Crónica:LA CRÓNICACrónica
i

Tintín y el mar

Se levanta otra mañana sin brisa. Este verano llega con unos días azules y amarillos, como barnizados de charol, que se agrietan y se cuartean, y por la noche se desmenuzan sobre la ciudad. Son días bonzos. El admirador de Boris Karloff se humedece los labios resecos y piensa un instante en las arenas de La momia. ¡Cuánta razón encierra la segunda ley de la termodinámica! Las cosas ya no son lo que fueron y cada vez le quedan a uno menos energías... Y pensar que hubo un tiempo en que todo esto se sobrellevaba a base de Flaggolosinas, cigarrillos de chocolate, chicles Dunkin y tintines... Rambla abajo, un hombre sin camisa se remoja la cabeza en una de esas viejas fuentes de hierro, que son los enanos de jardín de Barcelona. Cada vez resulta más difícil verlas. Tienen el aire de un gnomo con porte de guardia urbano de los de antes. En un banco, una señora mayor se abanica con una revista. Le ha arrancado unas páginas y las ha extendido sobre la piedra para no quemarse las nalgas. La mujer resopla y el sol rebrilla. Homer Simpson, bueno, la persona que va dentro (o lo que quede de ella), discute con la policía municipal de ahora. Su hija Lisa, es decir, quien esté encerrado en ese disfraz de espuma, aguarda unos pasos atrás con un saxofón en la mano. El incondicional de Boris Karloff se siente esta mañana como Tintín en La estrella misteriosa y espera que de un momento a otro caiga en el Ártico el meteorito que está causando la ola de calor.

Tintín es el muchacho que siempre se ha querido ser y, de repente, uno se da cuenta de lo cerca que está de convertirse en Boris Karloff

Al final de la Rambla, en el Museo Marítimo, hay una exposición sobre Tintín y el mar: Llamp de rellamp! Tintín i el mar de llegenda. Enfrente está el puerto y un espejismo de los de El país del oro negro le hace ver al seguidor de Karloff el casco del Aurora. Se acerca, o cree que se acerca y, de pronto le asalta la sensación de que llevan un buen rato esperándole para zarpar. "¡Filibustero! ¡Pirata! ¡Náufrago!", un señor con barba y gorra de marinero agita el brazo con el puño cerrado. "¡Autodidacta! ¡Especie de babuino!", en efecto, le está increpando a él. El fanático de Boris Karloff permanece inmóvil con el deseo de que la visión se desvanezca. Desde una de las cubiertas, le observa con un punto de impaciencia un grupo de ancianos apoyados en hilera sobre la batayola. Llevan el cuello almidonado. Uno de ellos le da una retirada al profesor Calys, el director del observatorio, otro es clavado al sabio sueco... Surgida de la nada, una enorme grúa iza una especie de batiscafo en cuya superficie, sin acertar a decir cómo, le parece leer: Appareil à explorer les fonds sous marins du professeur Tournesol. Tras él, alguien ha tropezado con otra persona y la ha reconocido: "Pero, ¡hombre! ¡El general Alcázar! Precisamente veníamos hablando de usted...". El sol se derrite sobre el agua del puerto y todo queda envuelto en una suave nube de calima.

El admirador de Boris Karloff piensa que Tintín es el amor a la aventura y que ésta se hace infinita con el mar. En realidad, también soñó un día con ser el capitán Haddock y gritarle eso de "¡Bandidos! ¡Negreros! ¡Tecnócratas!" a más de cuatro que se lo merecen. Al fanático de Karloff le entusiasman las novelas donde se leen palabras como estay, obenque, de bolina, escollera, pontón, serviola..., y a lo mejor todo esto se lo metió un día Tintín en la cabeza, al socaire del refugio antiatómico que fueron las bibliotecas públicas, cuando la guerra estaba fría y la transición caliente. Tintín sería imposible sin el mar y sin el mar la literatura se habría quedado corta. El Quijote es la sabiduría del polvo de los caminos y durante su lectura la persona es filósofa. El Quijote es imprescindible, de acuerdo; pero a veces el viajero prefiere la soledad del océano a la soledad de La Mancha. En los libros de velas, se cruza uno en alta mar con otros buques, como el barco fantasma desde cuya caseta del timón los esqueletos le sonreían a Arthur Gordon Pym. Se llega hasta donde quiso ir Joseph Conrad y se sobrevive al tifón que barre la cubierta, como también se va sobreviviendo a los tifones cotidianos. Se quiere ser Jack London y se acaba en el ultramarinos comprando una botella de Cutty Sark. Y abriendo los viejos tintines. Cada lector tiene su Tintín personal. El del admirador de Boris Karloff es un poco el de Stock de Coque, con misteriosos aviadores bálticos de posible currículum nazi. Lo que sobrecoge de la metáfora de Tintín es que detrás de su línea clara rebulle una zona de oscuridad. También debajo de cada océano existe una región abisal. Por eso resulta Tintín tan verosímil, a diferencia de otros más planchados. Tintín es el muchacho con esperanzas que siempre se ha querido ser y, de repente, uno se da cuenta de lo cerca que está de convertirse en Boris Karloff. Se agarra uno bien fuerte a los obenques para que no se lo lleve la ola y cuando se suelta resulta que ya no es el que era. Tintín es el héroe antes de que pase rugiendo el huracán y Karloff es el héroe después de que el tifón le haya pasado por encima. Existe una generación, tal vez una clase, que de niños leyeron los tintines en las bibliotecas públicas. Eran modestas, pero tenían una Espasa y la colección de Tintín completa. Se pasaban buenos ratos allí dentro. Afuera aguardaba el huracán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0024, 24 de junio de 2003.