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COLUMNA

La impostura

El exasperado deseo actual de ser otro se corresponde con la oferta de simulacros de lo real, simulaciones de la situación e impostura de los sujetos. Hacerse pasar por médico, futbolista o general sin serlo formaba parte del repertorio de las películas de humor e intriga. Hoy son recetas corrientes en los medios de comunicación. Mariola Cubells ha escrito un libro, Mírame, tonto, sobre los programas basura donde lo crucial no es tanto su excrecencia, sino su gran reciclaje teatral; es decir, no resulta tan principal el mal gusto como el gusto por la simulación. Los personajes son, ellos mismos, productos de una patraña fundamental: no son nada y aparecen como algo, son desconocidos y se expenden como famosos. Todo es ficticio y se llama reality show.

Hace poco, en la televisión británica Sky One se retiró un espacio de esta clase no a causa de su escabrosidad, sino porque, al fin, se supo que el personaje a seducir no era una mujer -ni tampoco un hombre-, sino un transexual "sin operar". Paralelamente, en Francia, Florence Le Vot difundió emocionantes testimonios de su lucha contra el cáncer cuando nunca había padecido un tumor ni tenido coraje. Engaños semejantes han interpretado hombres y mujeres contando truculentas historias que nunca vivieron o enmascarándose de las mil caras de Internet.

Desde los escandalosos montajes informativos de The New York Times o The Washington Post se ha abierto una zanja donde han caído ya docenas y docenas de publicaciones norteamericanas o no. La mentira ha ocupado ya la línea de los productos de actualidad; y de calidad. ¿Fingir otra cosa? ¿Representar lo que no es? Los niños modernos desean dedicarse cada vez más al teatro mientras, de su parte, el teatro penetra la sociedad en forma de vendedores, asesores o guías espirituales que son, simplemente, actores. La impostura lleva a la guerra y declara la paz, fabrica líderes y copias pirata de casi cualquier cosa, natural o fabricada, sean rostros, culos, ordenadores, medicinas o camisetas. El mundo tiende a doblarse día a día en una segunda realidad, y de esa manera la muerte, resistente a toda impostura, se vuelve hoy tan anacrónica y salvaje. Tan ajena al repeinado estilo de la civilización.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de marzo de 2004