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La gran brecha

En ciertos sectores de Estados Unidos existe desde siempre un matizado antieuropeísmo, muy diferente al antiamericanismo del que se hace gala en Europa. Este desencuentro ahora se ha visto confirmado ante el debate de qué hacer con el régimen de Irak y su presidente, Sadam Husein. Timothy Garton Ash ha analizado la situación en 'The New York Review of ooks', texto del que a continuación se reproduce un amplio extracto

Quiere saber lo que pienso realmente de los europeos?", preguntó un alto cargo del Departamento de Estado. "Creo que han estado equivocados en prácticamente todas las cuestiones internacionales importantes de los últimos 20 años". (Citado por Martin Walker, UPI, 13 de noviembre de 2002).

Afirmaciones como ésta me trajeron hace poco a Estados Unidos, a Boston, Nueva York, Washington y los Estados de Kansas y Misuri, donde impera el fundamentalismo protestante, para observar las cambiantes actitudes estadounidenses hacia Europa en la sombra de una posible segunda guerra del Golfo. Prácticamente todo el mundo con quien hablé en la Costa Este estuvo de acuerdo en que hay un nivel de irritación con Europa y los europeos mayor incluso que el que había en el último punto crítico digno de recordar, a principios de los años ochenta.

El actual estereotipo de los europeos se resume en que son peleles, débiles, irascibles, hipócritas, arteros, a veces antisemitas y con frecuencia antiestadounidenses. En una palabra: 'euroenanos'

Las plumas se mojan en ácido y los gestos se tuercen para ridiculizar a los europeos, también conocidos como los euros, los euroides o los euroenanos. Richard Perle, actualmente presidente del Consejo de Política de Defensa, afirma que Europa ha perdido su "brújula moral", y Francia, su "fibra moral". Esta irritación se extiende entre los máximos niveles de la Administración de Bush. En conversaciones con altos funcionarios del Gobierno descubrí que la frase "nuestros amigos en Europa" era seguida bastante de cerca por "un grano en el culo".

El actual estereotipo de los europeos se resume fácilmente. Los europeos son peleles. Son débiles, irascibles, hipócritas, desunidos, arteros, a veces antisemitas y con frecuencia apaciguadores antiestadounidenses. En una palabra: euroenanos. Sus valores y sus ideas centrales se han disuelto en un guiso multilateral, trasnacional, laico y posmoderno. Gastan sus euros en vino, vacaciones e hinchados Estados de bienestar en vez de en defensa. Luego abuchean desde fuera mientras EE UU hace el trabajo duro y sucio de mantener el mundo seguro para los europeos. Los estadounidenses, por contraste, son fuertes, defensores de la libertad por principio, y se mantienen al servicio patriótico del último Estado nacional verdaderamente soberano del mundo.

No todos los europeos son igualmente malos. Los británicos tienden a ser considerados como algo diferentes y a veces mejores. Los conservadores estadounidenses, a menudo, ahorran a los británicos el oprobio de ser siquiera europeos, una opinión con la que la mayoría de los conservadores británicos, aún mentalmente dirigidos por Margaret Thatcher, estaría totalmente de acuerdo. Y Tony Blair, como Thatcher antes de él, y Churchill antes de ésta, es citado en Washington como una excepción brillante a la norma europea. El peor trato se reserva a los franceses, quienes, naturalmente, dan al menos en la misma medida en que reciben. No me había dado cuenta de lo extendido que está en la cultura popular estadounidense el viejo pasatiempo inglés de vapulear a los franceses.

El antiamericanismo y el antieuropeísmo están en extremos opuestos de la escala política. El antiamericanismo europeo se encuentra principalmente en la izquierda, mientras que el antieuropeísmo estadounidense está en la derecha. Los estadounidenses que atacan de forma más abierta a Europa son neoconservadores que utilizan la misma clase de retórica combativa que han desplegado habitualmente contra los liberales estadounidenses. De hecho, como Jonah Goldberg, director del National Review Online, reconoció ante mí, los europeos son también una figura política de refuerzo para los liberales. De modo que le pregunté: ¿era Bill Clinton un europeo? "Sí", contestó Goldberg, "o, al menos, Clinton piensa como un europeo".

