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Reportaje:Atenas 2004 | La natación arranca hoy con retos fascinantes

Hércules en bañador

Michael Phelps participará en 18 pruebas en siete días durante su impresionante desafío olímpico

La rutina será la de siempre. Michael Phelps aparecerá hoy acompañado por siete nadadores, se acercará al poyete de salida, lo secará minuciosamente para evitar un resbalón, se ajustará las gafas y el gorro, se quitará los pequeños cascos que le permiten escuchar obsesivamente a sus ídolos del rap, escuchará el sonido de salida y se lanzará al agua. No será un día cualquiera, uno de los miles que han configurado sus días como nadador desde que aprendió a relacionarse con el agua. Tenía siete años, odiaba introducir la cabeza en el agua y comenzó a nadar de espaldas. Han pasado doce años desde entonces y ahora es un maestro de todos los estilos, con excepción de la braza, a la que apenas dedica tiempo y entrenamiento. Phelps, 19 años, se lanzará hoy a la piscina con el mandato que se ha impuesto: ganar en los 400 metros estilos la primera de las siete, quizás ocho, medallas de oro en los Juegos de Atenas y eclipsar la marca obtenida por Mark Spitz en Munich 72. Spitz conquistó siete de oro. Phelps quiere más. Será casi imposible, pero el sueño no se lo quita nadie.

La mercadotecnia revela que es el deportista con más potencial publicitario del equipo estadounidense

Es un animal acuático. Se dice que fuera del agua es un muchacho descoordinado

Dedica sus horas a escuchar a los grandes del 'rap' y a arreglar un viejo Cadillac

Phelps es un animal acuático. Se dice que fuera del agua es un muchacho descoordinado, bastante torpe, sin ninguna gracia. En el agua es un pez de 1,94 metros que dispone de una morfología perfecta: un tronco larguísimo, unas piernas insospechadamente cortas, una envergadura de brazos de casi 2,05 metros y unos pies notables. No son las aletas de Ian Thorpe, pero le sirven. En el agua es un látigo. Así ha sido desde que comenzó a nadar en el club NBAC de Baltimore. Sus padres, procedentes de la cuenca minera de West Virginia, estaban en pleno proceso de divorcio y la madre decidió convertir la piscina en un refugio para sus hijos. Para Whitney Phelps, una de las dos hermanas de Michael, era el lugar que le preservaba de los gritos y los reproches que escuchaba en su casa. Whitney era la estrella la familia. Una nadadora con un potencial enorme. Michael la tomó como modelo. Comenzó a nadar con siete años y desde entonces no ha parado. No recuerda cinco días en los últimos cuatros en los que no haya entrenado. Esté donde esté, siempre encuentra una hora para lanzarse al agua. Es su elemento, el lugar donde se siente invulnerable.

Ahora es un muchacho millonario de 19 años, codiciado por varias de las mayores multinacionales. Quieren unir su nombre al del hombre que está decidido a protagonizar los Juegos de Atenas. Los estudios de mercadotecnia revelan que Phelps es el deportista con más potencial publicitario del equipo estadounidense. Es decir, el de mayor potencial en el mundo. Los expertos de Octagon, la agencia que dirige sus pasos desde hace cuatro años, consideran que Phelps podría ingresar cerca de 50 millones de euros si consigue su objetivo en Atenas, las siete medallas de oro que tendrá que conquistar en siete días. La hazaña es casi imposible. Phelps se encontrará con algunos de los mejores nadadores de todos los tiempos: el australiano Ian Thorpe en los 200 metros libres, su compatriota Ian Crocker en los 100 mariposa, el magnífico equipo australiano en los relevos 4x200. Se diría que Phelps va directo al desastre, pero en sus planes no hay lugar para el pesimismo. Hay algo cierto. Si alguien quiere ganarle, tendrá que batir el récord del mundo. De lo contrario, vencerá Phelps. Eso explica la naturaleza de Phelps como nadador, sin duda el más completo que jamás se ha visto.

