Dioses y tabernas a los pies del Acrópolis

Atenas mezcla el equilibrio del mundo clásico con el caos de la ciudad moderna

Si hay un poeta español que haya amado profundamente a Grecia -y, por desgracia, no hay muchos, como ya observó en su día Luis Cernuda-, ése es el catalán Jaime Gil de Biedma. En su poema La calle Pandrossou -que en castellano hay que transcribir como Pandrosu-, Gil de Biedma cuenta en la voz del personaje que, en el poema, habla en primera persona, una llegada un lunes de agosto, después de un año atroz, a la dulcísima Atenas. Y ese personaje que abre la gabardina de su corazón nos hace esta confidencia: "Me acuerdo que de pronto amé la vida, / porque la calle olía / a cocina y a cuero de zapatos". El olor a cocina y a cuero de zapatos de esta calle del barrio de Plaka, junto a Monastiraki o, en castellano, Monasterillo -Monastiraki es un diminutivo de monastiri (monasterio); el griego moderno es la lengua de los infinitos diminutivos-, es, pues, el mejor antídoto contra la depresión. Y, sin dejar aún el tema culinario, entre las muchas sorpresas que le deparará al viajero una visita a Atenas hay que incluir que, por ejemplo, en no pocos restaurantes el camarero le dirá que se asome a la cocina y elija sus platos según le dicte su vista.

En el Licabeto tenemos toda Atenas a nuestros pies y, en unos segundos, recorremos ese ramillete de barrios del municipio de la capital y de barrios periféricos que suman hoy casi cuatro millones de habitantes. Atenas se estira kilómetros y kilómetros sin aparente preocupación por la rentabilidad del metro cuadrado
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DIEZ VISITAS IMPRESCINDIBLES

Atenas lo tiene todo desplegado a los cuatro vientos: desde la Acrópolis -esa absoluta maravilla arquitectónica levantada sobre una colina rocosa de 156 metros de altura desde la que se llega a divisar, a diez kilómetros, el mar- hasta las cocinas de lo que los griegos llaman tabernas y nosotros, ay, no deberíamos traducir, aunque sea tan tentador, por tabernas, porque las tabernas son, aproximadamente, lo que nosotros llamamos restaurantes.

Atenas es la ciudad europea que mejor puede aliviar nuestros pesares. Esta ciudad, fundada por Cécrope, que era una mezcla explosiva de hombre y serpiente, es la máxima experta en ciclotimias, pues, no en vano, incluso la geografía se ha encargado de situarla en el centro de una depresión. De este faulkneriano descenso del suelo ateniense al Hades, logran sacar la cabeza la colina de la Acrópolis, al sur, y la del Licabeto, al norte, también de visita obligada, previa subida a un funicular, para ver Atenas como vio España Eduardo Delgado en aquella célebre serie televisiva que se llamó A vista de pájaro. En el Licabeto tenemos toda Atenas a nuestros pies y, en unos segundos, recorremos ese ramillete de barrios del municipio de la capital y de barrios periféricos que suman hoy casi cuatro millones de habitantes. Desde el Licabeto descubrimos la relajada extensión de la ciudad: a diferencia de tantas metrópolis con las viviendas apiñadas como hormigueros obsesionados con los milímetros, Atenas se estira kilómetros y kilómetros sin aparente preocupación por la rentabilidad del metro cuadrado. En ese espacio, en otros países, pueden vivir hasta 10 o 12 millones de habitantes.

Rentabilidad publicitaria

Atenas es, en cambio, en otro terreno, el ejemplo supremo de rentabilidad publicitaria: tuvo apenas unos años de gloria económica, política y artística en el siglo V antes de Cristo, pero la profundidad y la intensidad de su éxito fueron tan rotundas que marcaron a fuego toda la cultura griega, romana, europea y americana que vinieron después. Esta desproporción entre la brevedad del éxito político y los siglos de éxito cultural puede inducir a alguna confusión al viajero, no suficientemente informado, que la visita por primera vez. Hay un dato del censo que explica muy bien lo que es Atenas: en 1821, fecha de la insurrección de los griegos contra los turcos, la mítica Atenas es una simple aldea de apenas 4.000 habitantes. Frente a Roma, Estambul o París, ciudades con existencia ininterrumpida durante siglos, cuyas huellas, sin solución de continuidad, son hoy tan visibles, Atenas vive varios siglos en el limbo que, como es sabido, nunca deja ni arquitectura civil ni escultura o pintura religiosa. Atenas es, pues, fundamentalmente, una ciudad moderna. Salvo los gloriosos islotes que sobreviven de la antigüedad -la Acrópolis, el ágora o plaza pública, el templo de Teseo, el Cerámico o cementerio antiguo, la biblioteca de Adriano (el lugar adecuado para leer, al menos, alguna página de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar), el templo de Zeus Olímpico...- y el barrio de Plaka, de obvia impronta turca, la arquitectura ateniense es el resultado de la vida de sólo una docena de generaciones. También hay que incluir, naturalmente, entre los edificios antiguos las iglesias bizantinas, que, en general, salvo a los drogadictos de piedad, no suelen impresionar mucho a quienes proceden de países católicos con iglesias de todos los estilos construidas a la más exquisita carta. ¿Se podría extasiar mucho un valenciano con una paella bizantina servida en un restaurante de Varsovia?

