la cámara del capitán en donde una figura de cera representa al almirante Colón en plena confección del diario de a bordo y lo observó, tocando con el envés de la mano la cara inerte y la suya propia. Subió a proa y allí sostuvo su mirada en el infinito como si lo que tuviera de frente fuese un océano aún por descubrir. Me pareció ver un brillo acuoso en sus ojos ambarinos.

-¿Tuviste miedo?-, susurré. Y él se quedó callado.

Nerea Riesco (Bilbao, 1974), periodista, ha ganado este año el 9º premio Ateneo Joven de Novela con la obra El país de las mariposas. En 2002 publicó el libro de relatos Ladrona de almas. Vive en Sevilla desde los 18 años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de agosto de 2004