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Crítica:FERIA DE ABRIL | LA LIDIA

Ni los 'guardiolas'

De la casta de los famosos guardiolas sólo queda el recuerdo de páginas gloriosas. En la finca donde pastan se ha hecho amo y señor el virus de la falta de raza y de codicia, y el resultado es otra tarde de decepción, si no de desesperación, ante unos toros de buena planta, de salida airosa, de acometidas pujantes a los caballos, de agotamiento posterior y de mala clase que, finalmente, lo desluce todo. Toros duros, correosos, de media arrancada, de miradas malintencionadas que hicieron sudar a los toreros, pero ninguno colaboró noblemente al arte de torear.

Liria y Robleño se llevaron el cuerpo dolorido después de sendas volteretas que se ganaron por su vergüenza torera de exprimir una embestida que no existía. El primero, cuando intentaba torear a su segundo con la derecha, resultó prendido por la parte posterior de la rodilla izquierda que lo dejó renqueante, aunque no herido. El madrileño saltó por los aires al intentar descabellar a su primero, que lo había puesto en serias dificultades.

Toda la corrida resultó anodina porque no hubo toro con clase ni nobleza. Todos, en mayor o menor medida, empujaron en varas -el sexto derribó al piquero con estrépito-, y todos se vinieron abajo en el tercio final y se las hicieron pasar canutas a la terna actuante. Varios se fueron a morir a las cercanías de toriles, lo que dice muy poco de su familia, y algunos fueron aplaudidos en el arrastre de manera inexplicable, lo que dice menos de muchos espectadores maestrantes.

La más fea

Un año más, Liria ha bailado con la más fea; bueno, en realidad, con el más gordo, porque su primero era una mole de carne de 673 kilos que llegó a la muleta con una andar cansino, gazapón y sin fuelle, con el que el torero se justificó mostrando al respetable los defectos del animal, y hasta más ver. No fue el jabato de otras ocasiones, pero su oponente no parecía enemigo propio para una gesta. Se estiró en unas buenas verónicas en el cuarto, más vareado y con más pies, pero el gozo en un pozo. Salió del caballo y se vino abajo. Tanto insistió que se ganó la voltereta.

Se presentaba en esta plaza el madrileño Fernando Robleño y ha dejado una sincera carta de presentación. No es un exquisito con los engaños, pero no engaña a nadie con un valor a carta cabal. Ya lo demostró en su primera intervención, en un quite muy ceñido por chicuelinas en el primer toro de Canales. Su lote, parado y deslucido, sólo le ha permitido ofrecer la honesta imagen de un torero con enormes ganas de triunfo, dispuesto sin cuento a jugarse la vida en cada envite. Su primero embestía a trompicones y buscaba el bulto con descaro. Robleño consiguió algunos redondos estimables e incluso un natural largo a base de exponer y aguantar la nula claridad de la embestida. Al final, quedó con el cuerpo dolorido por la voltereta, pero con la satisfacción de saberse merecedor del respeto de la plaza. Parecida historia sucedió en el sexto de la tarde, que apretó mucho en el caballo, lo derribó y puso en serios apuros al piquero que, como suele ocurrir, después se vengó con un puyazo largo para dejar lisiado al toro de Guisando. El animal no dio ningún tipo de facilidades, y Robleño se limitó, que no es poco, a sortear con habilidad las tarascadas que le llegaban por ambos lados.

Canales Rivera corrió la misma suerte, aunque su labor fue más anodina. Su lote resultó muy soso, y él también es muy soso con capote y muleta. Un circular bien trazado en su primero y mucho pases vulgares en el otro.

Lo peor, sin duda, la decepción de un hierro histórico. Algún aficionado lo comentaba a la salida: ya, ni los guardiolas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de mayo de 2003