El éxito de un villorrio mínimo

Atenas es capital de Grecia desde 1834. A los héroes de la independencia jamás se les pasó por el cerebro nombrar capital de Grecia a aquel villorrio mínimo que era entonces Atenas. Pero, contra todo pronóstico, se terminó imponiendo una propuesta política de arqueólogos aparentemente rancios, y la ruinosa idea de nombrar Atenas capital de Grecia -la primera capital de la Grecia independiente fue Nauplia- se terminó convirtiendo en un éxito inmenso. En el primer tercio del siglo XIX, la única capital imaginable para un griego era Constantinopla, aunque, claro, había que reconquistarla porque estaba, como todavía sigue hoy, bajo el dominio turco. Era una absoluta locura intentar reconquistar Constantinopla, y quizá por eso los griegos bautizaron a aquella locura con el nombre de la Gran Idea. Y aquella Gran Idea acabó como acaban no pocas ideas sólo teóricamente grandes: acabó con la catastrófica derrota del ejército griego en la guerra greco-turca de 1921-1922.

La joya absoluta de Atenas es, naturalmente, la Acrópolis. Y, si los españoles no fuéramos tan alérgicos a la cultura árabe, tendríamos que decir que quizá en Europa la única gloria arquitectónica equiparable a la Acrópolis es nuestra Alhambra granadina. Por ejemplo, las espléndidas ruinas romanas, comparadas con la Acrópolis y con la Alhambra, como diría Henry Miller con su salvaje, maravilloso y cómico lenguaje, las ruinas romanas, digo, comparadas con la sublime Acrópolis, son ruinas de simples aficionados. La diferencia más grande entre Roma y Atenas es que en Atenas subes a la Acrópolis o al Licabeto y ves el mar, y hasta casi puedes ver en la lejanía los barcos gloriosos de la batalla de Salamina, y en Roma, en cambio, para ver el mar... ¡tienes que desplazarte hasta Ostia! ¡Ostia, un nombre de puerto que suena a juramento de albañiles! Instalado en la Acrópolis, ¿quién podría resistir la tentación de hacer chistes sobre las limitaciones de las ruinas romanas, por muy turísticamente bendecidas que estén por el Papa?

La Acrópolis es un escarnio del mundo cristiano. Pero un guía turístico que no quiera pelearse con sus clientes debe limitarse a explicar las diferencias arquitectónicas entre dórico, jónico y corintio. Un guía se sitúa a la cabeza del grupo y dice: "Estamos a la entrada de la Acrópolis, cuyos vestigios se remontan a la época micénica del segundo milenio antes de Cristo. Sus monumentos más importantes -los Propíleos, el templo de Atenea Nike, el Erecteion y el Partenón- pertenecen a la época de Pericles, en el siglo V antes de Cristo. Los edificios fueron construidos en mármol blanco del monte Pentélico. Y aunque hoy nos resulte chocante, el mármol de los edificios era policromado. Desde los años setenta, la contaminación del aire -que los atenienses llaman to nefos (la nube)- ha obligado a proteger los edificios con andamios y a sustituir las estatuas originales por copias".

El Partenón, según Nietzsche

Imaginemos, por un momento, a Nietzsche, el autor de El nacimiento de la tragedia, explicando el Partenón a un grupo de españoles. Dice Nietzsche por boca de Zaratustra: si hay un turista que, en su primera parte, puede comprender bien el Partenón, ése es el turista español. España es, como muy bien saben, el país de la Virgen: tienen ustedes 50.000 Vírgenes, admitidas por el Vaticano, en poco más de 50 provincias. Salen ustedes, pues, a unas mil Vírgenes por provincia. En 1984, el 50,8% de las mujeres españolas se llamaban María a secas o María junto con otro nombre. La enciclopedia Espasa le dedica a la Virgen nada menos que 250 páginas, mientras que a su hijo Jesucristo sólo le dedica 20. El 12 de octubre de 1954, Pío XII llamó a España "tierra de María santísima". Felicítense: el Partenón, como su propio nombre indica -acuérdense de la partenogénesis-, es el templo de la Virgen. Están, pues, ustedes en su casa y en casa de Atenea, la Virgen. Lamentablemente, como guía turístico que soy, no puedo continuar la explicación. Si seguimos hablando de dioses, van a enfadarse mucho. Recuerden que el Dios cristiano es heredero de Yavhé, un dios que está todo el día cabreado, y Zeus, el padre de Atenea, es un semental que se pasa el día fornicando y riéndose. Ésta es la auténtica lección que da la Acrópolis, pero no les interesa ni a los helenistas profesionales, porque, por lo general, ellos también son cristianos.

Es un inmenso placer pasear por Atenas porque no hay ruido de mayor calidad que el ateniense. En sus calles con infernal tráfico sigue reinando Caos, la personificación de la masa informe, y el origen de la Tierra, del Tártaro, de Eros, de las Tinieblas y de la Noche. Cuando un griego toca la bocina en la céntrica plaza de Omonia, es seguro que se oirá bien en la plaza de Sindagma, la segunda plaza, en importancia, de Atenas. Los atenienses siempre nos dejan bien a los españoles: gritan -si la parcialidad no me pierde- incluso más que nosotros. Es comprensible que griten: los griegos son inexpugnables al ruido. Tienen una esperanza de vida de 78 años. Y quienes quieran a Jaime Gil de Biedma, si pasan por la calle Pandrosu, pueden recordar estos versos: "Si alguno que me quiere / alguna vez va a Grecia, / y pasa por allí, sobre todo en verano, / que me encomiende a ella".

