IDA y VUELTAColumna
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La fiambrera

El recién inaugurado Fórum tiene los defectos y las virtudes de las grandes superproducciones. Virtudes: se contrata a los mejores actores, se levanta un decorado impresionante y se trufa el guión con efectos especiales, una banda sonora chachipiruli (Sting, Phil Collins, Santana) y la popularización de unas ideas que no hacen apología de la violencia, sino que defienden el diálogo universal y una reflexión sobre el medio ambiente. Los defectos: algunos de sus productores hablan de "experiencia sensitiva", que es lo que suelen decir los apóstoles de la nouvelle cuisine para maquillar las barbaridades que son capaces de perpetrar. Ante semejante acontecimiento, con tanta multiplicidad de estímulos, resulta bastante aburrido situarse en una cerril posición de en contra y a favor. Un amigo resumía esta contradicción y me decía que, a estas alturas, le duele no saber si está a favor o en contra. ¿Hay alguna diferencia?, le pregunté.

Muchos barceloneses han resuelto sus dudas acudiendo a las jornadas de puertas abiertas y han comprobado que las distancias del recinto son elefantiásicas, lo cual reduce el resplandor de las exposiciones y convierte en obsesión dos preguntas molestas pero sensatas: ¿cómo soportaremos el calor? Y ¿qué haremos con todas estas hectáreas cuando termine la fiesta? Paralelamente, se suceden las críticas. Las hay parciales, como las del arquitecto Josep Maria Montaner, que utiliza una certera palabra para retratar la fiesta: simulacro. Las hay frontales, como las planteadas por la Asamblea de Resistencia al Fórum y otras organizaciones, que incluyen un rechazo a los patrocinadores (tengo una duda: ¿tan grave es comercializar refrescos, leche en polvo, ordenadores, retretes, cerveza o fregonas?) Incluso Naomi Klein, teórica de la antiglobalización, ha preferido sumarse a la resistencia antes que aceptar la invitación de los organizadores.

Las contradicciones siempre acaban por flotar. Opulencia e inversión en una ciudad con muchos problemas, que algunos contribuyentes, provincianos o no, tenemos derecho a considerar más urgentes (tener otro gran hospital público, por ejemplo). Por supuesto que era necesario rehabilitar la zona, actuar en La Mina, construir la depuradora, pero depuradoras y reurbanizaciones son algo normal en la Europa civilizada sin que vayan acompañadas forzosamente de ningún despliegue cultural-urbanístico. Marionetas gigantes, preciosos pictogramas, aplicación pedagógica de energías renovables en un espacio público, lluvia de estímulos para la reflexión de masas, intervenciones de sabios, todo es susceptible de generar ilusión. Pero justo cuando te dispones a dar un margen de confianza y a visitar la fiesta con tus mejores ánimos, te apuñalan por la espalda: los visitantes no podrán traerse el bocata o la fiambrera de casa y deberán comprar bebidas y comidas dentro del recinto.

Esta medida, aparentemente irrelevante, desacredita el discurso del Fórum. Nada hay más sostenible, diverso y pacífico que una fiambrera. Nuestros políticos se suelen indignar cuando se les dice que Barcelona se ha convertido en un parque temático. Entiendo su cabreo ante la expansión de este tópico facilón, pero para contrarrestarlo deberían hacer algo más que ponerse desagradables. En el parque Disney de París tampoco te dejan entrar con bocadillos o fiambreras. En los cines Icaria tampoco. Pero la Disney y los Icaria son empresas privadas, mientras que el Fórum es de todos, no sólo porque lo hayan repetido hasta la saciedad, sino porque parte de su financiación ha sido pública. Así pues, aprovecho este artículo para pedir humildemente que se pueda entrar en el recinto con fiambreras, cantimploras y bocatas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 08 de mayo de 2004.

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