ANÁLISIS
Columna
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El pasado como futuro

EL MAL PERDER DE UN RENCOROSO AZNAR dedicado a esparcir malévolamente ruindades, vilezas e insidias contra Zapatero, el boicoteo del PP a un acuerdo con los demás grupos parlamentarios para constituir las Mesas de las Cámaras y la composición de los órganos dirigentes del Partido Popular hasta el congreso del otoño parecen anunciar el regreso a la estrategia de oposición aplicada con perseverancia y dureza desde 1989 hasta 1996. Sin embargo, la neurótica compulsión a repetir las experiencias del pasado no siempre produce la sensación del déjà-vu descrita por Sigmund Freud. El acoso y derribo de Felipe González durante aquellas dos desestabilizadoras legislaturas -planeado y ejecutado por Aznar y sus garrochadores- tuvo como escenario un marco político bien distinto.

La coalición negativa -'todos contra el PSOE'- puesta en marcha con éxito por Aznar entre 1989 y 1996 será difícilmente repetible en la VIII legislatura, iniciada bajo el signo de 'todos contra el PP'

Tras una década larga de mayorías absolutas, los socialistas afrontaban las sacudidas de la crisis económica internacional (menor crecimiento, mayor paro, déficit presupuestario, aumento de la deuda), mostraban una alarmante pasividad ante la corrupción de algunos altos cargos y militantes (puesta de relieve con el procesamiento del director de la Guardia Civil, del presidente de Navarra y de Juan Guerra), obstruían la investigación judicial de la guerra sucia contra ETA (desde 1983 hasta 1986) y no estaban a la altura de los nuevos desafíos de un Estado de las Autonomías recién inagurado y de un Estado de bienestar en plena expansión. La endogamia de la generación de Suresnes llegada al poder apenas cumplida la cuarentena, la instalación acomodaticia en la Administración de los antiguos opositores a Franco, los abusos con el gasto público, la financiación ilegal del PSOE y los conflictos cainitas promovidos por el guerrismo contribuyeron también al desgaste y aislamiento de los gobernantes socialistas. Pese a la machaconería del PP a la hora de recordar -viniera o no a cuento- los aspectos más oscuros de la ejecutoria socialista, el mantra paro, despilfarro, corrupción ha quedado en 2004 desgastado por el uso, a la vez que el segundo mandato de Aznar ha aflorado la agenda oculta autoritaria del PP.

Sobre el trasfondo de las faltas y errores cometidos por el Gobierno de Felipe González y la paralela negación de sus no menos indiscutibles méritos, el PP refundado por Aznar en 1990 hizo una oposición frontal y puso en marcha una estrategia de desgaste electoral de los socialistas -todos contra el PSOE- de alcance universal. Los populares giraron hacia el centro sin perder el control de la derecha e invocaron la herencia de la UCD de Suárez para debilitar al PSOE por estribor. El PP se aproximó a los regionalistas (navarros, cántabros, andaluces, aragoneses o valencianos) y también a los nacionalistas catalanes, vascos y canarios: CiU, PNV y CC votaron en 1996 la investidura de Aznar. Finalmente, los populares sedujeron -con la ayuda de Pedro J. Ramírez- al inefable Julio Anguita y promovieron una pinza a la griega para desgastar al PSOE desde la izquierda: IU logró en 1996 21 diputados.

Pero el PP no podrá repetir en esta legislatura la estrategia de todos contra el PSOE; antes por el contrario, su sectarismo ha forzado la alianza inversa de todos contra el PP. La intemperancia de Aznar en el ejercicio del poder ha desenmascarado su giro al centro. Lejos de cortejar a los nacionalistas moderados como posibles socios de una eventual confederación territorial de centro-derecha, el PP los descalifica por su tolerancia con la conjura rojo-separatista. Los dulces corderos de la IU de Anguita son ahora los feroces lobos del PCE de Llamazares: con su habitual gracejo, Aznar ha inventado los neologismos Llamacero y Zapatares para sacar de la tumba el fantasma socialcomunista de la Guerra Civil. Tras conquistar el poder en 1996 gracias a una amplia coalición negativa contra el PSOE, los populares derrotados el 14-M sólo pueden parafrasear al santo Job: Aznar nos lo dio, Aznar nos lo quitó.

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