Si hay un poeta español que haya amado profundamente a Grecia -y, por desgracia, no hay muchos, como ya observó en su día Luis Cernuda-, ése es el catalán Jaime Gil de Biedma. En su poema La calle Pandrossou -que en castellano hay que transcribir como Pandrosu-, Gil de Biedma cuenta en la voz del personaje que, en el poema, habla en primera persona, una llegada un lunes de agosto, después de un año atroz, a la dulcísima Atenas. Y ese personaje que abre la gabardina de su corazón nos hace esta confidencia: "Me acuerdo que de pronto amé la vida, / porque la calle olía / a cocina y a cuero de zapatos". El olor a cocina y a cuero de zapatos de esta calle del barrio de Plaka, junto a Monastiraki o, en castellano, Monasterillo -Monastiraki es un diminutivo de monastiri (monasterio); el griego moderno es la lengua de los infinitos diminutivos-, es, pues, el mejor antídoto contra la depresión. Y, sin dejar aún el tema culinario, entre las muchas sorpresas que le deparará al viajero una visita a Atenas hay que incluir que, por ejemplo, en no pocos restaurantes el camarero le dirá que se asome a la cocina y elija sus platos según le dicte su vista.

Atenas lo tiene todo desplegado a los cuatro vientos: desde la Acrópolis -esa absoluta maravilla arquitectónica levantada sobre una colina rocosa de 156 metros de altura desde la que se llega a divisar, a diez kilómetros, el mar- hasta las cocinas de lo que los griegos llaman tabernas y nosotros, ay, no deberíamos traducir, aunque sea tan tentador, por tabernas, porque las tabernas son, aproximadamente, lo que nosotros llamamos restaurantes.

Atenas es la ciudad europea que mejor puede aliviar nuestros pesares. Esta ciudad, fundada por Cécrope, que era una mezcla explosiva de hombre y serpiente, es la máxima experta en ciclotimias, pues, no en vano, incluso la geografía se ha encargado de situarla en el centro de una depresión. De este faulkneriano descenso del suelo ateniense al Hades, logran sacar la cabeza la colina de la Acrópolis, al sur, y la del Licabeto, al norte, también de visita obligada, previa subida a un funicular, para ver Atenas como vio España Eduardo Delgado en aquella célebre serie televisiva que se llamó A vista de pájaro. En el Licabeto tenemos toda Atenas a nuestros pies y, en unos segundos, recorremos ese ramillete de barrios del municipio de la capital y de barrios periféricos que suman hoy casi cuatro millones de habitantes. Desde el Licabeto descubrimos la relajada extensión de la ciudad: a diferencia de tantas metrópolis con las viviendas apiñadas como hormigueros obsesionados con los milímetros, Atenas se estira kilómetros y kilómetros sin aparente preocupación por la rentabilidad del metro cuadrado. En ese espacio, en otros países, pueden vivir hasta 10 o 12 millones de habitantes.

Rentabilidad publicitaria

Atenas es, en cambio, en otro terreno, el ejemplo supremo de rentabilidad publicitaria: tuvo apenas unos años de gloria económica, política y artística en el siglo V antes de Cristo, pero la profundidad y la intensidad de su éxito fueron tan rotundas que marcaron a fuego toda la cultura griega, romana, europea y americana que vinieron después. Esta desproporción entre la brevedad del éxito político y los siglos de éxito cultural puede inducir a alguna confusión al viajero, no suficientemente informado, que la visita por primera vez. Hay un dato del censo que explica muy bien lo que es Atenas: en 1821, fecha de la insurrección de los griegos contra los turcos, la mítica Atenas es una simple aldea de apenas 4.000 habitantes. Frente a Roma, Estambul o París, ciudades con existencia ininterrumpida durante siglos, cuyas huellas, sin solución de continuidad, son hoy tan visibles, Atenas vive varios siglos en el limbo que, como es sabido, nunca deja ni arquitectura civil ni escultura o pintura religiosa. Atenas es, pues, fundamentalmente, una ciudad moderna. Salvo los gloriosos islotes que sobreviven de la antigüedad -la Acrópolis, el ágora o plaza pública, el templo de Teseo, el Cerámico o cementerio antiguo, la biblioteca de Adriano (el lugar adecuado para leer, al menos, alguna página de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar), el templo de Zeus Olímpico...- y el barrio de Plaka, de obvia impronta turca, la arquitectura ateniense es el resultado de la vida de sólo una docena de generaciones. También hay que incluir, naturalmente, entre los edificios antiguos las iglesias bizantinas, que, en general, salvo a los drogadictos de piedad, no suelen impresionar mucho a quienes proceden de países católicos con iglesias de todos los estilos construidas a la más exquisita carta. ¿Se podría extasiar mucho un valenciano con una paella bizantina servida en un restaurante de Varsovia?

El éxito de un villorrio mínimo

Atenas es capital de Grecia desde 1834. A los héroes de la independencia jamás se les pasó por el cerebro nombrar capital de Grecia a aquel villorrio mínimo que era entonces Atenas. Pero, contra todo pronóstico, se terminó imponiendo una propuesta política de arqueólogos aparentemente rancios, y la ruinosa idea de nombrar Atenas capital de Grecia -la primera capital de la Grecia independiente fue Nauplia- se terminó convirtiendo en un éxito inmenso. En el primer tercio del siglo XIX, la única capital imaginable para un griego era Constantinopla, aunque, claro, había que reconquistarla porque estaba, como todavía sigue hoy, bajo el dominio turco. Era una absoluta locura intentar reconquistar Constantinopla, y quizá por eso los griegos bautizaron a aquella locura con el nombre de la Gran Idea. Y aquella Gran Idea acabó como acaban no pocas ideas sólo teóricamente grandes: acabó con la catastrófica derrota del ejército griego en la guerra greco-turca de 1921-1922.

