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Tribuna:EL FUTURO DE LA UNIÓN

¿Qué va a pasar en Europa?

El autor sostiene que los esfuerzos por ofrecer esquemas europeos nuevos son poco innovadores, aunque se anuncie el espectáculo de una Consitución Europea para el 9 de mayo próximo.

Estas vacaciones de verano, tórridas a un lado, borrascosas al otro, y allá, a su frente, Irak, no auguran precisamente la libertad del esclavo, sino más bien la zozobra del ciudadano. ¿Qué va a pasar?

La prensa, la radio y la televisión, es decir, los medios, los intermediarios entre la sociedad y la historia inmediata, no consiguen, pese a algunos notables esfuerzos, servirnos con nitidez esa inmediatez, ese día a día que más bien parece la noche noche.

Y la persuasiva retórica que siempre ha arropado la política y las leyes de nuestra vieja Europa sigue complicando, a nuestro entender, la redacción de cualquier escenario, sea económico, social o cultural, de nuestros días. Porque los esfuerzos por ofrecer esquemas europeos nuevos son poco innovadores y pocas veces consiguen deslindar las evidencias de la interpretación enriquecedora de los hechos.

Quizá necesitemos un nuevo Spinoza para regañar con severidad a los autócratas

¿Volvemos a la Edad Media o nos acercamos a un nuevo Renacimiento?

Entretanto, "la nave va". Pero ¿adónde va nuestra nave? ¿Qué va a pasar en Europa?

Los prestímanos políticos tampoco parecen saberlo este verano. Nos anuncian el espectáculo de una nueva Constitución Europea para el 9 de mayo próximo. ¿Y luego, qué?, como diría el gallego. ¿Volvemos a la Edad Media o nos acercamos a un nuevo Renacimiento?

En el Entierro del conde de Orgaz, El Greco pintó en 1586 las exequias de don Gonzalo Ruiz de Toledo, fallecido en 1312, a quien enterraron, según la tradición, san Esteban y san Agustín, aparecidos milagrosamente para esta triste ocasión en la iglesia de Santo Tomé, la misma en la que hoy se exhibe el lienzo.

Las diversas interpretaciones históricas y teológicas del cuadro tienen, sin duda, un notable interés para los especialistas. Pero traemos aquí la escena por una razón, si así pudiera llamarse con alguna propiedad, más actual. Queremos referirnos al sorprendente y compacto grupo de personajes que rodea al cuerpo del difunto -su alma ya ha ascendido a los cielos y es acogida por los notables del empíreo-, cada uno con su propia filiación y dimensión.

Basta un poco de imaginación para identificarlos con las diferentes personalidades de una Europa del siglo XVI que, por fin, se decide a enterrar, casi tres siglos más tarde, a los protagonistas de la Europa medieval.

Esa Europa en la que, en la cubierta del Hortus deliciarum, famoso códice del siglo XII, las monjitas de la abadía de Landsberg, en Alsacia, aparecen alineadas ordenadamente. Su superiora, la abadesa Herrad, culta y polígrafa autora de esta enciclopedia medieval, las contempla con beatitud desde el ángulo inferior derecho. Aquí todos los personajes aparecen perfectamente uniformados con idéntica toca y hábito. El medievalista Aron Guriévich pretende incluso, para apoyar su tesis sobre la persona en la Edad Media, que todos los rostros son iguales. Y, si no lo son, lo parecen: a tanto obliga el uniforme externo y también la coraza cultural de las protagonistas.

Es cierto que enterrar esta Europa medieval no fue, sin embargo, glorioso, como quiso el pintor toledano. Porque la Europa subsiguiente seguiría sometida durante otros dos nuevos y largos siglos a los abades regios, a los autócratas.

Tendríamos que esperar al Siglo de las Luces para empezar a considerar la voluntad individual como estandarte de liberación social y política, aunque sus esfuerzos por construir una Europa de los ciudadanos no pudieran tampoco arrumbar enteramente las inercias anteriores. Porque la nueva Europa de después de Napoleón siguió estando sujeta a importantes servidumbres físicas y doctrinales.

Algunos suelen decir que los diversos proyectos que desde el siglo XII convergen en la idea de una Europa sin fronteras, de una Unión Europea o de unos Estados Unidos de Europa han tropezado casi siempre con las grandes fronteras que establecieron el dogma y sus fieles, desde Constantinopla, primero, y desde Trento, después. Pero, dentro de una apreciación más profunda, es posible que hayan tropezado, sobre todo, con la mal comprendida voluntad de cada uno de sus pueblos hacia esa añorada confusión geopolítica, hacia esa res pública en la que, de alguna forma, podrían convivir sin las servidumbres del pasado. Voluntad de nuevo mediatizada por los autócratas y los teócratas de la Edad Moderna, que instalaron nuevas fronteras ideológicas para dividir la Europa del Oeste en dos grandes espacios de intransigencia mutua.

