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Necrológica:

Queta Claver: De la revista al drama, una carrera grande

Esa chica era un cañón. La encontró Rafael Rivelles en su propia tierra, en Valencia, y allí la sacó para estrenar una obra de Juan Ignacio Luca de Tena, Un crimen vulgar; debía tener unos dieciocho años y era de una belleza espectacular. Además sabía hablar y estar en escena: la meritoria era actriz. Había estudiado en el Conservatorio de Valencia, y era hija de una actriz que se conformó con la gloria local, Enriqueta Delás.

Enriqueta Claver Delás debía tener dieciocho años, era en 1950. Digo debía porque a veces se señala su nacimiento el 24 de junio de 1919, y otras, de 1932; las edades de las vedettes van variando con el curso del tiempo, y a veces las de los autores y los filósofos. Tendría al morir, en el caso mejor (por cuando parece mejor la longevidad) 84 años: el tabaco que la ha dejado sin respiración ha aguardado bastante. Pero parece que la fecha más real era la de 1932, y la edad de su muerte, 72 a punto de 73.

Era lógico que se la llevara la revista: un género triunfante en los años de la República. Apenas la compañía de Rafael Rivelles llegó a Madrid, se la llevó para sí Muñoz Román, autor y director de tantas revistas de Celia Gámez, nada menos que Las Leandras, que lanzó a los dos, estrella y libretista. Se la llevó al fundamental teatro Martín para un estreno de los que no hace falta ser el más anciano de la localidad para recordarlo: Cinco minutos nada más. Todavía andan vivas algunas de sus canciones en el repertorio de las canzonetistas que siguen.

Queta Claver entró de tercera vedette: y entusiasmó. No era fácil subir en el teatro Martín: aparte de Celia, que brillaba por su cuenta en otros teatros, lo mejor aparecía en el Martín, el Templo de la Revista, se decía, copiando de la Catedral del Género Chico que se dijo del Apolo, a cuya sombra se fundaron estos otros teatros a fines del XIX: Martín (hace cuatro o cinco años se lo llevaron las piquetas), Eslava (hoy, bailoteo de jóvenes, con el nombre de Joy Eslava), y Lara, que lleva tiempo buscando un género y que no lo encuentra, quizá sepultado por un barrio al que el burgués le tiene miedo por las noches, y hasta hubo un tiempo en que una empresa de paso llegó a poner guardaespaldas que escoltaban al público que salía de él hacia la Gran Vía.

De Queta Claver se dijo que era "la sucesora de Celia Gámez", y yo creo que la perjudicó esta comparación: Celia era un caso único, una artista muy peculiar, que podía ser no mejor que otras, no más belleza, ni mejor cantante que Queta, pero que tenía el toque misterioso de la genialidad, que puede aparecer en todas las profesiones o dedicaciones. El caso es que las revistas que estrenaba, ya como primera, multiplicaban sus representaciones: La chacha, Rodríguez y su padre; Ana María... Muchos discos lo pueden recordar.

Iban a coincidir un par de crisis: la del género, que salió adelante de la censura de Franco, pero que no sobrevivió a la transición, que dejó tantas cosas como anticuadas, y la personal de Queta Claver, que quería volver al teatro de comedia. Y al cine. No sé si fue La bella Mimí la primera de sus películas (la había hecho en teatro) o El sexo sentido: son de 1962; en 2001 estaba presentando en Valladolid (donde años atrás la dieron la medalla de oro de interpretación) Mala Yerba noo, sobre la obra de Mendizábal.

Una flmografía muy larga, un repertorio de teatro también larguísimo: no salió de la revista (a la que luego volvió un tiempo) más que para interpretar a Benavente, a Pemán, a Buero Vallejo, a Lauro Olmo, a Jaime Salom, con quien tuvo el larguísimo éxito de La casa de las chivas.

No recuerdo cuándo fue la última vez que la vi en un escenario: pero no olvido su prestancia, su calidad, su voz que el tabaco no había conseguido devastar. Hacía últimamente papeles conformes a su edad, pero no sólo se decía, como suele decirse, "qué guapa ha sido esta mujer": lo seguía siendo. Y buena actriz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de mayo de 2003