Crónica:EL AGOSTO DE ANTONIO ESTEVANCrónica
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Junto al mar y el Montgó

Si se vive en una casa de campo a cinco kilómetros del mar, al lado del Montgó, con huerto biológico, una docena de aves de corral y dos perros, amigos cerca... ¿para qué hacer las maletas? "Durante el año no hay semana que no viaje, por eso en verano suelo moverme lo menos posible", explica Antonio Estevan, de 55 años, consultor ambiental y portavoz de la Fundación Nueva Cultura del Agua, que se opone al Plan Hidrológico Nacional y defiende alternativas basadas en la reutilización y eficacia en el uso de los recursos, y la desalación. Ondara, donde él y su mujer compraron una casa en 1986, fue primero su refugio en vacaciones, y hace unos años se convirtió en el hogar de la familia. El despacho, Estevan también lo ha trasladado al campo, lejos del ajetreo de Madrid.

Así, con todo a mano y salvo unos días que pasará en los Pirineos o el Cantábrico "para coger un poco del fresco", Estevan disfrutará del verano en casa. "Pero no me tiro en una hamaca", avisa. Por las mañanas, bucea y disfruta observando a los "cientos de peces" en ese "microclima y ecosistema especial, increíble" que ofrece la zona de Dénia. En algún momento del día le toca cuidar de sus propios "bichos", gallos y gallinas, alguna de las cuales ya se atreve a comerle de la mano, como si supiera que no va a acabar en la cazuela. Y también hay que ocuparse del huerto biológico y del jardín, "que no tiene plantas que exijan riego, para ahorrar". Estevan predica con el ejemplo y ha instalado riego por goteo para los naranjos y algunos frutales, y en la vivienda hace una década que instaló los mecanismos para ahorrar agua. "Es un consumo razonable que no requiere ningún tipo de sacrificio", resalta Estevan.

El resto del tiempo de Estevan lo copan básicamente los amigos. Una veintena de ellos, miembros de una tertulia madrileña que debate desde la ingeniería genética a los problemas del Tercer Mundo, y él mismo, adquirieron una casa en Dénia que "en verano siempre está llena de gente que viene y va". La han bautizado La Maloka del Montgó, un nombre que toman prestado de las casas colectivas de los indios del Amazonas.

Por lo que cuenta, hay que creerle a Estevan que la vida en verano en La Marina Alta "es muy intensa". Además de las tertulias y largas sobremesas en La Maloka, este consultor ambiental participa en la iniciativa de La Mistelera, una fábrica abandonada en La Xara que han alquilado unos 160 socios para crear un espacio alternativo para la música, el teatro, conferencias y debates, "que funciona todo el año y sin subvenciones".

La Mistelera se ha convertido, además, en un centro de venta de alimentos biológicos que cultivan agricultores de la zona en sus campos y en algunas parcelas cedidas de la finca de La Maloka. A los socios les toca una cesta de alimentos diversos "todos los viernes", y se intercambian conservas y otros productos. Los huevos del corral de Estevan se regalan.

Vacaciones relajadas, en fin, para este viajero que ya ha recorrido medio mundo y que se pasa el año con la maleta a cuestas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0031, 31 de julio de 2003.