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Irak: el debate intelectual

Lo que en verdad resulta apasionante y angustioso de los acontecimientos de Irak es que nos sitúan ante una perspectiva inédita en la Historia de la Humanidad ante la que es imposible tener ideas definitivas y certidumbres absolutas. Llama la atención, en efecto, cómo analistas de primera calidad arriesgaron opiniones de las que en parte se han desdicho a continuación sin que exista la seguridad de que su opinión permanezca estable. Mario Vargas Llosa escribió un bello artículo al comienzo de la guerra de Irak del que se desprendía su posición contraria. Luego la rectificó, tras su estancia en el país ocupado al comprobar lo que había significado aquella dictadura. Pero no había empezado aún lo que ya debemos denominar como resistencia y ésta merecería otra respuesta por su parte. Juan Pablo Fusi nos ha recordado, de modo brillante, qué fue el "apaciguamiento" y su resultado, la no intervención. Aun marcando la diferencia con la situación presente, recuerda -y hace bien- que la debilidad tiene como resultado aplazar y empeorar los conflictos. Pero quizá hubiera debido añadir que para el mundo occidental el recuerdo de Múnich resultó tan obsesivo en la época de la guerra fría que vio supuestos Hitler en figuras de tan improbable comparación como Nasser en 1956 o incluso Ho Chi Minh en los años sesenta.

André Glucksmann fue uno de los pioneros en la destrucción de la ortodoxia marxista-leninista habitual en los medios de la intelectualidad francesa en los años setenta. Hoy mantiene una beligerancia muy respetable contra esa especie de "estado de excepción ética" que en Occidente se mantiene con respecto a la Rusia de Putin y su actuación en Chechenia. Pero, leído su reciente libro, el lector tiene motivo para preguntarse si su posición no pecará de ese inconveniente nada infrecuente en los intelectuales franceses que nace del narcisismo de la singularidad. Viene a decirnos Glucksmann que Sadam era como uno de esos poderes piráticos de hace siglos contra los que la intervención resultaba moralmente aceptable por parte de cualquiera. El liberador -asegura- no tendría que dar cuenta más que ante los liberados y los otros liberadores. Ni siquiera esta frase -con su más que discutible contenido- resulta de aplicación al caso de Irak. También llama la atención que afirme que la invasión de este país no ha empeorado el problema palestino. Como mínimo eso es dudoso, pero, además y sobre todo, lleva implícito un orden de prioridades a mi modo de ver por completo erróneo.

Miles de páginas se han escrito acerca de la relación entre Islam y política y muchas más merecerán ser leídas. Lo que, sin embargo, parece más decisivo no es tanto el diagnóstico del terrorismo fundamentalista, sino la reacción de Occidente frente a él. Y algo parecido cabe decir del nuevo desorden internacional o del derecho de intervención.

El nuevo pacifismo popular es, en realidad, muy viejo y, por desgracia, ha proporcionado pocos argumentos interpretativos y aún menos alternativas viables. A mi modo de ver, el deber de injerencia no puede ser administrado por cualquiera ni en cualquier momento. Claro está que la ONU en su actual organización tampoco puede considerarse como un modelo: ni están todos los que deberían ni tampoco del modo que resultaría imprescindible. Pero desde 1945 es una instancia política emergente que no puede ser sorteada y que sólo podría ser sustituida, en términos morales, por el consenso de las naciones democráticas. Esto no excluye que la intervención en Irak no tuviera que resultar, al final, inevitable pero en las condiciones indicadas y no en otras. Es probable que eso no hubiera supuesto otra cosa que el transcurso de unos cuantos meses. Si se hubiera tenido esa paciencia, quizá se hubiera evitado el inmenso estropicio producido.

Si no ha sido así, la razón estriba en que ha fallado algo esencial por parte de la principal de las potencias democráticas. El senador norteamericano Moynihan, que presidió el equivalente a nuestra comisión de secretos oficiales, afirmaba que peor que la revelación de uno de ellos eran sin duda los malos análisis. Hoy podemos reconstruir cómo se han producido éstos en la presidencia norteamericana gracias al periodista Ron Suskind, quien se ha basado en el testimonio de Paul O'Neill, el primer secretario del Tesoro de Bush; de Wesley Clark, antiguo jefe militar de la OTAN, y de Richard Clarke, responsable durante años de la lucha antiterrorista en los Estados Unidos.

