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Reportaje:UN PAÍS DE CINE 2

'Bienvenido Mr. Marshall', de Luis García Berlanga

Una contundente y tierna sátira sobre la España del subdesarrollo y la pandereta

Con Bienvenido Mr. Marshall (1953), de Luis García Berlanga, premio en el Festival de Cannes a la mejor comedia y al mejor guión, el cine español comenzó su edad contemporánea. Dicho filme, que mañana, viernes, podrá adquirir por 5,95 euros al comprar EL PAÍS, rompía las barreras de la autarquía franquista y demostraba cómo el talento podía convertir un encargo para promocionar a una "folclórica" en una espléndida y mordaz comedia, con un genial José Isbert.

Bardem y Berlanga habían dirigido al alimón su primera película, Esa pareja feliz (1951), que seguía sin estrenarse un año después de acabada. De modo que, a sus 30 años, jóvenes impacientes, se sintieron obligados a aceptar el encargo de escribir una "españolada" para Lolita Sevilla, folclórica que la productora Uninci quería lanzar al estrellato. Cobraron parte de su sueldo en acciones, pero Bardem optó por vender las suyas al desconfiar de las aparentes inseguridades económicas de la empresa; como consecuencia le apartaron del proyecto, quedando Berlanga como único director. La historia es ya conocida puesto que de esta joya del cine español se han escrito artículos, tesinas, tratados y libros (el último, de Agustín Tena, con motivo de su cincuentenario). Bienvenido Mr. Marshall, "con toda su fantasía y toda su comicidad, con su sátira y su caricatura, con su exageración y su ironía, permanece viva y no es una pieza de museo", en acertada opinión de Miguel Marías.

Jean Cocteau, declaró: "¡Cómo no vamos a amar a España después de ver esta película!"

Hoy es una película indiscutida, pero en el momento de su estreno, en 1953, la crítica oficial española fue parca en elogios, especialmente la de Abc, que sorprendentemente le reprochó la ausencia de una historia de amor, opinión igualmente mantenida por Arriba, que también la acusaba de carecer de "conclusiones sociales". Esta ceguera fue rápidamente compensada con la publicación de opiniones favorables de Antonio Buero Vallejo, Edgar Neville, Carlos Fernández Cuenca y otros, pero especialmente con el triunfo de la película en el Festival de Cannes, donde se la premió como mejor comedia; también recibió el premio al mejor guión, mientras la crítica internacional le daba una mención especial. Esta presentación de Bienvenido... en el Festival de Cannes constituyó un acontecimiento, aplaudido públicamente por Olivia de Havilland, Vittorio de Sica, René Clair, George Sanders, Robert Siodmak, Jacques Tati y, por supuesto, por Jean Cocteau, presidente del jurado, que no tuvo reparos en declarar: "¡Cómo no vamos a amar a España después de ver esta película!".

Sin embargo, no todo fueron parabienes: otro miembro del jurado, el norteamericano Edward G. Robinson, consideró que se ofendía a su país, especialmente en el momento casi final en que su banderita flota hacia un sumidero, y exigió que se cortaran esas imágenes. Previamente había habido otras protestas, como la del nuevo embajador norteamericano en España, que llegó a Madrid en el momento en que enormes carteleras atravesando la Gran Vía saludaban jocosas con un "¡Bienvenido, Míster Marshall!". O incidentes policiales, como el de la detención de Berlanga en Cannes como falsificador de moneda debido a la idea de la productora de imprimir billetes de dólar con la efigie de Lolita Sevilla, José Isbert y Manolo Morán en lugar de las de Washington o Franklin. Situaciones berlanguianas en definitiva, que fomentaron el interés de los espectadores, y que convirtieron la película en un rotundo éxito de taquilla.

"Bienvenido Mr. Marshall es una divertida reflexión sobre los rasgos de la sociedad española durante el franquismo, sobre la miseria, la represión, la ignorancia y el abuso de poder", escribió Fernando Méndez-Leite. De hecho, la censura se puso en guardia ante los rasgos de algunos personajes, especialmente el cura y el hidalgo, pero sin caer en la cuenta de que tanto ellos como el alcalde, el médico, la maestra, el pregonero, el veterinario, la "máxima estrella de la canción andaluza" y su gordo representante, componían un mosaico de la España del subdesarrollo, sobre la que caía sin piedad, aunque con cierta ternura, la contundente sátira de Berlanga. Los censores se preocuparon más por la secuencia del sueño de la maestra, que fue prohibida sobre el guión. Como se sabe, cada personaje principal de este pueblecito castellano que se disfraza de Andalucía para gustarle a los americanos, sueña con ellos, unos con temor y otros con esperanza: el hidalgo con que es comido por los indios, el cura con que le juzga el Ku-Kux-Klan y el Comité de Actividades Antiamericanas, el alcalde con sus películas del Oeste, el labrador con que le mandan un tractor en paracaídas... y la recatada maestra debía haber soñado con hermosos jugadores de rugby entre cuyas piernas se perdía. Dice ahora Berlanga que no recuerda si efectivamente la censura prohibió la secuencia o es que no encontraron en aquella España de malcomidos tantos jugadores apuestos. Pero el caso es que no se rodó. El pasado año Berlanga dirigió un delirante corto con ese título, El sueño de la maestra, "una falla", según el autor, contra la pena de muerte.

Los habitantes del pueblecito madrileño de Guadalix de la Sierra, donde se rodó la película, recibieron al equipo de filmación con entusiasmo; no en vano cobraban de tres a siete duros diarios si actuaban como figurantes, aunque tuvieran que hacerlo vestidos de faralaes o con sombrero cordobés. Berlanga les recuerda con más cariño que al operador Manuel Berenguer, "el número uno de entonces", que, en su opinión, organizó un compló contra su inexperiencia de joven director tomándole el pelo con frecuencia. Incluso sospechó que el actor Manolo Morán estaba también en su contra. Lo contrario del resto del reparto, un grupo de avezados profesionales, que dieron lo mejor de sí mismos: Alberto Romea, Elvira Quintillá, Félix Fernández, Joaquín Roa, Nicolás Perchicot, Ángel Álvarez, Manuel Alexandre, la voz de Fernando Rey, y especialmente el gran José Isbert, inolvidable alcalde sordo de este pueblecito, espejo de aquella España.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de febrero de 2004