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Crítica:CLÁSICA | C. Borodin

Cuestión de genes

Los cuartetos de cuerda son como los seres vivos: nacen, se reproducen y mueren. Cambian sus miembros pero los genes siguen ahí, aunque mezclados con una savia nueva que debe adaptarse, como los yernos o las nueras, a las costumbres de la familia, a las tradiciones de los padres o de los abuelos. Algunos, como el Borodin, alcanzan tal longevidad que más de un cambio debe sucederse en el tiempo y el acoplamiento tarda unas veces más y otras menos. Pero el espíritu queda. En su caso, lo representan el violonchelista Valentin Berlinski, miembro fundador, y el segundo violín, Andrei Abramenkov. Sin embargo, les queda aún cierto trecho al primer violín, Ruben Aharonian, y al viola, Igor Naidin, para que el cuarteto recuerde ce por be al originario.

Liceo de Cámara

Cuarteto Borodin. Obras de Mozart, Schubert y Brahms. Auditorio Nacional. Madrid, 15 de enero.

El espíritu Berlinski apareció lo suficiente como para dejar claro que él es la memoria histórica del Borodin, y no sólo ante el público, en el concierto, sino en los ensayos en los que se discute el concepto. Quizá por eso el arranque lento del Cuarteto 'De las disonancias' de Mozart estuvo tan cercano a Shostakóvich y el resto de la pieza tan lejos del salzburgués. Lo mismo cabría decir del Andante un poco Adagio del Quinteto en fa menor de Brahms, en el que se comenzó con cierta inseguridad para ir creciendo a ojos vistas y lograr, finalmente, una espléndida versión de la obra. Colaboró con excelencia la pianista Ludmila Berlinskaia, menuda y nerviosa, fogosa y atenta. Como curiosidad, el programa intercaló entre sus dos obras mayores una buena versión del Movimiento de Cuarteto en do menor de Schubert, una de esas músicas que flotan como satélites llenos de brillo en el universo del vienés.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de enero de 2004