La abadesa alsaciana era, en la Europa medieval, la persona más adecuada para ilustrar a sus pupilas sobre la verdadera moral anclada en la tradición y sobre cuál era también la auténtica voluntad de Dios, adecuadamente revelada a sus siervos. Y como claramente se deduce al contemplar los piadosos rostros tocados del Hortus deliciarum, la voluntad medieval se educaba para servir en el mundo del más allá, para servir a la voluntad del Creador.

Medio siglo después de que El Greco acabara de pintar a san Agustín en el famoso entierro, cuando los europeos de aquel momento comenzaban ya a mostrar su desencanto respecto a las virtudes y frutos de un excesivo sometimiento a la pirámide medieval, nacía, en Holanda, Baruch Spinoza, el primer filósofo de la Modernidad que se atrevió a proponer los fundamentos democráticos del Estado.

Spinoza nos sugería lo que después llamaríamos secularización, concepto éste típico de la Modernidad europea. Que, en principio, no significaba otra cosa que un noble intento de legitimar la voluntad humana para establecer sus propias normas y reglas desde su libertad y capacidad de pensar, reflexionar y actuar, sin obedecer exclusivamente a quienes se proclamaban exclusivos intérpretes de la voluntad del Creador, cuya auténtica voluntad sería, sin embargo, respetable y respetada, pero en aras precisamente de esa libertad que asiste a la persona de creer sin ser constreñido a hacerlo.

La economía, la política, la organización social, las estructuras del poder, intentan entonces adaptarse a esta nueva situación que predica la libertad de actuar sin someterse previamente a la censura teológica o incluso moral. De allí surgirían el mercantilismo y diversas doctrinas sociales y políticas que, andando el tiempo, se integrarían en nuestra cultura mental europea. Cultura en la que fue precisamente la visión del papel de Dios como Supremo Creador del Mundo la que permitiría orientar la investigación científica y la especulación hacia el descubrimiento de las leyes y estructuras "eternas" a las que estaba sometida esta creación.

En todo este complejo proceso de adaptación a la Modernidad europea, el azar y la libertad fueron siempre de la mano. Y es así como se inició un nuevo proyecto, ciertamente lleno de dificultades y contradicciones, pero innovadoramente centrado en la libertad individual, en la subjetividad, la autonomía, la privacidad y el derecho a opinar libremente.

Dando un enorme salto cualitativo y cuantitativo, sobreponiéndonos a la casi siempre trágica y horrorosa primera mitad del siglo XX, llegamos a Roma en la segunda mitad de ese mismo siglo para iniciar un nuevo proceso de segregar Europa de Europa, esta vez con la intención de unirla frente a nuevas catástrofes.

Proceso sustentado sobre un proyecto para construir una nueva entelequia para la que ahora, en medio de una confusión general de horizontes, de intransigencias y de valores, de prepotencias y sometimientos, se nos anuncia también un nuevo proyecto de Constitución Europea como algo innovador, cuando en realidad sólo consigue catalogarse como curioso esfuerzo para cartografiar económica, social y políticamente la próxima Europa con tecnologías jurídicas y estéticas de una Europa hace tiempo caduca.

Porque aún no contamos con el pintor adecuado para celebrar el entierro de nuestras viejas costumbres y estrategias de obvia obsolescencia. Seguimos, como un huevo vacilante, entre la Edad Moderna y la Utopía sin Ilusión. Y quizá necesitemos un nuevo Spinoza para regañar con severidad a los autócratas de nuestros días.

Mientras este personaje llega, seguiremos sin saber con certeza qué está pasando en el mundo, pero, sobre todo, seguiremos sin saber qué va a pasar en nuestra casa, sin saber qué va a pasar en Europa. Y corremos el grave riesgo de convertirnos, de nuevo, en esclavos de la voluntad de quienes se atribuyen hoy, esta vez en nombre de su propia intransigencia, la potestad, que raramente la autoridad, de apropiarse mediáticamente de nuestras voluntades.

Pensándolo bien, y si escuchamos a diversos especialistas, la Edad Media fue una época llena de vivencias y fervores a la que podemos regresar en cualquier momento incluso desde nuestra propia voluntad, o, más bien, desde nuestro acentuado, enrevesado y perezoso conformismo intelectual.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de agosto de 2003