Columna
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Dinero y cultura

En contra de lo que suele afirmarse, yo no creo que realizar una programación cultural, con actos que interesen al público, sea forzosamente caro. Esas actividades resultan costosas cuando los gobernantes las convierten en un objeto de lujo para llamar la atención. Los socialistas fueron los primeros en desarrollar una política cultural de excesos que el Partido Popular ha llevado, en los últimos años, a extremos inimaginables. En el momento en que convertimos la cultura en un medio de propaganda, la factura se dispara indefectiblemente. Cualquier exposición, conferencia, seminario, por mediocres que sean sus actores, obliga a desembolsar una cantidad de euros considerable, casi siempre exagerada. Pensemos en la Bienal de Valencia, esa dudosa operación publicitaria que tan escasa huella ha dejado entre nosotros. El dinero que la Comunidad habrá invertido en la Bienal de Valencia es incalculable y no creo que jamás logremos averiguarlo. En ese sentido, hay que alabar la prudencia del Gobierno valenciano, negándose a publicar la nómina del comisario Settembrini: resultaría escandalosa para demasiadas personas.

Frente a esa manera grandilocuente de entender la cultura, yo opondría el trabajo que desarrolla la sede universitaria Ciudad de Alicante. Aprovechando el edificio que perteneció a la antigua Escuela de Comercio, bien situado en el centro de la ciudad, aquí se viene hilvanando una programación cultural de un enorme interés. A ella responde un público inquieto y receptivo, que frecuenta el local con asiduidad. Sin planteamientos ostentosos, sin propuestas extravagantes ni ultramodernas, huyendo del gasto innecesario, el centro se ha convertido, en poco más de un año, en un foco cultural de primer orden. Y todo se ha hecho de manera discreta, sin alardes, con inteligencia, atentos a las necesidades de la ciudad.

Aquí, en la sede universitaria Ciudad de Alicante, se ha hablado de urbanismo, de territorio, de medio ambiente, del futuro de nuestras poblaciones amenazadas por el turismo y la construcción. Se ha discutido de política, de economía. Se han abordado los problemas de la inmigración, tan acusados entre nosotros, o se han analizado las relaciones entre Alicante y Valencia. Pero, también ha habido tiempo para hablar del deporte, de las Hogueras, de la moda, para presentar diferentes proyectos culturales o conmemorar el aniversario de la Llei d'Ús i Ensenyament del Valencià. Los 25 años de la Constitución se celebrarán próximamente con un programa de actos que, estoy convencido, no superará ninguna institución oficial de la ciudad.

Todo esto se ha realizado, como ya he dicho, de una manera modesta, sin la presencia de figuras relumbrantes que no ha mermado un ápice el interés de la programación. Para que una programación cultural tenga éxito hace falta, sobre todo, sentido común, imaginación y ganas de trabajar. Sólo así es posible componer un equipo de personas que es la base de estas empresas. Sin vocación, sin un cierto afán de servicio hacia la comunidad, estos centros culturales están condenados a una vida más o menos anodina. El dinero es, sin duda necesario, pero, en contra de lo que algunos políticos creen, no basta para hacer una buena programación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0020, 20 de noviembre de 2003.