Hay cierta evidencia de que la línea divisoria entre derecha e izquierda caracteriza también las actitudes populares. A principios de diciembre de 2002, la empresa de encuestas Ipsos-Reid, en su sondeo periódico de la opinión en Estados Unidos, incluyó unas cuantas preguntas formuladas para los fines de este artículo. Ante la solicitud de que eligieran una de cuatro afirmaciones sobre la manera opuesta de estadounidenses y europeos de enfocar la diplomacia y la guerra, el 30% de los votantes demócratas, pero sólo el 6% de los votantes republicanos, eligió: "Los europeos parecen preferir las soluciones diplomáticas a la guerra, y eso es un valor positivo del que deberían aprender los estadounidenses". En cambio, sólo el 13% de los demócratas, pero el 35% de los republicanos (el mayor grupo homogéneo), eligió: "Los europeos son demasiado propensos a buscar el compromiso en vez de defender la libertad aunque ello signifique ir la guerra, y eso es algo negativo".

La línea divisoria era aún más clara cuando se pedía a los encuestados que eligieran entre dos afirmaciones sobre "la manera en que debería conducirse la guerra contra Irak". El 59% de los republicanos frente a sólo el 33% de los demócratas eligió: "Estados Unidos debe mantener el control de todas las operaciones e impedir que sus aliados europeos limiten su espacio de maniobra". En cambio, el 55% de los demócratas y sólo el 34% de los republicanos eligió: "Es imperativo que Estados Unidos se alíe con los países europeos, incluso si ello limita su capacidad de tomar sus propias decisiones".

Para algunos conservadores, el Departamento de Estado es también un puesto avanzado de Venus. William Kristol, uno de los neoconservadores hereditarios de Estados Unidos, escribe sobre "un eje del apaciguamiento, que se extiende de Riad a Bruselas, pasando por Foggy Bottom [Departamento de Estado]". En mi viaje por el corredor Boston-Washington me hablaron varias veces de dos grupos que compiten por atraer la atención del presidente Bush en lo referente a Irak: el grupo Cheney-Rumsfeld y el grupo Powell-Blair. Es bastante curioso para un ciudadano británico descubrir que su primer ministro se ha convertido en un miembro destacado del Departamento de Estado.

Los europeos atlantistas no deberían consolarse demasiado con esto, ya que incluso entre los liberales de toda la vida del Departamento de Estado hay un tono agrio de decepción con los europeos. Un episodio clave en su desilusión fue el terrible fracaso de Europa a la hora de evitar el genocidio de un cuarto de millón de musulmanes bosnios en su propio patio trasero. Desde entonces, Europa ha sido incapaz de "hacer las cosas como Dios manda" en política exterior y seguridad, de modo que incluso una disputa entre España y Marruecos por una isla minúscula y deshabitada frente a la costa marroquí tiene que ser resuelta por Colin Powell. Por tanto, existe en sectores importantes de la vida estadounidense una desilusión e irritación con Europa, un desdén creciente e incluso hostilidad hacia "los europeos" que, en última instancia, merece la etiqueta de antieuropeísmo.

¿Cuándo divergieron de manera tan brusca las actitudes estadounidenses hacia Inglaterra y Francia? ¿Fue en 1940, el año de la "extraña derrota" de Francia y el "mejor momento" de Inglaterra? A partir de entonces, De Gaulle devolvió a los franceses su amor propio frente a los estadounidenses, mientras Churchill evocaba una "relación especial" entre las dos naciones. (Para comprender las actitudes de Chirac y Blair hacia Estados Unidos hoy, los nombres claves siguen siendo De Gaulle y Churchill).