Los conclusiones de estos tres libros resultan coincidentes. El presidente norteamericano da la sensación de ser un personaje poco leído y nada sapiente que en las entrevistas personales con sus colaboradores no habla ni pregunta ni menos aún sugiere. Rehúye el conflicto en los comités en los que se plantea confrontación y, al final, resulta inspirado por personajes de muy segunda fila en que una ideología simplicísima y poco permeable a los hechos se impone con facilidad. Kissinger, en un libro memorable, describió muy adecuadamente lo que supuso Napoleón en el orden internacional de su tiempo. Creó un poder revolucionario de modo que le guiaba como idea principal destruir el marco de estabilidad existente mientras que el resto de las naciones no acababan ni siquiera de entender sus pretensiones.Una minoría de estas características parece gobernar la presidencia norteamericana.

Los testimonios citados revelan que nada menos que en la primera reunión del Consejo de Seguridad Nacional -es decir, antes del 11-S- Bush dejó caer unas actitudes que pueden parecer semejantes a las de esa voluntad de ruptura con todo lo existente. No tenía ninguna razón para hacerlo. En la campaña electoral se había presentado como centrista y tenía motivos para aparentarlo dado el pronunciamiento del electorado, mayoritario a favor de su oponente. Pero dio un vuelco a la política exterior norteamericana cuando consideró que Clinton se había excedido en el problema palestino. En adelante simplemente lo ha ignorado cuando es clave de cara a las posibilidades de estabilización de Oriente Medio. La ignorancia equivale, en este caso, a dejar hacer a quien es más poderoso desde el punto de vista militar (Israel) y, de paso, considerar inocuo todo lo que de forma inevitable va a aparecer en los informativos (la Intifada permanente). Además testimonió también una obsesión por Irak que, aderezada con unas gotas de ideología simplicísima, consideraba posible una democracia tras la expulsión violenta del dictador. Ésa hubiera sido una novedad inédita en el área islámica que, por desgracia, está cada día más lejos de ser probada.

Cuando se produjo el 11-S, en contra de todas las apariencias, quiso interpretar lo sucedido como obra de Sadam. Impuso un tipo de guerra que hace posible la victoria sobre un ejército técnicamente muy inferior pero no asegura el control del país vencido. Y, sin necesidad de que arreciaran las dificultades, estableció un sistema de internamiento de los presos que desde un principio hacía verosímil que se produjeran los vergonzosos casos de maltrato y tortura que sólo ahora estamos empezando a conocer.

En esta situación nos encontramos y bueno será recordar que, como en muchas otras ocasiones históricas, lo fundamental ha sido el error inicial en la diagnosis. Quizá se multiplican en exceso las especulaciones sobre el terrorismo fundamentalista cuando lo esencial es saber de qué modo hay que enfrentarse a él con la esperanza de obtener la victoria. En la presente situación las comparaciones históricas sirven hasta cierto punto para prever el futuro. Vietnam recuerda los males que padecen las democracias cuando, aparte de errar, emprenden conflictos sin el acuerdo de los ciudadanos. Palestina y el Líbano son una buena prueba de que conflictos envenenados pueden concluir en enfrentamientos sangrientos inacabables y ampliados a otras áreas geográficas a pesar de que una de las partes carezca de posibilidades de victoria.

Recientemente Krugman ha establecido otra comparación que parece inteligente. En la guerra del 98 por Filipinas, los norteamericanos conquistaron el archipiélago sin una baja propia (pero muchas españolas). Luego hubo centenares de miles, sobre todo de indígenas, y a cambio los Estados Unidos no obtuvieron ninguna ventaja estratégica digna de mención. Por el momento están muy lejos de lograrla en Irak y el futuro previsible tampoco parece proporcionárselas.

Lo que piensan -o, quizá, pensaban- acerca de la guerra de Irak tanto Vargas Llosa como Glucksmann no parece, pues, sostenible. Se puede coincidir con ellos en la crítica al pacifismo inane o al antiamericanismo como sistema, pero no en la guerra de Irak, tal como se ha desarrollado. La posición del Gobierno español actual está, pues, justificada, aunque no deja de tener inconvenientes que no pueden ser paliados con una intervención humanitaria (y compensatoria) en otras áreas. Cualquiera que sea la justificación de la retirada militar, no cabe la menor duda de que si todos los países tomaran una decisión parecida las perspectivas de una solución satisfactoria se alejarían todavía más. Si hay que exigir al PP una rectificación, al PSOE se le debe demandar mayor precisión. La tragedia de la situación presente exige un esfuerzo suplementario de definición y de acción. La gravedad de la decisión insensata que se tomó en un momento determinado nace sobre todo de que abría una caja de Pandora de efectos poco previsibles pero ahora ya más conocidos.

Javier Tusell es historiador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 03 de junio de 2004.

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