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Tribuna:

Valencia: tren o incomunicación

La intermodalidad es un concepto básico en todo sistema de transporte racional y moderno. El avión, como regla general, debe usarse entre destinos terrestres, para distancias superiores a los 500 kilómetros y dejar para las distancias menores el uso del ferrocarril. Ello supone que los aeropuertos deben recoger pasajeros de amplios radios de alrededores, que llegan a ellos a través de un tren eficaz, a ser posible a pie de pista. Ejemplos los tenemos bien cerca: Orsy, en París, desde donde se va en TGV incluso a Bruselas; Zaventem, un único gran aeropuerto para toda Bélgica, igual que ocurre con el de Ámsterdam en Holanda.

Valencia tiene una virtud que se está convirtiendo en un grave problema: estar situada, en línea recta, a poco más de 300 kilómetros de dos aeropuertos importantes, Madrid y Barcelona, y en consecuencia, su futuro no es el aeronáutico; la falta de una política de intermodalidad hace que la ventaja se convierta en maldición. La combinación por tren con Madrid o Barcelona para coger un vuelo internacional es patética y, por su propia proximidad y dimensión, Valencia no puede competir con estos destinos aeroportuarios.

Los números cantan: hasta septiembre último, cuando los viajeros en vuelos internacionales regulares en España se mantenían (sólo una reducción del 1,35% interanual, que no está mal, con la que está cayendo en el sector), la reducción en pasajeros de vuelos internacionales en Valencia era nada menos que del ¡23%!

Consecuencia, o causa de ello, es que dos destinos tan importantes como Bruselas y Frankfurt hace meses que dejaron de tener conexiones directas con Valencia. De hecho, y en condiciones a veces precarias, solo Zúrich, Múnich, Londres, París, Milán y Lisboa (con 20 plazas mal contadas) son destinos directos. Para que sirva de comparación tienen vuelos directos con Bruselas: Madrid (unos 11 diarios), Barcelona (unos 8), y al menos uno: Bilbao, Málaga, Sevilla, Santiago de Compostela, etcétera.

Cualquier desplazamiento a larga distancia, pasa y pasará por recalar en Barajas o El Prat. Asumida esta situación pone los pelos de punta el silencio de Valencia en la discusión sobre si el AVE debe o no parar en El Prat y la ausencia del argumento de la conexión avión-ferrocarril en las decisiones de Fomento en los trazados del AVE con Madrid. Aunque en Valencia no ha recibido mucho soporte informativo, es importante que cristalice la decisión tomada en Cataluña, según la cual el AVE no llegará al aeropuerto pero sí a la localidad de El Prat, desde donde un lanzadera empalmará esta estación urbana con el aeropuerto. Según me dicen quienes lo conocen, no es un mal compromiso y la cosa nos afecta muy directamente. Valencia, que no va a tener nunca un gran aeropuerto, necesita urgentemente la intermodalidad y desgraciadamente no hay forma de que alguien plantee y consiga que se tenga en cuenta esta cuestión, cuando se toman decisiones en Madrid y en Barcelona. ¿Dónde están los políticos valencianos cuando se hacen los planes del Estado español? Cabe esperar que estas respuestas estén en las promesas que Benigno Blanco, en nombre de Fomento, hizo en Valencia sobre este proyecto, más de 15 años viejo, llamado Parque Central. Ahora va a depender del AVE y obviamente el AVE de la estación. Roguemos que no estemos en un proceso que justifique más retrasos, basados en si primero es el huevo (tren) o la gallina (Parque Central).

La economía y el desarrollo de Valencia y su área metropolitana no tienen futuro con la capacidad de conexión internacional que registra en la actualidad (¿Cómo van a llegar, aparte de por carretera, el millón ochocientos mil visitantes que nos han dicho van a llenar nuestro flamante Oceanográfico?). Convendría que alguien se diera cuenta de que Valencia depende mucho de sus proyectos ferroviarios.

He aquí un tema para la próxima campaña autonómica: ¿tren o incomunicación? Hay que hacer notar que incluso Aznar, cuando ha tratado de contrarrestar el malestar de Galicia por el chapapote, ha dicho que el AVE llegara antes a aquellas tierras, mientras por aquí andamos con una simple traviesa inaugurada con estrépito y guardada no se sabe muy bien dónde.

Gregorio Martín es catedrático y director del Instituto de Robótica de la Universidad de Valencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de enero de 2003