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MI AVENTURA | EL VIAJERO HABITUAL

El techo de África

¿UNA MONTAÑA nevada en la línea del ecuador? Todavía somos tan incrédulos como los miembros de la Sociedad Geográfica que se burlaban del misionero inglés Rebman: "¡Deben ser nubes!", decían, creyendo que la nieve que afirmaba haber visto en una cumbre de Kenia era únicamente fruto de su imaginación.

El sueño de alcanzar las nieves perpetuas del Kilimanjaro nos asalta sin saber muy bien por qué, nos hace seguir hasta la cumbre como a aquel leopardo cuya piel se encontró entre la nieve y sobre el que Hemingway no pudo hallar explicación alguna de lo que perseguía a tal altitud.

Una ascensión dura, en la que se alcanzan los 5.895 metros. Es larga; se tarda como mínimo cinco días, y se sufre, se sufre mucho; todo el que alcanza la cumbre, independientemente de su experiencia o forma física, paga un tributo de sufrimiento, pero a cambio recibe una gran recompensa: una vista increíble que nos permite asomarnos a unos acantilados de hielo de más de 30 metros de altura, un cráter inmenso rodeado de nieve, y todo ello a la incomparable luz del África ecuatorial.

Cuando inicias la ascensión desde el pueblo de Machame, cerca de la ciudad de Arhusa, en Tanzania, la húmeda y exuberante jungla tropical cubre tu camino, pero al cabo de unos días te encuentras en un desierto alpino, luchando contra la falta de oxígeno y la inmensa fatiga que produce la altura.

En tu camino aparecen dos picos, el Mawenzi, negro y trufado de inquietantes aristas de formas imposibles, y el Kibo, blanco y redondeado, y mucho más elevado que el anterior, que nos engaña con su forma amable y respecto del que sólo somos capaces de ver su verdadero y temible rostro cuando nos acercamos a la base del cono, poco antes de empezar a subir por una pared vertical haciendo interminables zizzags, en medio de la gélida oscuridad de la noche que se hace eterna.

Alcanzado el Punto Gilman (a 5.680 metros de altura), ya se puede afirmar que se ha escalado el Kilimanjaro, pero los más esforzados todavía podemos recoger un último premio, el pico Uhuru (bautizado como pico de la libertad por Nyerere), desde donde se domina todo el continente y que constituye el verdadero techo de África. Posiblemente no dure más de media hora la estancia en la cumbre, pero en esos momentos olvidas la fatiga y el esfuerzo, y disfrutas de sensaciones indescriptibles de satisfacción personal y paz interior. No se es la misma persona tras haber alcanzado las cumbres y nieves eternas del mítico Kilimanjaro. El techo de África deja huella indeleble en todo aquel que ha podido alcanzarlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de marzo de 2004