Su fanatismo por el agua no admite comparación. Nadie entrena más y con más intensidad. Nadie se queja menos. Ha puesto su vida a disposición de Bob Bowman, el entrenador que dirige su carrera deportiva desde los diez años. De Bowman, un tipo rechoncho, soltero, de aire marcial, se dice que desayuna, come y cena natación. Pasó por varios centros antes de recalar en Baltimore, Maryland, en la costa Este americana, en las antípodas de la dorada California, la meca de la natación. En Baltimore descubrió a Phelps y ya no se movió de allí. Inmediatamente supo que estaba ante un fenómeno irrepetible. Con 10 años, Michael comenzó a batir los récords nacionales de su grupo de edad. Poco después, Bowman reunió a sus padres. Les dijo que se sentaran porque la noticia podía impresionarles. "Con 15 años, Michael será un nadador de primer nivel que probablemente atenderá como espectador a los Juegos 2000. En el año 2004 formará parte del equipo estadounidense y luchará por algunas medallas. Poco después batirá sus primeros récords del mundo. En el año 2012 será el mejor nadador del mundo", les anunció Bowman. Esto es lo que ha pasado: con 14 años se clasificó para los Juegos de Sidney; con 15 fue finalista olímpico en 200 mariposa; con esa edad se convirtió en el nadador más precoz en batir un récord del mundo (200 mariposa); con 18 batió cinco récords mundiales en los Campeonatos de Barcelona (dos de ellos en el plazo de una hora, cosa que jamás había logrado ningún nadador); con 19, ocho años antes de lo previsto por su entrenador, es el mejor del mundo.

Se separaron sus padres y Phelps mantuvo su fijación por el agua. Su relación con el padre, un policía recién jubilado, ha sido difícil. Debbie, su madre, una antigua maestra que ahora trabaja en el sistema de educación del estado de Maryland, ha tutelado su educación y las de sus hermanas. Una de ellas, Whitney, era la mejor especialista de mariposa en 1996, el año de los Juegos de Atlanta. Una lesión en la espalda le impidió conquistar un puesto en el equipo olímpico. Michael ha comentado que su hermana vivió aquella frustración como una tragedia. Desde entonces parece que cada una de sus hazañas es una ofrenda a Whitney. Obsesivo para entrenarse, competitivo como ningún otro, convencido de que vive sueño glorioso, Phelps procesa natación por todos los costados. Ni tan siquiera ha ingresado en la universidad, la ruta obligada de los nadadores estadounidenses. Phelps se hizo profesional con 16 años y se mantuvo a las órdenes de Bowman en Baltimore. Después de los Juegos cambiará de ciudad. Bowman ha aceptado la oferta para dirigir al equipo de la Universidad de Michigan y Phelps le seguirá para entrenarse con él.

Bowman suele decir que "Michael lleva una vida muy afortunada, con la excepción de cinco horas diarias de tortura". Sus métodos de entrenamiento están dirigidos casi únicamente a mejorar el rendimiento de Phelps en el agua. Fuera de su elemento, Phelps apenas levanta pesas o y casi nunca corre por los alrededores del centro de entrenamiento junto a sus compañeros de equipo. Su rutina es una fatigosa cadena de kilómetros en el agua. Nunca se queja de su trabajo. No sólo es su profesión. Es su vicio. Sus aficiones son sencillas. No tiene interés por las actividades artísticas, como Ian Thorpe, ni pretende ser un hombre de mundo. Dedica sus horas a escuchar a los grandes del rap y a arreglar un viejo Cadillac. No se le conoce novia, y si se sabe de su apetito voraz. Vive en un mundo de colesterol capaz de proporcionarle 8.000 calorías diarias. Sin embargo, su figura no denota un gramo de grasa. Fibroso, con una flexibilidad extraordinaria en sus articulaciones, su relación con el agua es casi perfecta. Y su respuesta, también. En Atenas participará en 18 carreras, un promedio de 2,5 por día, en un régimen de máxima exigencia. El desgaste será brutal, pero Phelps destaca por un asombroso poder de recuperación. Sólo así se explican los dos récords que batió en los Mundiales de Barcelona en el plazo de una hora. El fisiólogo lituano Genadius Sokolovas, ahora integrado en la Federación Estadounidense de Natación, ha estudiado los resultados de las pruebas de esfuerzo de más de 5.000 nadadores en los últimos 20 años. Después de una carrera importante, los niveles de ácido láctico -la sustancia que segrega el cuerpo durante las fases de esfuerzo y que ataca a la respuesta eficaz de los músculos- de los nadadores se sitúan entre 10 y 15 milimoles por litro de sangre. El único que ha registrado menos de 10 milimoles después de batir un récord del mundo ha sido Michael Phelps. Después de lograr el récord de 200 mariposa su nivel era de 5,8 milimoles. Este dato es una bendición para Phelps, sobre todo porque le permite una capacidad de mantener el máximo esfuerzo durante más tiempo que los demás. En su desafío de Atenas lo necesitará más que nunca. Al fin y al cabo, su empresa es descomunal. Será Hércules en bañador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de agosto de 2004