Columna
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Balances

Llega la hora de preparar balances. Unos comienzan a contar caídos y otros ya empiezan a calcular las cifras de negocio que arrojará la reconstrucción de un país previamente arrasado. En la guerra civil española el poeta santanderino José Luis Hidalgo trabajó, es un decir, contando muertos; luego escribió un poemario memorable y decidió morirse de tuberculosis. No sé quién contará los muertos de la guerra de Irak, pero no será fácil ni agradable contabilizar a los caídos, aunque lo peor de todo será el uso que se haga de ellos, de esos caídos por Dios o por Alá, por Bush o por Sadam. Los caídos son una inversión, pero no está claro si una inversión realizada por ellos mismos o por los supervivientes, que en todo caso son los depositarios de ese capital recibido como fideicomiso. Ahora el caso será mantener alta su rentabilidad. Se supone que la sangre es fecunda.

Hablamos de balances. Nadie puede ignorar a estas alturas que la guerra es, ante todo, un inmenso negocio duradero. No es posible por ello ignorar que los muertos son una inversión, una gran bolsa de dolor y sangre que engorda los balances. Una bolsa que todos intentan explotar: también los antibelicistas sobrevenidos y la gran mayoría de mediocres políticos que repiten las consignas sabidas y sobadas sin aportar una esquirla de idea a las grandes cuestiones de fondo de esta guerra enciscada de petróleo y delirios geoestratégicos. Solamente los muertos, únicamente ellos, podrían testificar que el sacrificio no mereció la pena, que el posible balance no compensa. Pero los muertos son gente obediente y silenciosa.

Los caídos tienen eso de bueno, que nunca se levantan ni levantan la voz ni hacen preguntas incómodas en las ruedas de prensa. Ni redactan artículos ni filman con sus cámaras como lo hacían Julio Anguita Parrado, abatido por un misil iraquí, o José Couso, muerto por el disparo de un tanque norteamericano. Ellos forman ahora también parte del balance. Fueron parte también, nos guste o no, de la gran inversión, del gran negocio y del gran espectáculo de la guerra de Irak, aunque los dos supieran -por lo que ahora sabemos- que el asunto no merecía la pena, que era sólo un trabajo para ellos.

Julio Anguita Parrado, nos cuentan, no quería que el director de su periódico se pusiera medallas con él si tenía la desgracia de morir en Irak. Así lo dejó dicho y no sé si se ha hablado bastante de ello, son cuestiones incómodas. Son cuestiones, sin embargo, de una gran importancia moral. Julio Anguita Parrado o López de Lacalle, da lo mismo. Hablamos de las vigas y las pajas en los ojos ajenos, y de la hipocresía del Tartufo mediático. Habría que hablar largo del papel de los medios de comunicación, del circo de los corresponsales de guerra, literalmente pegados a las espaldas de los combatientes, ofreciendo realidad-espectáculo en su más alto grado. Lo importante no es lo que vea y nos cuente el enviado (generalmente poco, un árbol que le impide ver el bosque, el culo de un sargento, una nube de humo), sino que esté allí mismo, jugándose la vida o, por lo menos, dejando vislumbrar esa terrible posibilidad, igual que los toreros en la plaza. Porque si no, nadie pagaría el precio de la entrada. Y el negocio, por encima de todo, debe continuar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 11 de abril de 2003.

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