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Crónica:LA CRÓNICA

Canto al tren

Se descorre el telón y él ya está allí, sentado en un taburete de bar, guitarra acústica en bandolera, como si hubiera estado esperándote todo el rato. Vestido de oscuro, con americana. Bigote morsa, cabellera escarola cenicienta que deja al descubierto una frente clásica de progre, ese tipo de progre tan poco del agrado del exigente Aznar ("Good bye Ánsar! Good bye Lenin!"). Gianmaria Testa (Cuneo, Italia, 1958), cantautor de afición convertida en oficio, ferroviario de oficio convertido en afición. Testa pertenece a esa curiosa estirpe de cantautores del norte de Italia que ejercen una profesión paralela que nada tiene que ver con la escena. Paolo Conte es abogado en Alessandria, creo recordar que Giorgio Gaber también lo era y Enzo Janacci ejercía -quizá todavía ejerza, le perdí la pista- la medicina pública en Milán. Gianmaria Testa, simenoniano, ve pasar trenes desde la estación de Cuneo, de la que es empleado. Mientras, compone canciones de vidas que en los trenes se cruzan y se alejan ("...vers mon oubli", precisaba Brassens). "Le donne nelle stazioni / le donne c'è sempre qualquno che le aspetta" ("Las mujeres en las estaciones / las mujeres siempre hay alguien esperándolas"), canta Testa.

Cantautor y ferroviario, Gianmaria Testa pasó por L'Espai el domingo. Entre el público se hallaba su amigo Paco Ibáñez

Media entrada en L'Espai de la Travessera de Gràcia, el domingo pasado, público progre de media edad. Paco Ibáñez, junto a la puerta, vocifera excitado ante un grupo: "¡A la mierda, joder!", aunque puede que me confunda y eso lo dijera otro cantautor en otra circunstancia. Volviendo a Testa, el hombre se presenta con humildad. No habla castellano, ni catalán, se excusa, pero cree que si habla despacio en italiano se le entenderá. Habla muy despacio y, en efecto, se le entiende todo. Arranca: "Dentro alla tasca di un qualunque mattino / dentro la tasca ti porterei / nel fazzoletto di cotone e profumo / nel fazzoletto ti nasconderei" ("En el bolsillo de una mañana cualquiera / en el bolsillo yo te llevaría / en el pañuelo de algodón y perfume / en el pañuelo yo te escondería").

Testa canta a los aviones, a los globos aerostáticos, al coche, a los amantes que se besan en los puentes de Roma y a la ciudad larga. "È così lunga la città / che in questa nebbia che viene giù / ti sembra che svaniscano le case / soltanto noi restiamo ancora qui / seduti ancora un po' / ad aspettare" ("Es tan larga la ciudad / que en esta niebla que baja / te parece como si las casas se desvanecieran / sólo nosotros estamos aún aquí / sentados un rato / esperando").

Testa es un tipo sincero que va contándote sus cosas sin prisas. Habla con propiedad, pesando las palabras, sin forzarlas nunca, más bien acariciándolas. Alude con ironía de perdedor a lo mucho que le gustaría que en Italia ocurriera lo mismo que aquí ("Good by, Berlusca!") y sigue contando sus historias de trenes, como la de aquella pierna ortopédica encontrada en un convoy que fue depositada en los objetos perdidos y pasó a recogerla un cojo, el cual, al probársela, se excusó ante el eficaz funcionario: "Lo lamento, pero no es la mía".

Pobres trenes: necesitan con urgencia que alguien les cante. Ahí está Testa, con su voz ronca a lo Paolo Conte, aunque la comparación, acaso por demasiado obvia, no gusta demasiado a los seguidores de Testa. Por el contrario, a mí me parece un referente inmejorable: como Conte, Testa, más que cantar, explica situaciones, escribe auténticas crónicas en música. Fred Buscaglione también lo hacía, metiendo de por medio la novela negra (Che bambola!): esa referencia, al parecer, sí complace a los testistas. Crónicas sencillas, metidas dentro de valses, tangos, blues, habaneras y baladas. La melancolía solitaria del clarinete o el saxo (excelente Piero Ponzo) concede al discurso una densidad pocas veces escuchada. Si hubiera que poner un símil autóctono, sería como si un cuento de Millás habitara en una canción de Paco Ibáñez. A quien por cierto Testa, que es amigo suyo, homenajea en la tanda de bises con una canción popular española que él le enseñó. Luego Testa le dedica Come le onde del mare, que a mí, será por el ritmo acelerado, porque Paco está implicado o por lo que sea, me recuerda el "¡A galopar, a galopar, hasta enterrarnos en el mar!". Los caballos en las películas a menudo persiguen trenes.

Se despide Testa con una versión sensacional de Bella ciao, el himno clásico de la izquierda italiana, convertido en lo que verdaderamente es: una despedida triste de una partisana que pide ser enterrada en la montaña, a la sombra de una bonita flor.

A la salida, Paco, que a estas horas galopa ya a rienda suelta, sentencia: "El 20-N murió Franco, pero hemos tenido que esperar al 14-M para enterrar al franquismo". Toma ya. A galopar, sí, mientras nos quede resuello. O a subirse a un tren para emprender el viaje a toda máquina. Definitivamente, hay que devolver a los trenes la condición humana que nunca debieron perder. Nadie como Testa puede ayudarnos en ese cometido.

[Discografía de Gianmaria Testa: Montgolfières (1995, Label Bleu); Extra-Muros (1996, Warner); Lampo (1999, Warner); Il valzer di un giorno (2000, Harmonia Mundi); Altre Latitudini (2003, Harmonia Mundi)]

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 23 de marzo de 2004