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CARTAS AL DIRECTOR

Colaboración

Tras el horror del 11-M y de Leganés supongo que podemos admitir que el comportamiento general de la sociedad española ha sido en general bueno frente a la comunidad islámica. Lejos de las tesis de Oriana Fallaci, hemos sabido separar, como pedía hace unos días Goytisolo. Mis hijos se forman en colegios públicos, me gusta ver cómo el mayor, de 9 años, se despide con ese afecto que sólo tiene la infancia de uno de sus inseparables colegas, marroquí. Pese a todo esto, he echado un posicionamiento más activo de las comunidades islámicas. Hoy leo con placer la iniciativa de la Asociación de Trabajadores Inmigrantes Marroquíes en España de proponer al próximo Gobierno la constitución de un "consejo islámico" y de controlar los fanáticos que se cuelan en las mezquitas. Es un primer paso. Deberíamos también hacer autocrítica de los rechazos que nos generan las propuestas de ubicaciones de mezquitas dignas en sitios decorosos y del papel "tolerado" pero no colaborativo que otorgamos las confesiones no católicas, pero a la par deberíamos ser democráticamente exigentes con la comunidad islámica para que expulsen de sus estructuras a esta ínfima e infame minoría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de abril de 2004