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Crónica:CON OTRA MIRADA | CENTRO DE MUJERES MALTRATADAS | ELECCIONES 2004

Alivio para los golpes

La voz de las víctimas arroja luz sobre un tipo de violencia que afecta a todos los estratos

"Con las palabras no aprendes. Te tengo que adiestrar como a los perros", le decía a Rosa su marido. Y también le decía: "El caballo monta a la yegua y yo te monto a ti". En la pared hay un cuadro que representa una botella de perfume llamado Desesperación, con una mujer encogida en su interior. Al lado, un folio en el que están escritos los turnos de limpieza de las zonas comunes. Del techo cuelgan papelitos de colores, como los restos de una fiesta. Estoy en un centro de mujeres maltratadas en Madrid. En él, no sólo se ofrece alojamiento a las víctimas, sino también ayuda terapéutica. Veintitrés mujeres y treinta niños están viviendo aquí. Si nadie lo impide, al centro le van a quitar el 20% de la subvención que ahora recibe.

"Cuando llegas aquí te crees que el tuyo es muy original, pero no, todos hacen lo mismo"

Los niños acaban de volver del colegio y están viendo la tele. Mientras, sus madres me cuentan cosas sin dejar de observarles. Sandra aparenta unos 17 años, aunque tiene 21. Su novio la empezó a pegar enseguida que se marcharon a vivir juntos, cuando ella tenía 15. "La puerta de mi piso está llena de hachazos", explica. Se fue a vivir con él para escapar de casa, donde también recibía palizas.

Tiene un aspecto tan infantil y frágil que tumbarla de un golpe debe ser muy sencillo. Es muy parlanchina. Explica que le gusta la música, que no le importa que le hagan fotos o que ahora, al levantarse cada mañana, saborea la alegría de decidir cómo se viste o si se pinta los labios. "¿Qué pone ahí?", me pregunta Mari, de unos 31 años, señalando un cartel. Contesto: "Yo sé, yo puedo". Y una vez lo he hecho, me aclara: "Pues a las que llegan nuevas les pides que lo lean y, no falla, lo que leen es: 'No sé, no puedo".

Una señora guapa y elegante, de ojos y andares decididos, se nos une. Tardo un buen rato en entender que también es una víctima de los malos tratos. Creía que era una terapeuta. Me cuenta que es científica, que tiene un buen sueldo y que vivía en una casa de tres plantas, con piscina. (Por tanto, al tener medios económicos, no tendría derecho a ir a una casa de acogida). Viajaba, iba a fiestas, daba conferencias sobre agujeros negros. Y su marido, también científico, la pegaba. Me sorprende. Por alguna razón yo creía que una mujer culta y rica sería más difícil que pasara por algo así. Al ver el informe de los peritos del juzgado sobre su caso, deduzco que el marido (que ella describe como un hombre culto, amante de la música clásica y los buenos vinos) la pegaba metódicamente, como un profesional. Esta señora grabó una cinta de casete con los insultos y las amenazas ("perra, puta, zorra, tu madre es puta, te voy a dejar los cadáveres de tus hijos en la puerta", y así durante horas). "Son los insultos", aclara con cierta ironía, "de un día normal. Que otra cosa son los arrebatos".

Me la imagino decidiendo que tenía que comprar una casete para grabar esas palabras, y me la imagino yendo a comprarla, probando si funcionaba, camuflándola en su escote, como hizo, esperando el momento propicio y escondiendo después el resultado en la alfombrilla del coche (él le registraba los bolsillos, el bolso, los disquetes y la ropa interior). Me sorprende que gastara la energía en esto en lugar de marcharse de casa. Y como si me hubiese leído el pensamiento, explica: "Las compañeras del trabajo te dicen que no aguantarían el primer bofetón, que eres masoquista, que te gusta que te peguen. Claro. Yo tampoco aguantaría el bofetón de un desconocido en la calle. Pero él no te da el guantazo de buenas a primeras. Primero te conquista, te adula, y cuando estás enamorada bajas la guardia. Tú confías en él, piensas que nadie te quiere tanto. Entonces te somete".

El 25 de noviembre de 2001, esta mujer leyó un reportaje de Juan G. Bedoya en EL PAÍS sobre la violencia. En un recuadro había "13 preguntas sobre el maltrato". Era un test. Si contestabas "frecuentemente" a alguna de las preguntas, podía ser que estuvieras siendo maltratada. Ella contestó "frecuentemente" a todas, y eso le hizo darse cuenta de lo que le estaba ocurriendo. "Es gradual. Al principio te dice: 'Ese pantalón no te queda muy bien, ¿no?'. Con el tiempo, te arrancará el pantalón a guantazos. Es como un dios. No cree hacer nada malo. Por eso, no hay terapia posible para un maltratador. Pero no está loco".