Durante 50 años, desde 1941 hasta 1991, EE UU y una creciente hermandad de europeos estuvieron embarcados en una guerra conjunta contra un enemigo común: primero el nazismo y luego el comunismo soviético. Ése fue el apogeo del Occidente geopolítico. Hubo, por supuesto, repetidas tensiones transatlánticas a lo largo de la guerra fría. Algunos de los actuales estereotipos pueden encontrarse plenamente formados en las controversias en torno al despliegue, a principios de los años ochenta, de los misiles de crucero y Pershing, y en la política exterior estadounidense hacia Centroamérica e Israel. Estaban ya formadas en las mentes de algunas de las mismas personas: Richard Perle, por ejemplo, ampliamente conocido entonces, por sus opiniones de línea dura, como el príncipe de las tinieblas. Estas disputas transatlánticas, a menudo eran acerca de cómo tratar con la URSS, pero al final también se constreñían en función de ese claro enemigo común.

Ya no. Por tanto, quizá estamos siendo testigos de lo que el escritor australiano Owen Harris previó en un artículo hace casi diez años publicado en Foreign Affairs: el declive de Occidente como un sólido eje geopolítico, debido a la desaparición de ese claro enemigo común. Europa fue el teatro principal de la II Guerra Mundial y la guerra fría; no es el centro de la "guerra contra el terrorismo". La brecha del poder relativo se ha ensanchado. EE UU no es sólo la única superpotencia del mundo; es una hiperpotencia, cuyo gasto militar pronto igualará al de los siguientes 15 Estados más poderosos juntos. La Unión Europea no ha traducido su comparable fuerza económica, que se aproxima rápidamente a la economía de diez billones de dólares de EE UU, en un poder militar o una influencia diplomática comparables. Pero las diferencias son también en torno a los usos del poder.

Robert Kagan sostiene que Europa se ha movido hacia un mundo kantiano de "leyes y normas, y negociaciones y cooperación trasnacionales", mientras Estados Unidos permanece en un mundo hobbesiano en el que el poder militar sigue siendo la clave para lograr objetivos internacionales (incluso los liberales). La primera, y obvia, pregunta debe ser: ¿es esto cierto? Creo que Kagan, en lo que él admite que es una "caricatura", en realidad es demasiado amable con Europa, en el sentido de que eleva a la categoría de planteamiento deliberado y coherente lo que de hecho es una historia de búsqueda confusa y diferencias nacionales. Pero una segunda pregunta, menos obvia, es: ¿desean los estadounidenses y los europeos que esto sea cierto? La respuesta parece ser: sí. A bastantes responsables políticos estadounidenses les gusta la idea de que son de Marte, entendiendo que eso les hace marciales antes que marcianos, mientras que a bastantes responsables políticos europeos les gusta creer que son, de hecho, venusianos programáticos. Por tanto, la acogida dada a la tesis de Kagan forma parte de su propia historia.

Mientras una Unión Europea que va a ampliarse próximamente busca una identidad más clara, hay una fuerte tentación en Europa de definirse frente a Estados Unidos. Europa clarifica su propia imagen haciendo una lista de los modos en que difiere de Estados Unidos. En la aterradora jerga de los estudios de identidad, EE UU se convierte en el Otro. A los estadounidenses no les gusta que se les convierta en los Otros. (¿Y a quién sí?). El impacto de los atentados terroristas del 11 de septiembre aumenta su disposición a aceptar una explicación marcial y misionera del papel de Estados Unidos en el mundo.

Stanley Hoffmann ha observado que Francia y Estados Unidos son naciones que se ven a sí mismas como portadoras de una misión universalizadora y civilizadora. Ahora existe una versión europea, en vez de simplemente francesa, de la mission civilisatrice, una UE-topía de integración trasnacional basada en el derecho, y choca de lo más claramente con la última versión conservadora de la misión de EE UU. Así, por ejemplo, Jonah Goldberg cita con irritación la afirmación del experto atlantista alemán Karl Kaiser de que "los europeos han hecho algo que nadie ha hecho antes: crear una zona de paz en la que la guerra está excluida, absolutamente excluida. Los europeos están convencidos de que este modelo es válido para otras partes del mundo".

