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El fin de la ceguera política

Poco antes de la Primera Guerra Mundial, nadie pensaba que Europa estaba tan cerca del abismo. Bastaron unos cuantos arrebatos y torpezas de políticos y de propagandistas indignos para que las sociedades europeas, metidas en un mecanismo de locuras miméticas, entraran en un ciclo de autodestrucción que se llevó por delante buena parte de dos generaciones y nos dejó una huella indeleble.

Curiosamente, aquellos años precedentes a la guerra eran, como hoy, años de instituciones liberales o semiliberales en muchos países europeos, de economía de mercado y globalización, de desarrollo científico y tolerancia, de movimientos sociales amplios y de juventudes ilusionadas e inquietas. Los conflictos del pasado se habían dirimido con guerras que entonces parecían antiquísimas. Las que fuera a haber en el futuro serían (se creía) breves y quizá no demasiado cruentas.

No está mal recordar las falsas ilusiones del pasado para ahorrarnos alguna falsa ilusión en el presente. La corteza de la civilización no suele ser tan firme que no pueda ceder a la barbarie. Por eso, cada generación, en cada país, tiene la obligación moral de defender el nivel de civilización (que en nuestro caso es el de una sociedad libre) al que haya podido llegar en cada momento. Debe ser lúcida, tener una extremada frialdad de juicio, no dejarse arrastrar por la palabrería, evitar líderes resentidos y excesivos o, por el contrario, débiles y confusos, y mantener vivo su instinto de autoconservación.

Esto viene a cuento de que, en España, se acerca una crisis de dimensiones extraordinarias que más vale mirar con los ojos bien abiertos. Sin exceso de dramatismo, pero también, por favor, sin defecto de él.

Se han dicho recientemente palabras como "el drama está servido", "no pasarán", "nos acercamos a 1936". Sólo el pronunciar estas palabras en tono de advertencia y desafío nos coloca ya en el horizonte de un drama real. Tales expresiones sugieren un apasionamiento político incivil, que es lo contrario del tono de consenso civilizado en torno a los grandes problemas del país de hace una generación. Pero si la analizamos, vemos que esa retórica altisonante tiene su lógica, porque lo que con ella se pretende es crear el ambiente propicio para echar por tierra los acuerdos de entonces.

El contexto de los actos que acompañan a las palabras es mucho más dramático que las palabras mismas. Se cuestiona el acuerdo constitucional en materia de autonomías territoriales, al tiempo que se amenaza con un referéndum o un plebiscito local en la materia, con lo que se cuestiona la clave de bóveda del edificio constitucional, que no es otra que la soberanía del pueblo español, en su conjunto, a la hora de darse las reglas fundamentales de su convivencia. Con estos cuestionamientos, como de paso, se introduce una grave tensión interna en el partido socialista, y se trata de impedir cualquier base de entendimiento entre los dos grandes partidos de ámbito nacional, intentando abrir un foso moral y emocional, con lodos de oprobios, entre una izquierda moderada y una derecha moderada.

En las condiciones actuales todo esto no es que sea simplemente dramático. Es que nos retrotrae, como en un túnel del tiempo, tres o cuatro generaciones atrás, hacia el terreno de la incivilidad. Y es curioso que esto ocurra justo cuando el país lleva casi un decenio marchando en una dirección bastante razonable, y con bastante éxito (si olvidamos las asignaturas pendientes, desde hace treinta años, de la ciencia, la educación superior y la cultura). Porque, partidismos aparte, esto es lo que, obviamente, nos ha sucedido. Ministros socialistas como Belloch y Solbes, ya en los años noventa, dieron pasos importantes para restablecer la aplicación de las reglas del Estado de derecho a la lucha antiterrorista, y para ajustar nuestra economía de mercado a la realidad de nuestro tiempo. Sus intentos llegaron hasta donde pudieron llegar, pero luego, con gobiernos de la derecha moderada, que ha ganado dos elecciones democráticas, la segunda por mayoría absoluta, hemos visto la consolidación gradual del Estado de derecho, y un crecimiento bastante notable de la economía, de su empleo (enorme) y de su proyección internacional.

