Columna
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Guerra cara

No hay guerra barata. Los costes que ya ha generado la que está preparando EE UU contra Irak son de tal envergadura que no es fácil anticipar un saldo positivo a una hipotética cuenta de pérdidas y ganancias del conflicto. Esos costes, al igual que ha ocurrido con los derivados de otras recientes convulsiones estrictamente domésticas, genuinamente americanas, los está soportando el mundo entero.

Fue la sucesión de escándalos empresariales iniciados tras el caso Enron en noviembre de 2001 y son ahora esos riesgos eufemísticamente calificados de geopolíticos los que alimentan una de las pérdidas de riqueza financiera más pronunciadas y extendidas de la historia. Ambos se sobrepusieron a los efectos apenas digeridos de la severa corrección, iniciada hace justamente tres años, también en EE UU, en los precios de las acciones de las empresas tecnológicas.

La riqueza destruida en los tres últimos años suma 13 billones de dólares, equivalente a 2.000 dólares por cada habitante del planeta

La estimación que aparece en la edición de este año del Global Investments Returns Yearbook, elaborado por tres profesores de la London School of Economics y editado por ABN Amro, cifra en 13 billones de dólares la riqueza destruida en los tres últimos años, equivalentes a 2.000 dólares por cada ser humano del planeta. Como, según la misma estimación, no más del 2% de la población mundial son propietarios de acciones, esa relación por habitante es, aproximadamente, de 100.000 dólares.

Esas pérdidas, hay que puntualizar, habrán sido parcialmente compensadas por las elevaciones en el precio registrado por los bonos públicos de la mayoría de los gobiernos de las economías avanzadas. Por el contrario, las cotizaciones de los bonos de un buen número de empresas privadas y las de muchas de las economías consideradas emergentes hay que añadirlos al capítulo de quebrantos. Aunque no todos corresponderían al clima de inseguridad creado por la posibilidad de una guerra, sí cabe atribuirle gran parte de la incapacidad hoy existente para anticipar un horizonte de recuperación, no sólo de esos mercados financieros, sino del conjunto de las economías.

Lo ha vuelto a confirmar, el pasado martes, Alan Greenspan. No sólo insistió el presidente de la Reserva Federal en la preeminencia de esa incertidumbre geopolítica como principal factor de bloqueo a la actividad económica, sino que mostró sus dudas sobre la eficacia del ambicioso estímulo fiscal proyectado por la administración. No dudó, sin embargo, al valorar los riesgos derivados de esa "prematura reducción de impuestos y el rápido incremento del gasto" sobre la sostenibilidad del déficit público.

Impactos adicionales de ese clima bélico, menos inmediatos que los ya observados (en las variables financieras, en el precio del petróleo o en el diferimiento de las posibilidades de recuperación de las economías), pueden ponerse de manifiesto en el deterioro de las relaciones comerciales internacionales: de la posible transición de las actuales disputas diplomáticas con Alemania y Francia, a la adopción de represalias comerciales. Esta división entre los grandes, en un contexto global menos propicio, es uno de los factores que diferencian la situación actual de la existente en 1991, antes de la guerra del Golfo.

El debilitamiento del multilateralismo comercial ya se puso de manifiesto en decisiones típicamente proteccionistas de algunos sectores, el del acero y la agricultura de forma particular que, en el contexto actual, podrían encontrar continuidad no tanto en medidas explícitas de la administración, como en actuaciones de empresas y consumidores a uno y otro lado del Atlántico.

Quienes confían, o confiaban hasta hace poco, en el resultado positivo de ese análisis coste-beneficio del conflicto, lo hacían sobre la base de una reproducción de lo ocurrido hace 12 años: limitación del conflicto a Irak, conclusión rápida del mismo y ausencia de perturbaciones serias en la oferta de crudo.

Son hipótesis de complicada reedición en las condiciones actuales, y así lo están considerando los propios mercados de futuros en petróleo, con precios incluso superiores a los actuales, y quienes desde las mismas entrañas del sistema económico estadounidense han puesto a buen recaudo su patrimonio y mantienen hibernadas sus decisiones de inversión.

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