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Reportaje:VUELTA 2003 | Roberto Heras, cuarto español que se impone en dos ocasiones

Así se pierde la carrera

La ambiciosa estrategia del ONCE dio alas a los escaladores del iBanesto y el Kelme y terminó por condenar a Nozal al agotamiento

Las cosas sucedieron al final para que se cumpliera lo que había sido escrito. "Nozal no puede ganar la Vuelta", dijo Manolo Saiz en el fragor de la polémica radiofónica, cuando el asunto era Igor sí, Igor no. Nozal no ganó la Vuelta. Tampoco Igor.

Nozal empezó a perder la Vuelta precisamente el día en que Igor demostró que tampoco la ganaría. Fue cuando la contrarreloj de Albacete, cuando detrás del abrazo emocionado -lágrimas, sudor y mocos- entre Isidro Nozal y Manolo Saiz, llanto y emoción por todos los lados, se escondía la amarga decepción de Igor González de Galdeano, el contrarrelojista reputado que sólo había podido aventajar a Roberto Heras, el ligero escalador, en 30 segundos, en la contrarreloj más larga de la historia moderna de la Vuelta, menos de un segundo por kilómetro. Con su abrazo emocionado, Manolo Saiz le transmitía su afecto a Nozal, y también un cáliz. Esta Vuelta, venía a decirle su director y cariñoso mentor; la tendrás que ganar tú, Isidro. Precisamente lo último que habría querido tener que decirle.

Hasta entonces, todo era fabuloso. Los Pirineos, escamoteados, habían vuelto optimista a Manolo Saiz, le habían permitido seguir protegiendo a Nozal. "Pero cómo queréis hacerme cometer ese error", decía a los que le presionaban. "Yo conozco a Nozal, y si le digo que no, que el líder no es Igor sino que es él se me viene abajo. Y mientras Igor siga segundo, Isidro seguirá bien". Y así fue. A Isidro no le hundió, finalmente, ni el tiempo que no logró en la fuga de Burgos porque no quiso entrar a los relevos, ni tampoco sus golpes de genio, su sentido del deber, su generosidad ascendiendo el Aubisque.

Al día siguiente de la contrarreloj de Albacete, Manolo Saiz, aún afectado por la descarga emocional de la víspera, declaraba, en la puerta del Parador, no lejos del presidente de la ONCE, Miguel Carballeda, en visita de cortesía: "Las grandes vueltas modernas no las ganan los escaladores, sino los rodadores que se defienden en la montaña. Por eso puede ganarla Nozal. Y no admito lo que se dice por ahí de que apenas ha habido montaña. Ha habido, y mucha". Quedaba una semana de Vuelta. La semana de calvario. Nozal aventajaba en 5.13 minutos a Heras.

Pasaron los días. Pasó La Pandera, pasó Sierra Nevada. Nozal, a lo Olano, al tran tran de Serrano, aguantaba. Un minuto cedía cada día de montaña. Pero la presión crecía exponencialmente, en proporción inversa al cuadrado de las fuerzas que se perdían. Dicho de otra manera: para perder el mismo tiempo en Sierra Nevada que el que había perdido dos días antes en La Pandera, un minuto, Nozal necesitaba gastar el doble de fuerzas de un cuerpo exprimido hasta el absoluto. En Navacerrada debería ser el doble. Y aún quedaba Abantos, la nada.

Antes de Abantos, en la salida de Córdoba, Manolo Saiz ya sabía que la Vuelta se le escurría entre las manos. "Ha habido una Vuelta hasta Francia y después ha comenzado otra diferente", decía en privado. "Esto es insoportable". Pero pese a esa toma de conciencia, ese discernimiento súbito de las fuerzas ocultas que animaban su Vuelta, Manolo Saiz no varió sus objetivos un ápice. Siguió luchando por la general, siguió luchando por ganar etapas, siguió luchando por colocar a Igor en el podio. Para conseguirlo necesitaba que las etapas estuvieran controladas desde la salida aunque ello supusiera viajar todos los días a 50 kilómetros por hora sin tiempo para recuperar, para ello necesitaba la colaboración de otros equipos, para ello necesitaba que Isidro Nozal continuara exprimiéndose agónicamente.

Y con ello, Saiz consiguió que los equipos más fuertes en montaña, el Kelme y el iBanesto.com, se encontraran sin darse cuenta en mutua relación de necesidad. Y que sus acciones escaladoras sirvieran de trampolín para Heras, autor directo del desmoronamiento final de Nozal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 29 de septiembre de 2003