La joya absoluta de Atenas es, naturalmente, la Acrópolis. Y, si los españoles no fuéramos tan alérgicos a la cultura árabe, tendríamos que decir que quizá en Europa la única gloria arquitectónica equiparable a la Acrópolis es nuestra Alhambra granadina. Por ejemplo, las espléndidas ruinas romanas, comparadas con la Acrópolis y con la Alhambra, como diría Henry Miller con su salvaje, maravilloso y cómico lenguaje, las ruinas romanas, digo, comparadas con la sublime Acrópolis, son ruinas de simples aficionados. La diferencia más grande entre Roma y Atenas es que en Atenas subes a la Acrópolis o al Licabeto y ves el mar, y hasta casi puedes ver en la lejanía los barcos gloriosos de la batalla de Salamina, y en Roma, en cambio, para ver el mar... ¡tienes que desplazarte hasta Ostia! ¡Ostia, un nombre de puerto que suena a juramento de albañiles! Instalado en la Acrópolis, ¿quién podría resistir la tentación de hacer chistes sobre las limitaciones de las ruinas romanas, por muy turísticamente bendecidas que estén por el Papa?

La Acrópolis es un escarnio del mundo cristiano. Pero un guía turístico que no quiera pelearse con sus clientes debe limitarse a explicar las diferencias arquitectónicas entre dórico, jónico y corintio. Un guía se sitúa a la cabeza del grupo y dice: "Estamos a la entrada de la Acrópolis, cuyos vestigios se remontan a la época micénica del segundo milenio antes de Cristo. Sus monumentos más importantes -los Propíleos, el templo de Atenea Nike, el Erecteion y el Partenón- pertenecen a la época de Pericles, en el siglo V antes de Cristo. Los edificios fueron construidos en mármol blanco del monte Pentélico. Y aunque hoy nos resulte chocante, el mármol de los edificios era policromado. Desde los años setenta, la contaminación del aire -que los atenienses llaman to nefos (la nube)- ha obligado a proteger los edificios con andamios y a sustituir las estatuas originales por copias".

El Partenón, según Nietzsche

Imaginemos, por un momento, a Nietzsche, el autor de El nacimiento de la tragedia, explicando el Partenón a un grupo de españoles. Dice Nietzsche por boca de Zaratustra: si hay un turista que, en su primera parte, puede comprender bien el Partenón, ése es el turista español. España es, como muy bien saben, el país de la Virgen: tienen ustedes 50.000 Vírgenes, admitidas por el Vaticano, en poco más de 50 provincias. Salen ustedes, pues, a unas mil Vírgenes por provincia. En 1984, el 50,8% de las mujeres españolas se llamaban María a secas o María junto con otro nombre. La enciclopedia Espasa le dedica a la Virgen nada menos que 250 páginas, mientras que a su hijo Jesucristo sólo le dedica 20. El 12 de octubre de 1954, Pío XII llamó a España "tierra de María santísima". Felicítense: el Partenón, como su propio nombre indica -acuérdense de la partenogénesis-, es el templo de la Virgen. Están, pues, ustedes en su casa y en casa de Atenea, la Virgen. Lamentablemente, como guía turístico que soy, no puedo continuar la explicación. Si seguimos hablando de dioses, van a enfadarse mucho. Recuerden que el Dios cristiano es heredero de Yavhé, un dios que está todo el día cabreado, y Zeus, el padre de Atenea, es un semental que se pasa el día fornicando y riéndose. Ésta es la auténtica lección que da la Acrópolis, pero no les interesa ni a los helenistas profesionales, porque, por lo general, ellos también son cristianos.

Es un inmenso placer pasear por Atenas porque no hay ruido de mayor calidad que el ateniense. En sus calles con infernal tráfico sigue reinando Caos, la personificación de la masa informe, y el origen de la Tierra, del Tártaro, de Eros, de las Tinieblas y de la Noche. Cuando un griego toca la bocina en la céntrica plaza de Omonia, es seguro que se oirá bien en la plaza de Sindagma, la segunda plaza, en importancia, de Atenas. Los atenienses siempre nos dejan bien a los españoles: gritan -si la parcialidad no me pierde- incluso más que nosotros. Es comprensible que griten: los griegos son inexpugnables al ruido. Tienen una esperanza de vida de 78 años. Y quienes quieran a Jaime Gil de Biedma, si pasan por la calle Pandrosu, pueden recordar estos versos: "Si alguno que me quiere / alguna vez va a Grecia, / y pasa por allí, sobre todo en verano, / que me encomiende a ella".

Si hay un poeta español que haya amado profundamente a Grecia -y, por desgracia, no hay muchos, como ya observó en su día Luis Cernuda-, ése es el catalán Jaime Gil de Biedma. En su poema La calle Pandrossou -que en castellano hay que transcribir como Pandrosu-, Gil de Biedma cuenta en la voz del personaje que, en el poema, habla en primera persona, una llegada un lunes de agosto, después de un año atroz, a la dulcísima Atenas. Y ese personaje que abre la gabardina de su corazón nos hace esta confidencia: "Me acuerdo que de pronto amé la vida, / porque la calle olía / a cocina y a cuero de zapatos". El olor a cocina y a cuero de zapatos de esta calle del barrio de Plaka, junto a Monastiraki o, en castellano, Monasterillo -Monastiraki es un diminutivo de monastiri (monasterio); el griego moderno es la lengua de los infinitos diminutivos-, es, pues, el mejor antídoto contra la depresión. Y, sin dejar aún el tema culinario, entre las muchas sorpresas que le deparará al viajero una visita a Atenas hay que incluir que, por ejemplo, en no pocos restaurantes el camarero le dirá que se asome a la cocina y elija sus platos según le dicte su vista.