Cada bando cree que su modelo es mejor. Esto es válido no sólo para los modelos rivales de comportamiento internacional, sino también para los de capitalismo democrático: la diferente mezcla de libre mercado y Estado de bienestar, de libertad individual y solidaridad social, etcétera. Para el politólogo Charles A. Kupchan, autor del reciente libro The end of the american era, esto presagia nada menos que un próximo "choque de civilizaciones" entre Europa y Estados Unidos. Mientras Kagan cree que Europa se caracteriza por una debilidad perenne, Kupchan ve a ésta, y no a China, como el "próximo gran rival" de Estados Unidos. A muchos europeos les encantaría creer eso, pero descubrí que, en Estados Unidos, Kupchan está prácticamente solo en su apreciación.

Complejo estadounidense

Existe, creo, otra tendencia más profunda en Estados Unidos. Ya he mencionado que, durante la mayor parte de los siglos XIX y XX, todo lo que se sospechaba que era europeo en Estados Unidos era acogido con una mezcla de admiración y fascinación. Había, hablando en plata, un complejo de inferioridad cultural estadounidense. Éste se ha desvanecido gradualmente. Su desaparición se ha visto acelerada, de un modo que no es fácil definir, por el fin de la guerra fría y la consiguiente elevación de Estados Unidos a la preeminencia absoluta. La nueva Roma ya no se siente intimidada por los viejos griegos. "Cuando fui por primera vez a Europa en los años cuarenta y cincuenta, Europa era superior a nosotros", me escribió hace poco un diplomático estadounidense jubilado con larga experiencia en Europa. "La superioridad no era personal, nunca me sentí rebajado ni siquiera por la gente condescendiente, sino de civilización". Ya no. Estados Unidos, escribió, "ya no se avergüenza".

Todas estas tendencias se vieron algo oscurecidas durante ocho años tras el fin de la guerra fría por la presencia en la Casa Blanca de un europeo honorario, Bill Clinton. En 2001, George W. Bush, un regalo andante para cualquier caricaturista europeo antiestadounidense, llegó a la Casa Blanca con un programa unilateralista, dispuesto a deshacerse de varios acuerdos internacionales. Después del 11 de septiembre definió su nueva presidencia como una presidencia de guerra. Descubrí que la sensación posterior al 11 de septiembre de que Estados Unidos está en guerra persiste con más fuerza en Washington que en cualquier otra parte de EE UU, más incluso que en Nueva York. Persiste, sobre todo, en el núcleo de la Administración de Bush. La "guerra contra el terrorismo" reforzó una tendencia existente entre la élite republicana de creer en lo que Robert Kaplan ha denominado "política guerrera", aderezada fuertemente con el fundamentalismo cristiano, algo notoriamente ausente en la muy secularizada Europa. Tal como Walter Russell Mead, del Consejo sobre Relaciones Internacionales, afirmó en su libro Special providence, trajo de nuevo la tendencia "jacksoniana" a la política exterior estadounidense. Los terroristas de Al Qaeda eran los nuevos indios creek.

La cuestión estadounidense para los europeos se convirtió entonces en "¿estáis en las trincheras con nosotros o no?", como lo resumió para mí el analista conservador Charles Krauthammer. Al principio, la respuesta fue un rotundo sí. Todo el mundo cita el titular de Le Monde: "Nous sommes tous des américains" ("Todos somos americanos"). Pero un año y medio después, el único líder europeo del que los estadounidenses piensan que está en las trincheras con ellos es Tony Blair. Muchos en Washington tienen la impresión de que los franceses han vuelto a sus viejas actitudes antiestadounidenses, y que el canciller alemán, Gerhard Schröder, fue reelegido en septiembre pasado por explotar cínicamente el antiamericanismo.

