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Crónica:FÚTBOL | Fase de clasificación para la Eurocopa 2004

Simplemente Raúl

El delantero corrige uno de sus peores partidos con dos goles que aseguran a España al menos la repesca

Se llama Raúl, no le den más vueltas. No le busquen una explicación porque posiblemente no la tiene. Es el balón, es el fútbol, es el gen de los elegidos... quién demonios lo sabe. Es Raúl. Porque fue precisamente él quien salvó a España de una manera imposible de creer y de contar, quien la dejó con la segunda plaza del grupo a salvo. Porque fue otra vez él quien se inventó un gol redentor de la nada. Porque lo marcó con la derecha, su pierna mala. Y sobre todo porque lo hizo cuando estaba apresado dentro de su peor partido, reclamando el cambio, en el punto extremo de su baja forma. Porque ganó cuando todos, detractores y creyentes, daban por hecho que por una vez Raúl perdía. Que sí, que no tenía que estar en el campo. Pero esperó precisamente hasta el peor de los panoramas, y no hay quien se atreva a descartar que lo hiciera adrede, para quitarse de encima todas las dudas. Es Raúl y, mejor con Valerón a su lado, debe estar siempre.

ESPAÑA 2 - UCRANIA 1

España: Casillas; Salgado, Juanito, Marchena, Puyol; Xabi Alonso, Baraja (Xavi, m. 84); Etxeberria, Raúl, Vicente (Reyes, m. 63); y Fernando Torres (Valerón, m. 68).

Ucrania: Shovkovskyy; Dimytrulin, Fedorov, Luzhny, Vesmachnyy; Popov (Serebrennikov, m. 18); Voronin (Husyev, m. 51), Tymoshchuk, Gorshkov, Vorobyey; y Shevchenko.

Goles: 1-0. M. 59. Baraja pasa raso a Raúl y éste, con la derecha, envía un disparo ajustado al palo izquierdo del portero. 2-0. M. 71. Córner que saca Reyes, falla el portero ucranio y Raúl, solo en el segundo palo, marca de cabeza. 2-1. M. 83. Shevchenko, de gran tiro cruzado.

Árbitro: Terje Hauge (Noruega). Amonestó a Fedorov, Tymoshchuk,

Unos 35.000 espectadores en el estadio Martínez Valero.

Porque Valerón vio sentado en el banquillo, con Sáez de pie unos metros a su lado, cómo España se iba consumiendo, perdiéndose la fe y desesperándose. Haciéndose cada vez un poco más pequeña ante un rival menor que, eso sí, sabía de sobra el encuentro que quería jugar. Y ante lo que observaban, quizás fueran precisamente Valerón y su acompañante los únicos que no echaban de menos al canario sobre el campo. Pero los demás pedían su presencia a gritos. Lo pedía el partido, sobre el que pasada la media hora ya sobrevolaba el fantasma de Zaragoza, la inesperada e injustificada derrota ante Grecia que puso a España no sólo en sospecha, sino en peligro cierto de no acudir a la Eurocopa. El debate que inundó los días previos, y que Sáez se quitó educadamente de en medio, no era de mentira. Hacía falta Valerón, sí que la hacía.

Valerón contempló sentado en el banquillo cómo España se adueñó de la pelota sin contemplaciones desde el saque inicial. Pero también cómo no supo moverla de manera dañina para desarmar a Ucrania. Y eso que el adversario sólo arrojó sobre la contienda ración y media de musculatura, otras dos de esfuerzo y los deberes muy aprendidos. Pero ninguna intención inicial de ataque y un planteamiento de otro tiempo, repleto de marcajes al hombre.

Un estilo de juego que castigó el hermetismo del 4-2-3-1 de Sáez. Y no tanto porque Baraja no se fuera por delante de Xabi Alonso, que sí lo hizo, o que Raúl no se convirtiera en segundo delantero, que también, sino porque horizontalmente todo era muy previsible. Siempre Etxeberria y Salgado por la derecha, siempre Vicente y Puyol por la izquierda, siempre Xabi, Baraja, Raúl y Torres por el centro. Y así, claro, Ucrania lo tuvo muy fácil.

Valerón presenció también sentado la única buena idea que tuvo España en esa fase inicial: retroceder a los extremos, detrás de quienes se iban a ir ciegamente los laterales ucranios, y buscar la sorpresa de los laterales. Pero claro son los menos dotados de peligro. Y lo demás, nada. Algún tiro lejano y poco más. A Torres no le buscaban nunca a la espalda de su inseparable Fedorov, sino que le hacían bajar a capturar balones siempre en desventaja. Y a Raúl le podía su bajo estado. Tanto que, ahora sí que sí, ponía por una vez en cuestión la paciencia que siempre se merece. No era por no esperarle, sino porque de verdad se le veía perdido, impotente y nulo.

Todavía seguía sentado Valerón cuando Ucrania, allá por el minuto 38, con un remate de Tymoshchuk insinuó que lo mismo entraba en el partido. Que seguiría defendiendo al hombre, poniendo a prueba su resistencia, pero que también pensaba atacar. Por el bien de España, su pareja de centrales, Juanito y Marchena, sí estuvo impecable. Y así, aunque cada vez los amarillos atacaban con más y más gente, con más y más peligro, el cero en la puerta de Casillas parecía a salvo.

Ya estaba Valerón calentando sobre el césped cuando los acontecimientos se precipitaron. Raúl pasó a último punta, Torres falló un penalti, Shevchenko ya cabeceó un aviso serio al larguero... Sáez no aguantó más y llamó a Valerón. Y entonces, cuando se disponía a sacar al canario, apareció Raúl. Irrumpió en el corazón del área, recibió una pelota comprometida y se sacudió todas las críticas con un derechazo imparable.

Lo que ocurrió después ya lo vio Valerón dentro del campo. Y a su lado Reyes. Pero lo que sucedió después ya no tuvo tanta importancia. Ni la entrega vana de los ucranios y el tanto de Shevchenko, ni el lujo con retraso de los españoles, encendidos al fin por el fútbol sublime de Valerón, ni siquiera el segundo tanto del propio Raúl, un cabezazo fácil. Lo trascendental, lo descomunal, había ocurrido antes. Cuando en el peor de sus días, en el punto más difícil de su mala racha, Raúl sacó como siempre el futbolista que lleva dentro. Posiblemente por eso es el más grande.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de septiembre de 2003