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Tribuna:

¿Qué hay detrás del terrorismo suicida?

Los atentados suicidas difieren de otras acciones terroristas porque sus ejecutores están determinados a morir ellos mismos para mejor matar a otros. Si fueran meros suicidas, incluso si se condujesen como suicidas al no poder llevar a cabo actos de violencia, quizá optarían por quitarse la vida sin tratar de arrebatársela a otras personas o por perecer voluntariamente como resultado de una huelga de hambre. Esto último es lo que excepcionalmente hicieron en 1981 diez miembros del IRA encarcelados en una penitenciaría británica. Pero no hablamos de meros suicidas. Hablamos de terroristas decididos a asesinar premeditadamente. Son la bomba ideal, dotada con una inusitada capacidad para acertar en el blanco y sin preocupación por cómo huir del lugar de los hechos una vez realizado su cometido. Aludir a esta variedad del terrorismo estremece y desasosiega. No en vano, el terrorismo suicida se ha convertido en el más devastador de nuestros días.

Pero, ¿en qué medida es el terrorismo suicida una de las innovaciones que conlleva la actual oleada del fenómeno, caracterizada entre otras cosas por su inspiración religiosa? ¿Hay algo más que fanatismo religioso detrás de la inquietante realidad de los terroristas suicidas? El mensaje escrito que dejó tras de sí Mohammed Atta, líder de los secuestradores del 11 de Septiembre, exhibe el mismo convencimiento del cual dejan fe grabada en vídeo los adolescentes o veinteañeros palestinos, en su gran mayoría varones, que frecuentemente conmocionan las ciudades israelíes haciendo estallar explosivos adosados a su cuerpo. Aquel procedía de una familia acomodada y había cursado estudios universitarios en Europa. Estos viven una existencia carente de oportunidades y sumida en la desesperación. Pero uno y otros acaban persuadidos de convertirse en mártires, de comprometerse a realizar un acto sacramental acorde con determinada interpretación extraída de textos religiosos y el parecer de ciertas autoridades clericales. Convencidos además de que durante su ejecución no hay dolor físico y tras fallecer se asciende de inmediato a un paraíso glorioso. Un lugar que les han descrito atravesado por ríos de leche y vino, abundante en lagos de miel, donde disfrutarán de setenta y dos vírgenes, verán el rostro de Alá y podrán reunirse con familiares predilectos.

Sin embargo, el suicidio como tal se encuentra estrictamente prohibido por el islam y de acuerdo con esta religión quienes lo cometen no acceden a paraíso alguno. Ahora bien, siempre según una noción de este mismo credo, perder la vida en situación de yihad, más concretamente en combate dentro de una guerra santa contra los que se define como impíos o enemigos de la comunidad de los creyentes, proporciona ese acceso privilegiado al paraíso. Así, para bendecir los atentados cometidos por terroristas suicidas, conferir a éstos la condición de mártires reverenciados y convertirlos en legítimos beneficiarios de incentivos selectivos muy preciados, las autoridades religiosas adscritas a sectores integristas del mundo islámico no han hecho otra cosa que declarar tales actos como propios de la yihad. De este modo resulta evidente la lógica cultural subyacente a la opción de los terroristas suicidas, que antes de serlo se encuentran adheridos a alguna corriente del fundamentalismo musulmán.

¿Esto lo explica todo? Seguramente, no. Para empezar, porque el recurso al terrorismo suicida no es algo exclusivo de fundamentalistas islámicos. Al Fatah y otras organizaciones nacionalistas o de la izquierda palestina, en principio no confesionales, son responsables de un significativo porcentaje de los atentados suicidas perpetrados en territorio israelí durante la última década, aunque más de la mitad de los mismos hayan sido reivindicados por el denominado movimiento de resistencia islámica Hamás. El terrorismo suicida ha formado parte, asimismo, del repertorio de actividades violentas desplegado a lo largo de la segunda mitad de los noventa por los irredentistas kurdos del PKK en Turquía, pese a su ideario marxista y leninista. Desde finales de los ochenta, esa modalidad de violencia ha sido también practicada por los llamados Tigres de Liberación del Eelam Tamil en Sri Lanka. Tal y como ha reconocido uno sus máximos dirigentes, en declaraciones a la prensa internacional publicadas el pasado mes de enero, adoptaron el terrorismo suicida para compensar la desventaja numérica de los guerrilleros tamiles respecto a la envergadura militar de sus adversarios.

