Reportaje:FÚTBOL | La amenaza del mal de Gehrig

Un siniestro misterio

No hay explicaciones lógicas para la muerte de 16 futbolistas italianos en los últimos años por esclerosis lateral amiotrófica, sólo sospechas

Araceli entra sonriente en la consulta. Su cuerpo muestra los primeros síntomas de la enfermedad. "Perdona que no te apriete la mano. No tengo fuerza", se disculpa. "La enfermedad empieza así. Se atrofian los músculos de la mano y luego va subiendo por los antebrazos..." Araceli es una de las 500 personas en España que padecen esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad de origen desconocido, neuronal, progresiva, sin tratamiento y... mortal. Su esperanza de vida es de tres a cinco años.

"Darle a un enfermo la noticia de que padece ELA es como clavarle una esquela en el cuerpo anunciándole la muerte", dice, mirando a Araceli a los ojos, acariciando sus manos informes, sin vida, Álvaro Vela, médico del servicio de neurología del hospital Carlos III de Madrid, un centro de referencia; "es la enfermedad más terrible que existe: el enfermo conserva siempre la lucidez, la inteligencia, la sensibilidad, el dominio de los sentidos..., pero se le paralizan los músculos de la deglución, los que le permiten hablar, los que le permiten andar, vivir".

El fiscal Guariniello, azote del dopaje, ha revisado las fichas de 24.000 jugadores

En los últimos años, 16 futbolistas italianos han muerto de ELA. El último, hace dos semanas, fue Lauro Minghelli, de 31 años, ex del Torino y el Arezzo. Unos 30 más sufren sus síntomas cuando, según el índice de prevalencia, sólo deberían ser 0,61.

De ELA han muerto en el último siglo deportistas famosos. De ELA murió a los 37 años, en el decenio de los 40, Lou Gehrig, un héroe del béisbol americano. Su caso fue tan célebre y causó tal conmoción en la sociedad que se la conoce desde entonces como la enfermedad de Gehrig.

De ELA han muerto también el boxeador Ezzard Charles, el beisbolista Catfish Hunter y varios jugadores de fútbol americano. De ELA murió a los 55 años el contrabajista de jazz Charlie Mingus y ELA sufre desde hace 20 años -un extraordinario caso de supervivencia- el científico británico Stephen Hawking. Media docena de futbolistas británicos han muerto igualmente de ELA -Don Revie y Willie Maddren son los más conocidos- y otros tantos sufren el mal, entre ellos el pelirrojo escocés Jimmy Johnstone, ex del Celtic. Hasta donde pueden saber los especialistas, como Vela, ningún futbolista español ha sufrido ELA, ninguno ha muerto por su causa.

Nadie sabe por qué. Nadie puede explicar el mecanismo que hace que, de repente, se apague una neurona motora del bulbo o de la médula espinal, una de las contadas células encargadas de innervar cientos de fibras musculares. Se apaga una, se queda sin energía y no se recarga, y después otra, y otra. Ninguna acude a reemplazarlas. Si no hay estímulo nervioso, el músculo no se mueve; si no se mueve, el músculo se atrofia, se acaba.

Hay estudios que concluyen que tienen más posibilidades de contraer ELA -una enfermedad que en España afecta a una de cada 100.000 personas- los deportistas y los delgados, pero son estudios epidemiológicos, que no pueden ofrecer sino tentativas explicaciones de los mecanismos de actuación del mal.

Unos hablan de que los futbolistas respiran más fuerte, más profundamente durante el ejercicio, y que por ello son más propensos a sufrir los efectos contaminantes de los fertilizantes químicos que hacen crecer la hierba o de las toxinas que contaminan las grandes ciudades. Otros, del estrés oxidativo, de los efectos oxidantes en las células de los radicales libres, moléculas desbocadas y peligrosas que, según algunos, se multiplican con la práctica del deporte o con el consumo de suplementos dietéticos o medicantes con efectos oxidantes. El equilibrio se rompe cuando las defensas fabricadas por la célula -vitaminas E y C o betacaroteno- se ven superadas por los radicales libres a los que debe neutralizar. La célula se oxida, muere.

Ningún estudio publicado ha podido dar explicaciones. Nadie puede establecer una relación causa-efecto indudable. Pero Raffaele Guariniello, el azote del doping el fiscal de Turín que ha abierto sumarios e investigaciones sobre múltiples aspectos siniestros del deporte italiano, tiene sospechas. La suya en el fútbol ha sido una labor titánica. Ha revisado las fichas de 24.000 futbolistas profesionales italianos entre 1960 y 1997 y ha sacado a la luz más de 90 muertes sospechosas, unas cuantas preguntas -¿por qué los futbolistas italianos son más propensos a los cánceres, a las leucemias, a la ELA, que los no futbolistas?, es la más preocupante- y unas prácticas dudosas. Parte del muro de silencio que rodeaba los vestuarios ha caído.

Un mundo de infiltraciones cotidianas de novocaína -un anestésico- o corticoides o Voltarén -antiinflamatorio- para poder superar los dolores, para poder seguir jugando lesionados y aguantando patadas. Un mundo de inyecciones intravenosas de Esafosfina, un fósforo que en teoría protegía el corazón, o de gotas de Micorén o de Neotón, dos cardiotónicos. Un mundo en el que las pubalgias se trataban con rayos X directamente sobre la zona afectada, aunque, de paso, se quemaran los testículos. Los futbolistas han hablado sobre todo de Córtex, un producto que ya no se fabrica y que se encuentra en el punto de mira de Guariniello. El Córtex era un extracto de corteza suprarrenal que estimulaba la producción propia de testosterona.

"Pueden ser sospechas", explica Vela, "pero no podemos tener certidumbres. No hay ningún estudio. No se puede hacer ningún estudio serio. No sabemos exactamente qué dosis de cada medicamento toman los futbolistas. No se puede llegar a una conclusión. Si ni siquiera se ha podido demostrar la vinculación directa del tabaco y el cáncer de pulmón...".

Araceli tercia y recuerda a los presentes que ella siempre ha sido muy activa, que ha trabajado mucho, que se ha movido mucho. Lo recuerda y pide acción. Quiere luchar contra el abandono que le espera, que rodea a los enfermos de ELA, incluidos futbolistas y famosos: "Es la sensación de abandono que llega cuando lo primero que te dice el especialista es que no está permitida la esperanza y que los medicamentos que puede recetar sólo servirán para frenar ligeramente la progresión del mal".

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 29 de febrero de 2004.

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