Atenas lo tiene todo desplegado a los cuatro vientos: desde la Acrópolis -esa absoluta maravilla arquitectónica levantada sobre una colina rocosa de 156 metros de altura desde la que se llega a divisar, a diez kilómetros, el mar- hasta las cocinas de lo que los griegos llaman tabernas y nosotros, ay, no deberíamos traducir, aunque sea tan tentador, por tabernas, porque las tabernas son, aproximadamente, lo que nosotros llamamos restaurantes.

Atenas es la ciudad europea que mejor puede aliviar nuestros pesares. Esta ciudad, fundada por Cécrope, que era una mezcla explosiva de hombre y serpiente, es la máxima experta en ciclotimias, pues, no en vano, incluso la geografía se ha encargado de situarla en el centro de una depresión. De este faulkneriano descenso del suelo ateniense al Hades, logran sacar la cabeza la colina de la Acrópolis, al sur, y la del Licabeto, al norte, también de visita obligada, previa subida a un funicular, para ver Atenas como vio España Eduardo Delgado en aquella célebre serie televisiva que se llamó A vista de pájaro. En el Licabeto tenemos toda Atenas a nuestros pies y, en unos segundos, recorremos ese ramillete de barrios del municipio de la capital y de barrios periféricos que suman hoy casi cuatro millones de habitantes. Desde el Licabeto descubrimos la relajada extensión de la ciudad: a diferencia de tantas metrópolis con las viviendas apiñadas como hormigueros obsesionados con los milímetros, Atenas se estira kilómetros y kilómetros sin aparente preocupación por la rentabilidad del metro cuadrado. En ese espacio, en otros países, pueden vivir hasta 10 o 12 millones de habitantes.

Rentabilidad publicitaria

Atenas es, en cambio, en otro terreno, el ejemplo supremo de rentabilidad publicitaria: tuvo apenas unos años de gloria económica, política y artística en el siglo V antes de Cristo, pero la profundidad y la intensidad de su éxito fueron tan rotundas que marcaron a fuego toda la cultura griega, romana, europea y americana que vinieron después. Esta desproporción entre la brevedad del éxito político y los siglos de éxito cultural puede inducir a alguna confusión al viajero, no suficientemente informado, que la visita por primera vez. Hay un dato del censo que explica muy bien lo que es Atenas: en 1821, fecha de la insurrección de los griegos contra los turcos, la mítica Atenas es una simple aldea de apenas 4.000 habitantes. Frente a Roma, Estambul o París, ciudades con existencia ininterrumpida durante siglos, cuyas huellas, sin solución de continuidad, son hoy tan visibles, Atenas vive varios siglos en el limbo que, como es sabido, nunca deja ni arquitectura civil ni escultura o pintura religiosa. Atenas es, pues, fundamentalmente, una ciudad moderna. Salvo los gloriosos islotes que sobreviven de la antigüedad -la Acrópolis, el ágora o plaza pública, el templo de Teseo, el Cerámico o cementerio antiguo, la biblioteca de Adriano (el lugar adecuado para leer, al menos, alguna página de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar), el templo de Zeus Olímpico...- y el barrio de Plaka, de obvia impronta turca, la arquitectura ateniense es el resultado de la vida de sólo una docena de generaciones. También hay que incluir, naturalmente, entre los edificios antiguos las iglesias bizantinas, que, en general, salvo a los drogadictos de piedad, no suelen impresionar mucho a quienes proceden de países católicos con iglesias de todos los estilos construidas a la más exquisita carta. ¿Se podría extasiar mucho un valenciano con una paella bizantina servida en un restaurante de Varsovia?

El éxito de un villorrio mínimo

Atenas es capital de Grecia desde 1834. A los héroes de la independencia jamás se les pasó por el cerebro nombrar capital de Grecia a aquel villorrio mínimo que era entonces Atenas. Pero, contra todo pronóstico, se terminó imponiendo una propuesta política de arqueólogos aparentemente rancios, y la ruinosa idea de nombrar Atenas capital de Grecia -la primera capital de la Grecia independiente fue Nauplia- se terminó convirtiendo en un éxito inmenso. En el primer tercio del siglo XIX, la única capital imaginable para un griego era Constantinopla, aunque, claro, había que reconquistarla porque estaba, como todavía sigue hoy, bajo el dominio turco. Era una absoluta locura intentar reconquistar Constantinopla, y quizá por eso los griegos bautizaron a aquella locura con el nombre de la Gran Idea. Y aquella Gran Idea acabó como acaban no pocas ideas sólo teóricamente grandes: acabó con la catastrófica derrota del ejército griego en la guerra greco-turca de 1921-1922.

La joya absoluta de Atenas es, naturalmente, la Acrópolis. Y, si los españoles no fuéramos tan alérgicos a la cultura árabe, tendríamos que decir que quizá en Europa la única gloria arquitectónica equiparable a la Acrópolis es nuestra Alhambra granadina. Por ejemplo, las espléndidas ruinas romanas, comparadas con la Acrópolis y con la Alhambra, como diría Henry Miller con su salvaje, maravilloso y cómico lenguaje, las ruinas romanas, digo, comparadas con la sublime Acrópolis, son ruinas de simples aficionados. La diferencia más grande entre Roma y Atenas es que en Atenas subes a la Acrópolis o al Licabeto y ves el mar, y hasta casi puedes ver en la lejanía los barcos gloriosos de la batalla de Salamina, y en Roma, en cambio, para ver el mar... ¡tienes que desplazarte hasta Ostia! ¡Ostia, un nombre de puerto que suena a juramento de albañiles! Instalado en la Acrópolis, ¿quién podría resistir la tentación de hacer chistes sobre las limitaciones de las ruinas romanas, por muy turísticamente bendecidas que estén por el Papa?