Por nuestro lado pasa una chica con un collarín, y todas la saludan. "He leído que esto que nos pasa es el síndrome de la indefensión aprendida", prosigue la señora elegante. "Una rata ve una luz al final de la jaula. Va hacia ella y se encuentra comida. Lo aprende. Pero a veces no es comida, a veces es una descarga eléctrica. Al final, la rata ya no tiene capacidad de respuesta. No hace nada. Él te castiga y te premia, te quiere y te pega. Y tú no haces nada, como la rata". Mari añade: "Un día te da una paliza brutal. Luego, ya no le hace falta. Lo has aprendido, eres un animal. Pone el listón del dolor muy alto, y sabes que a ese nivel puede llegar. El miedo es atroz".

Todas ellas insisten en hacerme comprender que el maltratador es el vecino amable que te sube las bolsas de la compra. Que es alguien que parece tener un alto sentido del honor, que a todo el mundo le parece un encanto. "En público te abre la puerta y te cede el paso, pero en casa te hace entrar a patadas", resume la señora elegante. "No tiene resonancia afectiva. Y sabe mentir muy bien. En mi caso todos los hechos se han probado, ha testificado media ciudad, los vecinos... Pero él no reconoce nada. Cuando me fui, les contó a mis padres que estaba con otro hombre y ellos le creyeron".

También me aseguran todas que es fácil reconocer a un posible maltratador y a su víctima. "Es el hombre que afea la conducta de su mujer en público ('¡pero qué torpe y que tontita eres!') y ella es la que baja la cabeza". Mari añade: "Tienes miedo y vergüenza. Piensas que es todo por tu culpa. Que algo has hecho mal, porque al principio no era así. A mí me decía que estaba loca, que era paranoica, que tenía delirios irracionales. Y fuimos a retirar la denuncia los dos de la manita".

Laura no sabía que lo suyo fuesen malos tratos porque veía a las mujeres sangrando en la tele, y su marido no llegaba a hacerla sangrar. "Primero me insultaba, luego me pegaba, luego me decía que me abriera de piernas, y al terminar me escupía". El de Rosa (ese que quería adiestrarla como a los perros) también le escupía. "Es que cuando llegas aquí te crees que el tuyo es muy original, pero no, todos hacen lo mismo". Sonríe: "Él sabe lucha libre. Me decía que las palizas me las buscaba yo por no ser musulmana como él, por ser tan zorra como todas las españolas". Cuenta que la apartó de su familia y amigos. Que solía repetirle que ojalá el hijo que esperaban fuese niño, porque, si era niña, saldría puta como ella. Y que la pegaba en el vientre, pero después, eso sí, le aplicaba Thrombocid, alivio eficaz para los hematomas.

Rosa gira la cabeza al oír unas carcajadas infantiles. Los niños están viendo el vídeo de dibujos animados Buscando a Nemo. "Un día pensé que, por culpa de ese hombre, mis hijos también iban a ser maltratadores", murmura. Y añade: "El juez ha ordenado que tengan régimen de visitas con el padre. Pero, si no estoy yo delante, ¿quién se va a poner en medio cuando les vaya a pegar?". Ahora, en la pantalla de televisión, vemos como un pez adulto le pregunta al pez bebé si se encuentra bien como para ir a la escuela, y el pez bebé le contesta que sí. Entonces, el pez adulto exclama: "Pues dame la aleta que nos vamos". Esta frase les hace reír de nuevo.

A los políticos: que vayan a los entierros

Las mujeres de este centro de mujeres maltratadas tienen las siguientes peticiones (casi ninguna con coste económico) para el Gobierno:

- Que los representantes políticos asistan a los entierros de las víctimas de los malos tratos, igual que asisten a los entierros provocados por el terrorismo.

- Que se hagan más centros como éste, sin discriminar por razones económicas. "Las casas de acogida, ¿de qué valen? Sólo pueden acceder a ellas mujeres sin recursos. Y la mayoría de maltratadas, sin ayuda, no habrían salido de esto".

- Que no se permita a una víctima ir a quitar la denuncia.

- Que sea obligatorio por parte de médicos o profesores informar a la policía de un caso de maltrato, igual que cualquier ciudadano está obligado a denunciar un delito.

- Que no se permitan visitas de un padre maltratador a los hijos. "Dice el juez que para él es terapéutico ver a los niños. ¿Y si fuera terapéutico para un violador ver a su víctima, se lo permitirían?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de marzo de 2004

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