Columna
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La amistad

Hay un hermoso artículo de Maurice Blanchot, dedicado a la memoria de Georges Bataille, con quien le unió una gran amistad, y que se titula así, L´amitié. Es curiosa la valoración que hace Blanchot de ese sentimiento. Lo que destaca en él es el alejamiento, lo lejano que se afirma en la proximidad. En esa fisura en que se aloja una relación, querría realizarse, desde nuestra vida, la desmesura del movimiento del morir, de tal modo que fuera éste quien fundase la discreción de la palabra amistosa. El acontecimiento mismo del morir no ampliaría, sin embargo, esa cesura amistosa, sino que la cerraría definitivamente. Luego sólo queda el dolor que ha de acompañar a la amistad en el olvido. Maestro de la paradoja, Blanchot rompe de alguna manera el tópico que trata de fundar en la identidad toda relación de amistad. Me permito una larga cita: "La amistad, esa relación sin dependencia, sin episodio y en la que, no obstante, cabe toda la sencillez de la vida, pasa por el reconocimiento de la extrañeza común que no nos permite hablar de nuestros amigos, sino sólo hablarles, no hacer de ellos un tema de conversación (o de artículos), sino el movimiento del convenio de que, hablándonos, reservan, incluso en la mayor familiaridad, la distancia infinita, esa separación fundamental a partir de la cual lo que separa, se convierte en relación".

Lo que separa se convierte en relación. Conocida es la inspiración hegeliana que está en la base del pensamiento de Blanchot, así como la amistad que mantuvo con Emmanuel Levinas -casi único interlocutor, única presencia, al parecer, para este escritor esquivo-. Pero no estoy leyendo a Blanchot para tratar de analizarlo; tampoco para homenajearlo tras su reciente fallecimiento. Si lo releo, justo en ese artículo, es por la necesidad apremiante de hallar en sus palabras una vía, política, que rompa de alguna manera el cerco político de identidad y univocidad que está impidiendo ya entre nosotros toda posibilidad de convivencia. El reconocimiento de la radical extrañeza del otro, incluso en la familiaridad más estrecha, sería el fundamento de una relación que daría validez a la palabra recíproca. En la medida en que aceptamos esa distancia como posibilidad, y la queremos como tal, asumimos una presencia que se afirma, en su negatividad, como relación. La amistad se funda en esa libertad radical que no rompe, sino que estrecha el vínculo afectivo.

Esta reflexión resulta necesaria entre nosotros, embarcados como estamos en una política disparatada que trata de anular toda distancia volviéndola sospechosa. Sumidos en un campo de certezas, de heroísmos y fidelidades cerradas en torno a idearios que se estructuran, curiosamente, sobre conceptos idénticos, la palabra, como articulación de mi particular desmesura, de ese movimiento del morir del que es a la vez salvaguarda, pierde entidad y es sustituida por un sucedáneo que es, en realidad, un llamamiento a filas. La política, de esta forma, no es un terreno de coincidencias, una actividad en la que se confluye desde la libertad de una existencia que no se agota en ella, sino un ejercicio totalitario que trata de anular esa distancia infinita en la que el otro existe y desde la que nos reclama con su afecto. La identidad absoluta como fundamento de toda relación acaba derivando en una reducción totalitaria. Y es a la identidad absoluta a la que apela el alineamiento, entendido como expresión fuerte y omnicomprensiva de la política.

No se trata de repartir culpas, ni de establecer si fue antes el huevo o la gallina, pero es una realidad que en Euskadi, y acaso el mal se esté generalizando a toda España, esa concepción fuerte de la política, siempre agónica, está acabando con la distancia que hace posible la palabra libre, e impidiendo ese reconocimiento de lo que separa, fundamento de toda relación digna de tal nombre. Y la queja es unánime. Amigos que no se llaman porque no quieren enfadarse, banalidad creciente de las conversaciones salvo si se tiene la certeza de que se va a coincidir en lo que es obvio. Y tiranía creciente de lo obvio, que viene dado en un paquete de inferencias con el que se supone que quien es de ley debe coincidir al cien por cien si no quiere quedar bajo sospecha. Ese es el panorama, elija uno el campo que elija. ¿No es un ejercicio político de primera necesidad romper el campo, para así flexibilizar la política y reivindicar la vida? "Suplico a quienes me aman que sean indulgentes conmigo -escribió Rilke en El testamento-. ¡Sí, que tengan indulgencia! Que no me usen para su felicidad, sino que me ayuden para que despliegue en mí aquella profundísima felicidad solitaria, sin cuya Gran Demostración, al fin y al cabo, no me habrían amado". Si esto se le puede pedir al amor, ¿por qué la política se empeña en saquearlo todo?

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 03 de abril de 2003.

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