La Acrópolis es un escarnio del mundo cristiano. Pero un guía turístico que no quiera pelearse con sus clientes debe limitarse a explicar las diferencias arquitectónicas entre dórico, jónico y corintio. Un guía se sitúa a la cabeza del grupo y dice: "Estamos a la entrada de la Acrópolis, cuyos vestigios se remontan a la época micénica del segundo milenio antes de Cristo. Sus monumentos más importantes -los Propíleos, el templo de Atenea Nike, el Erecteion y el Partenón- pertenecen a la época de Pericles, en el siglo V antes de Cristo. Los edificios fueron construidos en mármol blanco del monte Pentélico. Y aunque hoy nos resulte chocante, el mármol de los edificios era policromado. Desde los años setenta, la contaminación del aire -que los atenienses llaman to nefos (la nube)- ha obligado a proteger los edificios con andamios y a sustituir las estatuas originales por copias".

El Partenón, según Nietzsche

Imaginemos, por un momento, a Nietzsche, el autor de El nacimiento de la tragedia, explicando el Partenón a un grupo de españoles. Dice Nietzsche por boca de Zaratustra: si hay un turista que, en su primera parte, puede comprender bien el Partenón, ése es el turista español. España es, como muy bien saben, el país de la Virgen: tienen ustedes 50.000 Vírgenes, admitidas por el Vaticano, en poco más de 50 provincias. Salen ustedes, pues, a unas mil Vírgenes por provincia. En 1984, el 50,8% de las mujeres españolas se llamaban María a secas o María junto con otro nombre. La enciclopedia Espasa le dedica a la Virgen nada menos que 250 páginas, mientras que a su hijo Jesucristo sólo le dedica 20. El 12 de octubre de 1954, Pío XII llamó a España "tierra de María santísima". Felicítense: el Partenón, como su propio nombre indica -acuérdense de la partenogénesis-, es el templo de la Virgen. Están, pues, ustedes en su casa y en casa de Atenea, la Virgen. Lamentablemente, como guía turístico que soy, no puedo continuar la explicación. Si seguimos hablando de dioses, van a enfadarse mucho. Recuerden que el Dios cristiano es heredero de Yavhé, un dios que está todo el día cabreado, y Zeus, el padre de Atenea, es un semental que se pasa el día fornicando y riéndose. Ésta es la auténtica lección que da la Acrópolis, pero no les interesa ni a los helenistas profesionales, porque, por lo general, ellos también son cristianos.

Es un inmenso placer pasear por Atenas porque no hay ruido de mayor calidad que el ateniense. En sus calles con infernal tráfico sigue reinando Caos, la personificación de la masa informe, y el origen de la Tierra, del Tártaro, de Eros, de las Tinieblas y de la Noche. Cuando un griego toca la bocina en la céntrica plaza de Omonia, es seguro que se oirá bien en la plaza de Sindagma, la segunda plaza, en importancia, de Atenas. Los atenienses siempre nos dejan bien a los españoles: gritan -si la parcialidad no me pierde- incluso más que nosotros. Es comprensible que griten: los griegos son inexpugnables al ruido. Tienen una esperanza de vida de 78 años. Y quienes quieran a Jaime Gil de Biedma, si pasan por la calle Pandrosu, pueden recordar estos versos: "Si alguno que me quiere / alguna vez va a Grecia, / y pasa por allí, sobre todo en verano, / que me encomiende a ella".

Si hay un poeta español que haya amado profundamente a Grecia -y, por desgracia, no hay muchos, como ya observó en su día Luis Cernuda-, ése es el catalán Jaime Gil de Biedma. En su poema La calle Pandrossou -que en castellano hay que transcribir como Pandrosu-, Gil de Biedma cuenta en la voz del personaje que, en el poema, habla en primera persona, una llegada un lunes de agosto, después de un año atroz, a la dulcísima Atenas. Y ese personaje que abre la gabardina de su corazón nos hace esta confidencia: "Me acuerdo que de pronto amé la vida, / porque la calle olía / a cocina y a cuero de zapatos". El olor a cocina y a cuero de zapatos de esta calle del barrio de Plaka, junto a Monastiraki o, en castellano, Monasterillo -Monastiraki es un diminutivo de monastiri (monasterio); el griego moderno es la lengua de los infinitos diminutivos-, es, pues, el mejor antídoto contra la depresión. Y, sin dejar aún el tema culinario, entre las muchas sorpresas que le deparará al viajero una visita a Atenas hay que incluir que, por ejemplo, en no pocos restaurantes el camarero le dirá que se asome a la cocina y elija sus platos según le dicte su vista.

Atenas lo tiene todo desplegado a los cuatro vientos: desde la Acrópolis -esa absoluta maravilla arquitectónica levantada sobre una colina rocosa de 156 metros de altura desde la que se llega a divisar, a diez kilómetros, el mar- hasta las cocinas de lo que los griegos llaman tabernas y nosotros, ay, no deberíamos traducir, aunque sea tan tentador, por tabernas, porque las tabernas son, aproximadamente, lo que nosotros llamamos restaurantes.

Atenas es la ciudad europea que mejor puede aliviar nuestros pesares. Esta ciudad, fundada por Cécrope, que era una mezcla explosiva de hombre y serpiente, es la máxima experta en ciclotimias, pues, no en vano, incluso la geografía se ha encargado de situarla en el centro de una depresión. De este faulkneriano descenso del suelo ateniense al Hades, logran sacar la cabeza la colina de la Acrópolis, al sur, y la del Licabeto, al norte, también de visita obligada, previa subida a un funicular, para ver Atenas como vio España Eduardo Delgado en aquella célebre serie televisiva que se llamó A vista de pájaro. En el Licabeto tenemos toda Atenas a nuestros pies y, en unos segundos, recorremos ese ramillete de barrios del municipio de la capital y de barrios periféricos que suman hoy casi cuatro millones de habitantes. Desde el Licabeto descubrimos la relajada extensión de la ciudad: a diferencia de tantas metrópolis con las viviendas apiñadas como hormigueros obsesionados con los milímetros, Atenas se estira kilómetros y kilómetros sin aparente preocupación por la rentabilidad del metro cuadrado. En ese espacio, en otros países, pueden vivir hasta 10 o 12 millones de habitantes.

