UNA DÉCADA DE LA GRAN FIESTA ELECTRÓNICA

Underworld y Jeff Mills triunfan en la última jornada del Sónar

La 10ª edición del festival cerró ayer con un balance de 89.000 visitas a sus recintos

El cumpleaños fue feliz y la 10ª edición del Sónar cerró ayer con la complicidad de la multitud, que hizo suyos tanto los espacios diurnos como las inmensas naves donde, ya con la luz del sol dominical, concluyó el festival. La última jornada tuvo un discreto resultado artístico en el apartado nocturno, en el que la palma se la llevaron Underworld y el incombustible Jeff Mills, y los nombres propios del programa diurno, bastante más atractivo, fueron Jamie Lidell, Pulseprogramming y The Puppetmastazz .

El festival recibió 89.000 visitas. La última noche arrancó con el escenario Sónar Club repleto de fans de Underworld, cuya actuación tuvo más interés desde el punto de vista estético que musical. Los juegos visuales, el concurso de un rayo láser y la iluminación convencional jugaron a favor del dúo formado por Rick Smith y Karl Hyde, que ofreció un largo concierto para delicia de sus seguidores. La pega estuvo en el planteamiento reiterativo de sus piezas, idóneas para las sintonías de los informativos de televisión, al parecer pensadas para funcionar en clave de estadio. La mezcla entre dance, pop y rock; el uso de guitarra eléctrica, y las constantes arengas de los músicos al público tintaron de vulgaridad la actuación, avalada por la respuesta de un público que tocó el cielo con Born slippy.

Sin solución de continuidad apareció Jeff Mills, el ganador de cada edición del Sónar. Es cierto que en la sesión de este año no había tanto público como en las precedentes, pero no es menos cierto que Mills sigue siendo un espectáculo. Con sus dedos de pianista volando veloces sobre los tres giradiscos y la mesa de mezclas, sometió a la multitud con otra sesión donde malabarismo y técnica se pusieron al servicio de unos ritmos escupidos a la velocidad de la luz. Y cuando sonó The bells, los cuerpos formaban parte de una masa próxima al éxtasis. Carl Cox, el disc jockey que cerró este escenario, también acudió a The bells, a modo de homenaje a Mills.

Quienes salieron del Sónar pensando que los homenajeados eran ellos fueron los miembros de Ladytron, cuyo concierto, un verdadero tostón analógico-digital, fue seguido por una multitud. Con su habitual pose escénica apático-robótica, el cuarteto de Liverpool no sacó jugo de sus canciones de electro-pop, anodinas y trilladas. Pero como fuere que la noche ya estaba avanzada, el público hizo lo que pudo por bailarlas, que fue mucho. Laurent Garnier y Sideral, que también en clave de homenaje pinchó a Björk, cerraron la programación nocturna y el festival.

Guiñoles 'hip-hoperos'

La jornada diurna previa había sido más interesante. Y divertida, porque The Puppetmastazz provocaron la hilaridad del público en el Sónar Village. Una colección de delirantes guiñoles haciendo hip-hop con personajes como ranas, hipopótamos, un Yoda verde, un topo y un conejo se antojó un espectáculo idóneo para girar por los colegios de todo el país. No menos delirante fue la actuación de Jamie Lidell, un freakie vestido de naranja que descacharró un repertorio de soul y funk en el que aparecieron temas de Marvin Gaye y Michael Jackson. Para remate, en la parte final de su concierto salieron a escena Matthew Herbert y Arto Lindsay para entregarse a una orgía de ruido que, habida cuenta de la vigorosa y cómplice reacción del público que atestaba el Sónar Complex, obliga a replantearse el sentido del término comercial. El jazz progresivo-electrónico de Jaga Jazzist, el set de micro-house y tecno de Akufen, saboteado por un problema técnico que lo abortó en pleno desarrollo, y la elegancia indietrónica de Pulseprogramming fueron algunos de los elementos de interés de la programación diurna.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 15 de junio de 2003.