Por tanto, es concebible que la realidad actual de los terroristas suicidas, tanto en el contexto del prolongado conflicto que mantienen palestinos e israelíes como en relación al enfrentamiento entre civilizaciones que Al Qaeda y el entramado de organizaciones vinculadas a dicha red pretenden precipitar mediante el terrorismo global, no derive directamente de una disposición inherente a la doctrina del fundamentalismo islámico. Un conocido responsable de la Yihad Islámica palestina en Gaza respondía de este modo a la pregunta que sobre la práctica de atentados suicidas le fue formulada hace algunos años por periodistas de una cadena de televisión establecida en la zona: "No poseemos el armamento de que dispone nuestro enemigo. No tenemos aviones, misiles, ni siquiera un cañón con el que podamos luchar contra la injusticia. El instrumento más efectivo para infligir daño y perjuicio con el mínimo posible de pérdidas es el de las operaciones de esta naturaleza. Este es un método legítimo, basado en el martirio. El mártir recibe el privilegio de entrar en el paraíso y se libera del dolor y la miseria".

Obsérvese cómo, antes de referirse a la justificación religiosa de los atentados suicidas y a las recompensas inmateriales que esperan a quienes los perpetren, el dirigente entrevistado alude por una parte al carácter asimétrico del enfrentamiento armado y a las carencias de su propia organización. Por otra, a la necesidad de causar el mayor quebranto posible al enemigo pero minimizando las bajas entre los propios activistas. Diríase, por tanto, que el cálculo táctico por parte de los grupos y redes que practican sistemáticamente el terrorismo precede a cualquier pulsión fanática en la decisión de recurrir a los atentados suicidas. Es decir, que los atentados suicidas constituyen antes una sopesada estratagema terrorista de relativo bajo coste que un imperativo de la guerra santa. Lo que resulta aún más evidente si se tienen en cuenta tanto la periodización con que se llevan a cabo, en función de la situación política regional o internacional, como incluso el hecho de que la exhibición de mártires pertenecientes al propio bando adquiere luego gran importancia propagandística.

Además de muy letal, el terrorismo suicida resulta por lo común altamente indiscriminado. Eso es algo que corresponde no sólo a la voluntad de homicidio en masa sino también al empleo de esta singular táctica violenta. Reducir al mínimo asumido de una, dos o quince las bajas propias y maximizar las pérdidas infligidas al enemigo implica que en los atentados suicidas perezcan gentes de toda edad y condición. A menudo, el número de víctimas es mayor entre transeúntes e individuos circunstantes que entre personas asociadas con los blancos elegidos por su especial significado. Eso sí, quienes nunca perecen autoinmolados son los emprendedores mismos de un terrorismo inspirado en el fundamentalismo islámico, pese a que incitan a sus jóvenes y devotos seguidores asegurándoles que para un musulmán no hay mayor honor ni mejor recompensa que la experiencia del martirio. Pero ni los emires del terrorismo ni sus allegados se tienen a sí mismos como carne de cañón para materializar sus estrategias. Gestionan y administran la muerte de los demás, pero no se suicidan. No parecen tener madera de mártir.

Fernando Reinares es catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos y miembro de la relación de expertos de la Subdivisión de Prevención del Terrorismo en Naciones Unidas. Su último libro es Terrorismo global (Taurus).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 22 de mayo de 2003