Rentabilidad publicitaria

Atenas es, en cambio, en otro terreno, el ejemplo supremo de rentabilidad publicitaria: tuvo apenas unos años de gloria económica, política y artística en el siglo V antes de Cristo, pero la profundidad y la intensidad de su éxito fueron tan rotundas que marcaron a fuego toda la cultura griega, romana, europea y americana que vinieron después. Esta desproporción entre la brevedad del éxito político y los siglos de éxito cultural puede inducir a alguna confusión al viajero, no suficientemente informado, que la visita por primera vez. Hay un dato del censo que explica muy bien lo que es Atenas: en 1821, fecha de la insurrección de los griegos contra los turcos, la mítica Atenas es una simple aldea de apenas 4.000 habitantes. Frente a Roma, Estambul o París, ciudades con existencia ininterrumpida durante siglos, cuyas huellas, sin solución de continuidad, son hoy tan visibles, Atenas vive varios siglos en el limbo que, como es sabido, nunca deja ni arquitectura civil ni escultura o pintura religiosa. Atenas es, pues, fundamentalmente, una ciudad moderna. Salvo los gloriosos islotes que sobreviven de la antigüedad -la Acrópolis, el ágora o plaza pública, el templo de Teseo, el Cerámico o cementerio antiguo, la biblioteca de Adriano (el lugar adecuado para leer, al menos, alguna página de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar), el templo de Zeus Olímpico...- y el barrio de Plaka, de obvia impronta turca, la arquitectura ateniense es el resultado de la vida de sólo una docena de generaciones. También hay que incluir, naturalmente, entre los edificios antiguos las iglesias bizantinas, que, en general, salvo a los drogadictos de piedad, no suelen impresionar mucho a quienes proceden de países católicos con iglesias de todos los estilos construidas a la más exquisita carta. ¿Se podría extasiar mucho un valenciano con una paella bizantina servida en un restaurante de Varsovia?

El éxito de un villorrio mínimo

Atenas es capital de Grecia desde 1834. A los héroes de la independencia jamás se les pasó por el cerebro nombrar capital de Grecia a aquel villorrio mínimo que era entonces Atenas. Pero, contra todo pronóstico, se terminó imponiendo una propuesta política de arqueólogos aparentemente rancios, y la ruinosa idea de nombrar Atenas capital de Grecia -la primera capital de la Grecia independiente fue Nauplia- se terminó convirtiendo en un éxito inmenso. En el primer tercio del siglo XIX, la única capital imaginable para un griego era Constantinopla, aunque, claro, había que reconquistarla porque estaba, como todavía sigue hoy, bajo el dominio turco. Era una absoluta locura intentar reconquistar Constantinopla, y quizá por eso los griegos bautizaron a aquella locura con el nombre de la Gran Idea. Y aquella Gran Idea acabó como acaban no pocas ideas sólo teóricamente grandes: acabó con la catastrófica derrota del ejército griego en la guerra greco-turca de 1921-1922.

La joya absoluta de Atenas es, naturalmente, la Acrópolis. Y, si los españoles no fuéramos tan alérgicos a la cultura árabe, tendríamos que decir que quizá en Europa la única gloria arquitectónica equiparable a la Acrópolis es nuestra Alhambra granadina. Por ejemplo, las espléndidas ruinas romanas, comparadas con la Acrópolis y con la Alhambra, como diría Henry Miller con su salvaje, maravilloso y cómico lenguaje, las ruinas romanas, digo, comparadas con la sublime Acrópolis, son ruinas de simples aficionados. La diferencia más grande entre Roma y Atenas es que en Atenas subes a la Acrópolis o al Licabeto y ves el mar, y hasta casi puedes ver en la lejanía los barcos gloriosos de la batalla de Salamina, y en Roma, en cambio, para ver el mar... ¡tienes que desplazarte hasta Ostia! ¡Ostia, un nombre de puerto que suena a juramento de albañiles! Instalado en la Acrópolis, ¿quién podría resistir la tentación de hacer chistes sobre las limitaciones de las ruinas romanas, por muy turísticamente bendecidas que estén por el Papa?

La Acrópolis es un escarnio del mundo cristiano. Pero un guía turístico que no quiera pelearse con sus clientes debe limitarse a explicar las diferencias arquitectónicas entre dórico, jónico y corintio. Un guía se sitúa a la cabeza del grupo y dice: "Estamos a la entrada de la Acrópolis, cuyos vestigios se remontan a la época micénica del segundo milenio antes de Cristo. Sus monumentos más importantes -los Propíleos, el templo de Atenea Nike, el Erecteion y el Partenón- pertenecen a la época de Pericles, en el siglo V antes de Cristo. Los edificios fueron construidos en mármol blanco del monte Pentélico. Y aunque hoy nos resulte chocante, el mármol de los edificios era policromado. Desde los años setenta, la contaminación del aire -que los atenienses llaman to nefos (la nube)- ha obligado a proteger los edificios con andamios y a sustituir las estatuas originales por copias".

