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El defecto Piqué

Están por cumplirse cinco meses desde el último congreso catalán del Partido Popular, y no es mucho más largo el plazo que resta hasta las elecciones autonómicas previstas para el otoño. Si, en este punto casi equidistante entre ambos hitos, nos preguntásemos cuáles van siendo los efectos que la entronización de Josep Piqué i Camps tiene sobre la dinámica y las expectativas de sus correligionarios en Cataluña, la respuesta sería sencilla: por un lado, el PPC ha decidido mudar la sede social unos cuantos portales más abajo de la propia calle del comte d'Urgell, abandonando el entrañable local donde todavía huele a la naftalina aliancista de los días de don Miguel Ángel Planas; por otro, tras insistentes y enfáticos rumores sobre la botadura de una plataforma o fundación independiente, "civil", que apoyaría desde fuera del partido las aspiraciones electorales de Piqué, la cosa ha concluido en una mera delegación regional de la madrileña y orgánica FAES (Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales), una sucursal a la que -para más inri- algún genio decidió bautizar como Instituto Cataluña Siglo XXI, cuando la marca Catalunya Segle XXI forma parte del holding social-maragallista... desde 1994. El balance es ciertamente magro, y de ahí que José María Aznar demore sustituir a su procónsul catalán en la cartera de Ciencia y Tecnología, donde resulta polémico pero, al menos, sigue siendo ministro y ocupando la correspondiente cuota de pantalla.

Nadie infiera de lo anterior, sin embargo, que reputo la de Piqué una mala elección, o que valoro a la baja sus talentos. El problema no es personal, sino estructural, y reside en el ingrato papel que, con un gobierno amigo en La Moncloa, toca ejercer a los hombres y las mujeres del Partido Popular en Cataluña. El papelón -por ejemplo- de justificar aquel grotesco boicoteo de la Xunta y el Estado contra la flotilla antichapapote enviada por la Generalitat a Galicia a mediados de enero. O el de ser los únicos que no asumieron las conclusiones de la Convención Catalana para el Debate sobre el futuro de la Unión Europea. O el de negarse a reformar la Ley Orgánica del Poder Judicial a fin de que el conocimiento de la lengua y el derecho catalanes fuesen requisitos para el ejercicio de los jueces en esta comunidad. O el de haberse quedado solos -bueno, casi solos- en la defensa vergonzante del ínclito don Manuel Jiménez de Parga. O el de tildar la reforma del Estatut -deseada por todos los demás partidos- como una "frivolidad". No creo que sea nada vocacional, pero las servidumbres de un guión escrito a 650 kilómetros de distancia han convertido a Josep Piqué en la señorita Rothenmeyer de la política catalana, en un personaje que sólo riñe y amonesta, sermonea y amenaza: si seguimos jugando con el Estatut -advierte, con el ceño fruncido-, podríamos quedarnos sin el juguete. En virtud de aquel mismo guión exógeno -o sea, a causa de su lacerante falta de autonomía- el PP de Cataluña no consigue librarse de ese síndrome del policía indígena que ya devastó en su día a la UCD catalana.

Esta incapacidad congénita del gran partido de la derecha española para adaptar su funcionamiento interno al carácter heterogéneo del Estado y a la existencia, dentro de éste, de subsistemas políticos con dinámicas, culturas y agendas propias, esta concepción rígidamente cuartelera de la unidad y la disciplina en el seno del PP, el aznarismo las ha agudizado tanto que se oyen chirridos de protesta en lugares bien insospechados. En Galicia, donde los conservadores habían cultivado durante dos décadas una imagen de galleguismo light y de semiautonomía a la sombra patriarcal de don Manuel, pero donde la crisis del Prestige y la defenestración de Xosé Cuiña han puesto al desnudo la cruda subordinación de los populares a las órdenes de Madrid y el trato provincial que les inflige Aznar. O en Baleares, donde el ex presidente Gabriel Cañellas -que quizá no sea Catón, pero tampoco es un soberanista- declaró hace poco, refiriéndose al PP en el que aún milita: "Hoy volvemos a la dinámica del centralismo absoluto. Madrid dicta y todo se acata con obediencia ciega...".

Pues bien, este es el gran obstáculo con que se enfrenta Piqué en su impuesta aventura catalana. ¿Cabe extrañarse, en tales condiciones, de que las encuestas menos sospechosas, las encargadas por medios de comunicación independientes, atribuyan a su candidatura al Parlament para el próximo octubre intenciones de voto tan modestas (el 7,8 % según La Vanguardia, el 8,3 % según El Periódico...), claramente por debajo del ya escuálido registro del PP en 1999 (el 9,5%)? Pero hay un indicio todavía más concluyente que la siempre problemática demoscopia, y es el escaso disimulo con el que, aún no proclamado candidato autonómico, Josep Piqué se está trabajando ya una salida airosa del hemiciclo del parque de la Ciutadella: cabeza de lista por Barcelona en las generales de 2004, otra vez un ministerio..., y aquí, que sigan aguantando la bandera los Fernández, los Nadal, los Montserrat, etcétera.

Tal como están ahora mismo las cosas, Piqué debe desear fervientemente que estalle de una vez la guerra de Irak. No, no tanto porque se le haya contagiado el celo guerrero de su jefe, ni tampoco por ese entusiasmo de pronorteamericano converso que casi le destroza las vértebras cervicales a fuerza de reverencias ante George W. Bush; más bien porque, con un ataque al que Aznar concurra sin el aval de la ONU y contra la opinión española y catalana, Josep Piqué tendría al menos una buena coartada para su previsible fiasco electoral.

Joan B. Culla es hisotriador

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 13 de marzo de 2003.

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