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Crítica:TEATRO

Burlón y raro

Tomeo es un escritor raro y burlón. Siempre tiene un más allá, pero no todo el mundo puede verlo. Eso es malo, claro; pero el que ve el más allá tiene la alegría de todos los iluminados. Aunque no coincida con el verdadero pensamiento de Tomeo. Este escritor singular escribe novelas que otros llevan al teatro porque, dice él, no se siente todavía preparado para escribir teatro. Sin duda le pesan viejas defensas de los autores que inventaban una preceptiva para alejar a los talentos de su arte: los sistemas de exposición, nudo y desenlace, el misterio de cada fin de acto, la entrada y salida de personajes, la explicación de antecedentes, el clímax... Todo eso ha desaparecido, el teatro se hace hoy de otra manera, los dramaturgos se encargan de teatralizar los textos, los directores meten dentro su arte y, en el fondo, si queda algo es la literatura dramática. En estas obras de Tomeo, lo que él escribió en sus novelas.

La agonía de Proserpina

De Javier Tomeo. Adaptación teatral de la novela original de Tomeo por él mismo y por Félix Prader. Intérpretes: Beatriz Ortega y Balbino Lacosta. Escenografía y vestuario: Gerhard Golinhofer. Director: Félix Prader. Centro Dramático de Aragón. Teatro de la Abadía. Madrid.

Burlón y raro, digo: ésta se llama La agonía de Proserpina, y conviene saber algo de Proserpina, la que de niña fue raptada y violada y llevada al Infierno, adonde volvería para morir. Goethe fue uno de los autores que se dedicaron a este mito, y todos los pintores y escultores tomaron la historia como modelo, o sea, como el frecuente pretexto necesario para mostrar la chica desnuda y el bárbaro violador. Aquí es una chica del mercado que se llama Anita, y Plutón es un escritor, Juan: el Averno es un apartamento en la ciudad, sofocante de calor, pintado de rojo, con alguna anomalía contra el realismo -trastos que se mueven, cestos con o sin serpientes- y con el Destino, con mayúscula, ya escrito. La escritura es la novela del intelectual Juan, escrita en 11 días, donde está escrito todo lo que está sucediendo: ante el terror de Ana/Proserpina. Juan la envuelve con palabras: ella responde con su carnalidad real, con su insuficiente dialéctica: la realidad frente al destino, el individuo frente a los dioses.

Carne y espíritu

Ah, también se puede sobrevivir en el teatro -la obra dura una hora nada más- sin necesidad de llegar a eso, ni a Proserpina ni a nada: y entonces entenderemos un juego de pareja separada por un desnivel intelectual, y las consabidas dificultades de entendimiento mutuo y un posible desacuerdo entre carne y espíritu. Pero la muerte prevista y el disparo final desde una ventana al mundo exterior sólo vale si acepta mitología y predestinación. Como Tomeo es al mismo tiempo buen escritor y burlón, deja mucho enigma para que el espectador se distraiga. Si quiere, claro.

Un aliciente de esta obra: la interpretación. Escenográfo y director alemanes -conocedores antiguos de Tomeo- han creado un espacio infernal, y en él las dos criaturas inevitablemente humanas, Beatriz Ortega y Balbino Lacosta, representan muy bien los personajes y sus dobles fondos. El Centro Dramático Aragonés está acreditado por su buen teatro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de junio de 2003