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Crónica:FÚTBOL | El gran clásico

Bandera blanca en el Camp Nou

Roberto Carlos y Ronaldo plasmaron la superioridad madridista, que el Barça discutió con su reacción final y un gol de Kluivert

Por activa y por pasiva, el Madrid cantó victoria en el Camp Nou en un partido de Liga después de veinte años de abstinencia. El encuentro respondió a la lógica del fútbol, y entre las concesiones azulgrana y la suficiencia blanca, el marcador siempre estuvo del bando forastero. Al Barcelona no le alcanzó un segundo tiempo generoso y un arreón final precioso, después de haber regalado medio partido de manera cobarde, asustado como llegó el entrenador de Málaga y paralizada como estaba la hinchada, presa del mismo canguelo. Casillas mantuvo entonces a buen recaudo los goles de Roberto Carlos y Ronaldo. El final del Madrid, en cualquier caso, fue tan recriminable futbolísticamente como el inicio del Barcelona.

BARCELONA, 1 - REAL MADRID, 2

Barcelona: Víctor Valdés; Gabri (Quaresma, m. 46), Puyol, Reiziger, Van Bronckhorst; Cocu, Xavi, Gerard, Motta (Saviola, m. 77); Kluivert y Luis García (Overmars, m. 46).

Real Madrid: Casillas; Salgado, Pavón, Raúl Bravo, Roberto Carlos; Beckham, Helguera; Figo, Raúl (Solari, m. 85), Zidane; y Ronaldo (Portillo, m. 75).

Goles: 0-1. M.36. Roberto Carlos empalma un tiro cruzado y raso desde fuera del área tras recibir un pase atrás de Zidane.

0-2. M.73. Ronaldo recibe de Roberto Carlos desde la izquierda, dispara por bajo y el balón se cuela junto al palo tras rozar en Cocu.

1-2. M.82. Kluivert cabecea a la red a la salida de un córner botado por Quaresma.

Árbitro: Carmona Méndez. Mostró tarjeta amarilla a Motta, Roberto Carlos, Cocu, Puyol, Xavi, Salgado y Saviola.

Camp Nou. 92.524 espectadores. Se guardó un minuto de silencio en memoria del ex portero internacional del Valencia y del equipo azulgrana, José Manuel Pesudo, fallecido el viernes.

El Barça jugó dos partidos en uno mientras el Madrid fue el de siempre, tan sobrado en la portería contraria como ausente en la propia, ganador a partir de la lectura del equipo titular más que del contenido del choque, aunque ayer jugó más a gusto que de costumbre en un Camp Nou sin la carga ambiental de los últimos años, con aplausos incluso para Ronaldo, muestra de que el club ha recuperado uno de sus valores esenciales como es el civismo.

El estado de ánimo barcelonista, muy decaído por los últimos resultados, quedó expresado en la alineación. El Barça se encogió hasta parapetarse en su cancha. A falta de estilo y rasgo, de cuantas cosas le dan personalidad al equipo, Rijkaard organizó un operativo exclusivo para combatir al Madrid, a partir del carácter y el oficio, circunstancia que le llevó a recurrir al viejo plantel del que tanto reniega la directiva: sólo se alineaban dos fichajes, de manera que el Barcelona sólo parecía superior al Madrid en el banquillo. Mal planteamiento.

Rijkaard reparó en cada uno de los frentes abiertos por el Madrid, y de tantos como tiene presentó un equipo tan defensivo que regaló el campo y la pelota pese a jugar al abrigo del Camp Nou, un signo de rendición inequívoco. A costa de renunciar a los extremos, llenó la divisoria de tantos centrocampistas que la mayoría quedaron inutilizados. Una vez sabido que el Madrid ganaba los partidos por su pegada, el Barça le invitaba a que jugara solo, con el desagrado de la hinchada, que se encomendó de mala gana al martirio.

Extrañado por tanta concesión y complacencia, el Madrid se sintió tan cómodo que se abandonó media hora. Ni combinaba ni remataba, entre otras cosas porque entre Puyol y Reiziger enjaularon a Ronaldo. El Barcelona se acostumbró inmediatamente al partido. La presión funcionaba y la pérdida de pelotas era mínima. El Madrid no tenía munición. Pero justo cuando respiraban los azulgrana en un libre directo de Xavi que sacó Casillas, apareció Zidane por el margen izquierdo, advirtió la llegada de Roberto Carlos y le puso el remate franco. La pelota cruzó el área hasta alojarse en la red de Víctor Valdés.

El plan de Rijkaard se había ido al carajo por imposible, y el descanso le ayudó a replantear el partido: Quaresma y Overmars sustituyeron a Gabri y Luis García, decisión que confirmaba el error inicial del entrenador. Recuperó entonces el Barcelona su perfil más conocido, y con una alineación equilibrada se dispuso a una remontada en las peores de las condiciones: le había dado un gol de ventaja al Madrid, que exigido ahora defensivamente por el acoso de los extremos barcelonistas, pasó a resguardarse.

Firmes atrás por el despliegue de Puyol y valientes delante por el interés de Xavi, los azulgrana abrieron el campo con Quaresma y metieron al Madrid en muchos problemas. El partido recuperó la calentura propia de un clásico y la afición se sintió recompensada. El Barcelona le quitó la pelota al Madrid, se fue a por el encuentro sin miramientos y encaró a Casillas cada dos por tres. El meta estuvo tan espléndido entonces como el delantero centro después, de acuerdo a la costumbre del equipo blanco, que tiene principio y final como ningún otro.

El partido respondió en este contexto al guión del campeonato: la incapacidad azulgrana para marcar y al mismo tiempo conceder ocasiones de gol y la facilidad madridista para sentenciar en el primer remate que caza Ronaldo. Figo cazó un balón a la salida de un córner barcelonista, Raúl tiró un desmarque determinante para que Roberto Carlos se la pusiera al brasileño, y el gordo remató a gol, para acto seguido despedirse del estadio. Parecía un final que ni pitando para el cuadro madridista.

Ocurrió, sin embargo, que el acoso barcelonista era tan insistente que Casillas quedó a merced de Kluivert en un saque de esquina y el holandés, con un gol precioso, regaló a la afición un último cuarto de hora de padre y señor mío. El Madrid sufrió de mala manera para defender el liderato y el Barcelona se ganó cuanto menos el perdón de la hinchada, así que el partido se cerró con la misma delicadeza que se había abierto. El Barça aceptó con una dignidad exquisita, desde la grada hasta la cancha, el triunfo del Madrid, más impactante a efectos estadísticos que de cualquier otra cosa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de diciembre de 2003