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Echar al Gobierno

CUANDO SE TIENE tan mal perder como el manifestado durante esta semana por algunos ministros en funciones -arruinando así la elegante aceptación de la derrota por el portavoz del Gobierno- suele ocurrir que salga a la superficie el desprecio a los electores tratándolos de borregos fácilmente manipulables por poderes ocultos. Por supuesto, echar la culpa a la manipulación valdría lo mismo para el caso contrario: si el PP hubiera ganado por amplia mayoría, estaríamos hoy también, aunque procedente de otros cuarteles, ante la descalificación de los electores que se habrían dejado arrastrar por la innata compulsión caudillista propia de las masas inertes, temerosas siempre de hacer mudanza en tiempos de tribulación.

Y bien mirado, esto último hubiera sido muy razonable. Es evidente que, en el punto de salida de la carrera, los electores con motivos para votar al PP sumaban más que los inclinados a votar al PSOE. Como es obvio, los motivos tenían que ver con la seguridad: bonanza económica, bajos tipos de interés -fundamentales para pagar las hipotecas-, retroceso del terrorismo etarra, aumento del empleo, firmeza monolítica en la defensa de la Constitución. Un Gobierno que basa sus expectativas de continuidad en cuestiones relacionadas con la gestión de la seguridad se parapeta en una posición invulnerable cuando las aguas bajan turbulentas.

Sobre todo, si la impresión que despierta el adversario es la contraria, la de que necesita todavía un hervor para madurar y salir de la incertidumbre. Nadie sabía muy bien qué se proponían hacer los socialistas -si es que en efecto se proponían algo- con la cuestión a la que púdicamente llamamos territorial y que en definitiva versa sobre la continuidad, y cómo, del Estado español; tampoco era para tranquilizar su primer programa económico; ni muy convincente el presumible equipo, al que una impresión generalizada tenía como acechado por todos los demonios del pasado, dispuestos a merendarse sus cadáveres después de una batalla que daban por perdida.

Y, sin embargo, varios millones de ciudadanos, en un acto de su libre voluntad, en millones de actos de virtud, como calificó Ortega los 40.000 votos que llevaron por primera vez a Pablo Iglesias al Congreso, prefirieron cambiar seguridad por expectativa, prefirieron los cien pájaros volando al tan bien agarrado en mano que en realidad estaba muerto. ¿Por qué? Por eso, porque el pájaro en mano se había asfixiado de tanto apretar; porque percibieron que la estabilidad de la que tanto alardeaba el Gobierno y sus ministros estaba construida sobre un socavón de gigantescas dimensiones, que el Gobierno ha ido agrandando, persistente, incomprensiblemente, bajo el edificio de su mentada seguridad a base de fanfarronería y desprecio al adversario.

Pero no basta perder la confianza en uno para despositarla en otro: los electores pudieron haber sufrido el síndrome del desistimiento y haberse quedado en casa. Algo de mérito en que no haya sido así recaerá también sobre el triunfador, que ofrece la curiosa particularidad de haber logrado concentrar la confianza, hace cuatro años, de un partido dividido, y el domingo pasado, de unos electores traumatizados. Posiblemente, una parte se debe a la situación tan deteriorada en la que ha emergido, ya por dos veces, su figura: un partido desnortado y, ahora, un Gobierno borrado por su tramposa dilación en aceptar la verdad de los hechos. Pero otra parte tiene que ver con la cercanía de una presencia carente de recovecos y libre de la exigencia de tener, y escupir, la última palabra. Como si dijera: esto que veis aquí es lo que realmente soy. En una política que lleva diez años gravitando sobre personajes que alardean engreídamente de lo contrario, de ser más de lo que aparentan y de pugnar con malas artes por aparentar más de lo que son, es un alivio.

Habrá tiempo de ver cómo administra sus promesas: cómo se arregla el estropicio causado en la política exterior por una obcecación personal; cómo se reparan las grietas abiertas a cabezazos en todos los niveles de la educación; cómo se conduce una economía que lleva bailando demasiado tiempo sobre la cuerda floja de la construcción; cómo se aborda la relación con los nacionalismos. De todo esto se hablará en el futuro; de momento, es una mezquindad lamentar el alto nivel de participación, atribuir su resultado a una manipulación y robárselo a un personaje capaz de transformar una incertidumbre en una expectativa. Ahora tendrá que convertir la expectativa en política: es excitante, pero no será fácil. En todo caso, las elecciones han cumplido en buena y debida forma uno de los principales objetivos para el que fueron establecidas: echar al Gobierno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 20 de marzo de 2004.

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