¿Cuándo y dónde empezaron a divergir de nuevo los sentimientos europeo y estadounidense? A principios de 2002, con la escalada del conflicto entre Israel y Palestina en Oriente Próximo. Oriente Próximo es tanto una fuente como un catalizador de lo que amenaza con convertirse en una espiral descendente de creciente antiamericanismo europeo e incipiente antieuropeísmo estadounidense, que se refuerzan recíprocamente. El antisemitismo en Europa, y su supuesta conexión con las críticas europeas al Gobierno de Sharon, ha sido objeto de los comentarios antieuropeos más ácidos por parte de analistas y políticos conservadores estadounidenses. Algunas de estas críticas no sólo son fuertemente proisraelíes, sino "también genuinamente del Likud", según me explicó un analista judío liberal. En un artículo reciente, Stanley Hoffmann escribe que parecen creer en una "identidad de intereses entre el Estado judío y EE UU". Los europeos propalestinos, enfurecidos por la manera en que la crítica a Sharon se etiqueta de antisemitismo, hablan del poder de un "grupo de presión judío" en Estados Unidos, lo que entonces confirma a los seguidores estadounidenses del Likud sus peores sospechas sobre el antisemitismo europeo, y así sigue eternamente la discusión.

Maraña sin remedio

Además de esta maraña sin remedio de prejuicios mutuamente reforzados, es difícil para un europeo no judío escribir sobre ello sin contribuir al malestar que se intenta analizar. Hay, por supuesto, diferencias reales entre Europa y Estados Unidos a la hora de enfocar la cuestión de Oriente Próximo. Por ejemplo, los responsables políticos europeos tienden a creer que un arreglo negociado del conflicto entre Israel y Palestina sería una contribución mayor al éxito a largo plazo de la "guerra contra el terrorismo" que una guerra contra Irak. El punto más importante, por lo que respecta a nuestro análisis, es que mientras la guerra fría contra el comunismo en Centroeuropa unió a Estados Unidos y Europa, la "guerra contra el terrorismo" en Oriente Próximo los está separando. La Unión Soviética unió a Occidente, y Oriente Próximo lo divide.

Si la analizamos fríamente, esa división es enormemente estúpida. Europa, en situación de vecindad y con una gran población islámica en aumento, tiene un interés vital más directo aún en un Oriente Próximo pacífico, próspero y democrático que Estados Unidos. Es más, encontré a dos altos cargos de la Administración en Washington bastante receptivos al razonamiento, que está empezando a ser defendido por algunos expertos estadounidenses, de que la democratización de toda la región de Oriente Próximo debería ser el nuevo gran proyecto transatlántico para un Occidente revitalizado. Pero ése no parece ser el caso por el momento.

De momento, parece que una segunda guerra del Golfo sólo agrandará las diferencias entre Europa y Estados Unidos. Y aunque no haya una guerra en Irak, Oriente Próximo puede seguir siendo la fuente de tensiones por la cual el antiamericanismo europeo real o supuesto alimente el antieuropeísmo estadounidense real o supuesto, lo que a su vez provocará más antiamericanismo, agravándose ambos por las acusaciones indiscriminadas de antisemitismo europeo. Un cambio podría venir de un mayor esfuerzo consciente a ambos lados del Atlántico, o si llegara una nueva Administración a Washington en 2005 o 2009. Sin embargo, puede hacerse mucho daño en ese intervalo. El actual extrañamiento transatlántico es también una expresión de las tendencias históricas más profundas que he mencionado. Podrá alegarse que destacar el "antieuropeísmo estadounidense", como he hecho en este ensayo, contribuirá a la espiral descendente de desconfianza mutua. Pero los escritores no son diplomáticos. El antieuropeísmo estadounidense existe, y es posible que sus portadores sean las primeras golondrinas de un largo y funesto verano.

© 2002 NYREV, Inc.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de febrero de 2003

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