El Partenón, según Nietzsche

Imaginemos, por un momento, a Nietzsche, el autor de El nacimiento de la tragedia, explicando el Partenón a un grupo de españoles. Dice Nietzsche por boca de Zaratustra: si hay un turista que, en su primera parte, puede comprender bien el Partenón, ése es el turista español. España es, como muy bien saben, el país de la Virgen: tienen ustedes 50.000 Vírgenes, admitidas por el Vaticano, en poco más de 50 provincias. Salen ustedes, pues, a unas mil Vírgenes por provincia. En 1984, el 50,8% de las mujeres españolas se llamaban María a secas o María junto con otro nombre. La enciclopedia Espasa le dedica a la Virgen nada menos que 250 páginas, mientras que a su hijo Jesucristo sólo le dedica 20. El 12 de octubre de 1954, Pío XII llamó a España "tierra de María santísima". Felicítense: el Partenón, como su propio nombre indica -acuérdense de la partenogénesis-, es el templo de la Virgen. Están, pues, ustedes en su casa y en casa de Atenea, la Virgen. Lamentablemente, como guía turístico que soy, no puedo continuar la explicación. Si seguimos hablando de dioses, van a enfadarse mucho. Recuerden que el Dios cristiano es heredero de Yavhé, un dios que está todo el día cabreado, y Zeus, el padre de Atenea, es un semental que se pasa el día fornicando y riéndose. Ésta es la auténtica lección que da la Acrópolis, pero no les interesa ni a los helenistas profesionales, porque, por lo general, ellos también son cristianos.

Es un inmenso placer pasear por Atenas porque no hay ruido de mayor calidad que el ateniense. En sus calles con infernal tráfico sigue reinando Caos, la personificación de la masa informe, y el origen de la Tierra, del Tártaro, de Eros, de las Tinieblas y de la Noche. Cuando un griego toca la bocina en la céntrica plaza de Omonia, es seguro que se oirá bien en la plaza de Sindagma, la segunda plaza, en importancia, de Atenas. Los atenienses siempre nos dejan bien a los españoles: gritan -si la parcialidad no me pierde- incluso más que nosotros. Es comprensible que griten: los griegos son inexpugnables al ruido. Tienen una esperanza de vida de 78 años. Y quienes quieran a Jaime Gil de Biedma, si pasan por la calle Pandrosu, pueden recordar estos versos: "Si alguno que me quiere / alguna vez va a Grecia, / y pasa por allí, sobre todo en verano, / que me encomiende a ella".

Los escolares contemplan en el Museo Arqueológico de Atenas el jinete de Artemision, bronce del siglo II antes de Cristo hundido tras un naufragio en las aguas del cabo Artemision, donde fue hallado.
Los escolares contemplan en el Museo Arqueológico de Atenas el jinete de Artemision, bronce del siglo II antes de Cristo hundido tras un naufragio en las aguas del cabo Artemision, donde fue hallado.CÉSAR LUCAS ABREU

GUÍA PRÁCTICA

Datos básicos
- Población: 3,7 millones. - Prefijo telefónico: 00 30 210.
Cómo ir
- Olympic Airways (915 41 99 45) tiene vuelos diarios a Atenas desde Madrid y Barcelona. La tarifa más económica desde ambas ciudades es de 268 euros, ida y vuelta, más las tasas (unos 35 euros). - Iberia (902 40 05 00; www.iberia.com). Con reserva anticipada, billetes de ida y vuelta desde 208 euros, siempre más las tasas.
Dormir
- Athens International Youth Hostel (523 41 70). Victor Hugo, 16. Albergue juvenil limpio y económico junto a la plaza Omonia. Desde 6,75 euros por persona y noche. - Student & Travellers'Inn (324 48 08). Kydahineon, 16. Hotel céntrico y barato con habitaciones triples y cuádruples. Desde 10 euros por persona y noche. - Hotel Kouros (322 74 31). Kodrou, 11. En una antigua casa del barrio de Plaka. 25 euros la habitación doble. - John's Place (322 97 19). Patröou, 5. Hotel familiar al oeste de la plaza Syntagma. Habitaciones dobles por 25 euros. - Marble House (923 40 58). Zini, 35. Hotel económico en la zona de Koukaki. 35 euros la doble. - Hotel Adonis (324 97 37). Kodrou, 3. Moderno hotel con buenas vistas de la Acrópolis. La doble, 46 euros. - Hotel Athos (322 19 77). Patröou, 3. Cerca de Syntagma. 60 euros. - Hotel Grande Bretagne (331 44 44). Plaza Syntagma. Lujoso hotel construido en 1862 para albergar a altos dignatarios y jefes de estado. A partir de 300 euros.
Comer
Aunque a menudo pequen de turísticos, los numerosos restaurantes y tavernas de Plaka, a los pies de la Acrópolis, son la opción más atractiva para comer o cenar en Atenas. La cocina tradicional griega es de base mediterránea con influencias otomanas. Algunos platos típicos son la taramosalata, un paté de huevas de pescado mezcladas con yogur; las dolmades, hojas de vid rellenas de pasas de Corinto, arroz y piñones; los melitzanes, berenjenas rellenas de carne, cebolla y hierbas aromáticas. También la mousaka, una especie de lasaña de berenjenas; los keftedes, albóndigas de carne especiada, y la ensalada griega, que combina verduras, aceitunas y queso féta. Entre los vinos destacan el sorprendente retsina, blanco envejecido en barriles de pino con un intenso sabor a miera, y los blancos y tintos de Creta. Otra bebida muy popular es el ouzo, anís seco que se toma como aperitivo.
Información
- Oficina de Turismo de Grecia en Madrid (915 48 48 89; www.gnto.gr). Alberto Aguilera, 17. - www.gnto.gr. - www.web-greece.gr.

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