_
_
_
_
VISTO / OÍDO
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Gironella, en París

José María Gironella reinaba en unas mesas en La Pérgola, Saint-Germain-des-Prés, ouvert la nuit y lleno de existencialistas. Era un patriarca joven, alto, guapo y católico; las escapaditas de casa querían acostarse con él, fue fiel al sacramento y a Magda, antigua mecanógrafa de un sindicato vertical, que trabajaba de camarera; de ella y de lecciones de ajedrez vivían. A mí me llamaban cantor de tangos porque llevaba el pelo planchado a lo Gardel. Fue oficial en la guerra de un cuerpo de montaña; le nombraron para un tribunal que juzgaba rojos y vio en él las suficientes monstruosidades como para licenciarse y marcharse a Francia, ya con su Premio Planeta.

Publicó en Flammarion La marea: demasiado tarde para culpar a todos los alemanes, y no sólo a los nazis. Había cientos de libros para eso. Tuvo poco éxito. Escribió una gran novela sobre la Guerra Civil, Los cipreses creen en Dios, antifranquista: demasiado larga, y no la quiso ninguna editorial. Una muchacha, Mado, hija de un diputado socialista, los llevó a su casa, y allí escribía sucesivas versiones de la obra. Las iba leyendo un consejero cultural de la Embajada de España, Ernesto Laorden; le iba aconsejando cambios, y él lo arreglaba. No sé si Mado vive: conservaba todas las versiones. Llegó al punto en que la obra, consultada desde la Embajada a Arias Salgado, recibió la aprobación para ser publicada: la hizo Planeta, y recibí un primer ejemplar abarquillado: pero era el primero y quería que le diese mi opinión. Opinión que él consideraba, erróneamente, como una especie de aval de la izquierda. Cuando vino le recogí en el aeropuerto (como recogí a Bergamín, a algunos otros) y en el paseo por la ciudad estaba entusiasmado de la grandeza de España, del sol y las mujeres, de la riqueza visible. Me preguntó si no me parecía extraño que la censura le hubiera permitido la novela: le respondí que no sólo no me parecía raro, sino que le darían el Premio Nacional Francisco Franco, que así se llamaba el que ahora es de literatura: se lo dieron.

El público la consideró como neutral, por encima de la contienda "entre hermanos". Ocho millones de ejemplares a lo largo del tiempo: y la insistencia de Lara (Planeta) para que continuase con otras novelas: de ahí la trilogía. Le vi poco: vivía en Barcelona. La última vez, en la cena del Alcázar de Sevilla, donde Lara le iba a dar el premio a Umbral, quien, al ver a Gironella, se asustó: "El viejo se lo va a dar a ése". No: estaba dado.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_