Todo esto ha ocurrido como suele ocurrir en los países occidentales: construyendo sobre lo mejor de lo que ya se había hecho, aprovechando los vientos favorables o plegándose a los adversos, y, sobre todo, gracias al esfuerzo de la propia sociedad. Pero los hechos son los hechos: eso es lo que ha ocurrido. Y ello, a la vez que el nivel de conflictos sociales internos no era alto, y que el nivel de respeto de España en el exterior se reforzaba, por la simple razón de que cumplía sus compromisos para entrar en la zona euro, cumplía sus compromisos con el Pacto de Estabilidad, y exigía que se respetasen los compromisos contraídos en el Tratado de Niza. Es decir, cualesquiera que sean los debates en los que podamos entrar en cuanto al contenido de estos compromisos, la posición de España ha sido coherente con una gran estrategia que está en la base de la construcción europea; a saber, la de que pacta sunt servanda, los pactos se hacen para cumplirlos.

¿Que todo esto es discutible? Sin duda, pero la cuestión está en que, discutible y todo, esta experiencia nos deja en un punto de visibilidad y de responsabilidad por nuestros actos al que hemos llegado ahora (y al que no habíamos llegado antes). Es un valor adquirido que cualquier gobierno futuro tendrá que administrar, pero no podrá ignorar.

¿Cómo es que justo en un momento en el que, vista desde fuera, España parece estar razonablemente bien orientada (comparada con Francia, Italia o Alemania, por poner algunos ejemplos), se haya descubierto el flanco de traer a debate una nueva organización territorial, no en el marco de un consenso civilizado, que favorece el acercamiento, sino en el de actos y palabras dramáticos que propician el enfrentamiento? ¿Justo en el momento de remontar el vuelo vamos a sumergirnos en un agujero negro de marrullerías y de indignaciones inducidas?

¿Operan aquí factores internos, estrategias deliberadas y tendentes a impedir un acuerdo durable entre la derecha moderada y la izquierda moderada sobre los grandes problemas del país? ¿Acaso se trata para algunos de perpetuar un clima de desconfianza mutua, ahogar un espacio de centro,deslegitimar por activa y por pasiva una y otra vez los adversarios políticos, para vivir de lleno la experiencia de la política vivida como una pasión incivil, de amigos y enemigos? ¿Todo por la satisfacción de un rencor, de un interés, de una ofuscación ideológica, de un espíritu de bando? ¿Cuentan con la timidez de quienes no quieren volar y se sienten más cómodos con un país corto de alcances, más en su sitio, el sitio que nos asignan otros países europeos, por ejemplo? ¿Creen que al descalificar como demócratas dudosos a la mitad del país, la otra mitad se siente más a gusto? ¿Imaginan que el instinto de autoconservación de la sociedad española es tan débil que asistirá ecuánime a su propio entierro?

Hay muchas preguntas y todavía tenemos pocas respuestas. Pero, al menos, tratemos de no perdernos en el ruido y la bruma. A veces, la política se desarrolla con una puesta en escena postmoderna, con un escenario metafísico y unos actores que no saben vocalizar, susurran palabras ininteligibles y, con sus contorsiones, intentan atraer la atención del espectador. Pero éste (premoderno quizá) querría entender el texto, y saber, al final, si ha asistido a la vida es sueño o a la visita de la vieja dama.

Tenemos necesidad de saber cuál es el texto. En el fondo, las cosas son relativamente sencillas. O estamos en el terreno de la Constitución o nos salimos de él. Si nos salimos, vamos a una confrontación incivil. Si nos quedamos dentro, la solución a los grandes problemas institucionales del país (incluidas las reformas posibles, según los procedimientos previstos) pasa por el acuerdo durable entre una derecha moderada (o un centro-derecha) y una izquierda moderada (o un centro-izquierda). Lo que haga posible esto es bueno para el país y le hace avanzar; lo que lo impide, por la debilidad, la confusión, la astucia o el arrebato de los actores de turno, le hace retroceder.

Se ha terminado el tiempo de la ceguera política involuntaria. Que a partir de ahora el que no vea, sea porque no quiere ver.

Víctor Pérez-Díaz es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 13 de febrero de 2004.

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