LA VUELTA A ESPAÑA EN 15 PROBLEMAS | LA AMENAZA DE ETA | ELECCIONES 2004

Zona de libertad vigilada

Patxi Elola es concejal socialista y jardinero en Zarautz. Es una de las más de 3.000 personas que viven escoltadas en Euskadi y Navarra. Sueña con que llegue el día en que pueda salir solo a comprar el pan o a pasear con su hijo

Este hombre de la fotografía no puede bajar solo a comprar el pan. Si un día quiere hacerlo, tendrá que avisar a sus escoltas la noche anterior y, si quiere hacerlo dos días seguidos, le dirán que no, que es peligroso repetir rutinas. Para sentir de vez en cuando la libertad que supone para él comprar el pan, o bajar la basura, o jugar a solas con su hijo en una plazoleta, este hombre tiene que coger el coche e irse muchos kilómetros fuera de Euskadi. Sólo se siente libre cuando deja de ver en su retrovisor el vehículo de los escoltas, pero se trata de una sensación fugaz. A la vuelta del viaje, los guardaespaldas están esperándolo, unas veces a la salida de un peaje; otras, en la explanada de una gasolinera. Los domingos por la noche, sin que nadie se dé cuenta, las carreteras que regresan al País Vasco se llenan de hombres y mujeres que van perdiendo libertad conforme se van acercando a sus casas.

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El hombre de la fotografía se llama Patxi Elola y es concejal socialista en Zarautz (Guipúzcoa). Tiene 48 años y un hijo de siete. Es jardinero de profesión. Cada mañana, y antes de que llegue a los jardines que cuida, unos guardias civiles de paisano se encargan de comprobar que ningún terrorista de ETA haya colocado una bomba entre los arbustos. Otros dos escoltas, a bordo de un coche camuflado, siguen a la furgoneta donde Patxi transporta el cortacésped. En el archivo de este periódico hay fotografías de este hombre caminando sobre las brasas de su almacén, incendiado por los terroristas una madrugada de hace cuatro años junto con su furgoneta y todas sus herramientas. No hay fotografías, en cambio, de cuando tuvo que sacar a su hijo en brazos de una plaza del pueblo porque los simpatizantes de ETA se acercaban peligrosamente. Ni de cuando estaba arreglando un jardín, le sonó el móvil y alguien desde Madrid le contó que a su amigo el periodista Gorka Landaburu le acababa de reventar una bomba en las manos a sólo 100 metros de donde él se encontraba. Tampoco hay fotografías de aquella mañana de hace ahora un año cuando le avisaron de que un asesino de ETA había herido de muerte a Joseba Pagazaurtundua, con quien tantas cosas del pasado tenía en común y con quien tantas otras pensaba compartir en el futuro.

Las vidas de los concejales amenazados por ETA se parecen todas a la de Patxi Elola en que tienen dos o tres momentos públicos -los que suelen coincidir con alguna jugarreta de los terroristas- y muchos otros que nadie ve y que no por ello están exentos de heroicidad, una heroicidad cotidiana a la que ellos van quitando importancia con tal de sobrevivir. "El día en que todo esto acabe", dice Patxi Elola, "yo quiero estar vivo".

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La frase, pronunciada con una sonrisa en los labios, le sirve para explicar por qué él y tantos otros amenazados aceptan vivir en este sinvivir constante. "Muchas veces", explica, "cuando estoy por ahí, en algún hotel de Madrid o de cualquier otro sitio, me levanto temprano y salgo dando un paseo a comprar el pan y los periódicos, aunque en el hotel no necesite pan. A la gente le puede parecer que estoy loco, pero para mí eso se convierte en un gran placer. Y la razón es muy sencilla: aquí eso no lo puedo hacer". No lo puede hacer porque en la retina de todos los amenazados -quizás en las únicas retinas donde ese tipo de recuerdos sigue vivo- está la imagen del cuerpo del concejal Manuel Zamarreño destrozado junto a una barra de pan, de José Luis López de Lacalle yaciendo junto a una bolsa de periódicos; de Joseba Pagazaurtundua tiroteado mientras tomaba café y leía las noticias.

Aquí, las rutinas matan. Y por eso los escoltas que guardan a José Ramón Chica, concejal socialista de Hernani (Guipúzcoa), lo sacan a veces de su casa a las seis de la mañana y le dan vueltas por ahí con tal de despistar a su hipotético asesino. Por eso Chica, que vive en casa de sus padres, tiene que irse fuera de Euskadi cada fin de semana; por eso y porque su novia es concejal socialista de otro pueblo, también vive escoltada, y no hay noviazgo que resista pasear con cuatro pares de ojos pendientes de cada beso.

Hace un año, cuando mataron a Joseba Pagazaurtundua, Patxi Elola se encontró en Andoain con Josu Jon Imaz, entonces portavoz del Gobierno vasco y hoy presidente del PNV. Imaz fue a darle un abrazo y Elola lo rechazó. "¿Para qué?", le preguntó, "si mañana va a seguir todo igual. ¿Por qué no dejáis a un lado el Plan Ibarretxe y os ponéis a trabajar por nuestra seguridad?". Imaz le respondió: "Te aseguro, Patxi, que vosotros sois nuestra prioridad". Algunas veces durante este año, el concejal socialista de Zarautz ha podido llegar a dudar de si debió haber dado aquel abrazo a Imaz, pero hace sólo unos días se le disiparon las dudas. "Los concejales del PNV en Andoain", recuerda Elola, "votaron en contra de la concesión de una medalla a Joseba. Lo peor es que Imaz les apoyó. Y decía que éramos su prioridad... Ya sé que aquel abrazo era falso".

A modo de posdata hay que reseñar que ninguno de los concejales amenazados citados aquí llamó a este periódico para contar su historia. Muy al contrario. Muchos de ellos sienten un pudor extremo, avivado por la certeza de que la situación de riesgo en la que viven, lejos de provocar la solidaridad de sus vecinos, los aísla mucho más. Las concejales vizcaínas Belén Quijada, María de los Ángeles Muñoz y Loly de Juan denuncian que otras madres les hacen el vacío cuando esperan a sus hijos a la puerta del colegio. Hijos que también sufren el acoso a su manera. El de Loly de Juan pidió a los Reyes Magos una linterna: "Veía cómo mis escoltas revisaban cada mañana los bajos del coche para ver si había alguna bomba adosada. Y, claro, él también quería tener una linterna y jugar a ese juego con ellos".

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