Columna
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Fin del fin de año

Riadas de gente vestida de negro, roperos colapsados, taxis apagados que pasan de largo. El fin de año es siempre el mismo. Esta noche trataremos, una vez más, de convertir el salto anual en una pirueta inédita, pero la ritualidad de las uvas, la cena, Ramón García... anulará, no sólo el pálpito especial del tiempo, sino la singularidad del momento.

Todas las navidades son, en el fondo, iguales: la misma gente sentada ante el mismo cordero, los mismos programas de la tele con trajes de noche y confeti grabados un 12 de octubre (Café Quijano actuando en tres canales a la vez...). Pero el fin de año, al contrario que la Nochebuena o el día de Navidad, con vocación tradicional, pretende ser un momento único. La idea de estar viviendo la transición entre un año que no volverá y uno nuevo que nadie ha estrenado antes nos obliga a ser originales, nos impulsa a convertir la noche en un acontecimiento extraordinario, irrepetible. Pero esta noche volveremos a fracasar.

El cotillón sólo se diferencia del pasado en que ha aumentado su precio (y ahora está en euros), la fiesta de esta noche puede prometer más alcohol y por fin un aparca, pero en el fondo nada variará respecto al año anterior. La borrachera memorable, la consumación de un anhelo sexual gestado a lo largo de todo el curso, volverán a ser deseos frustrados en la madrugada, cuando el sol vele los sueños y las fantasías, y nos descubra, un año más, mendigando a un amigo un viaje a casa o a un camarero unos churros calientes.

Con la edad vamos comprendiendo que el fin de año traicionará sus excepcionales promesas. Preñar la noche del 31 de diciembre de pronósticos fabulosos, de magníficos favores concedidos por el alcohol, las mujeres o los amigos engendrará un aborto amoroso y estomacal. Al cumplir años vamos desmitificando la programada orgía por la clausura o la inauguración de los ciclos, comprendemos que la vida pasa páginas u ofrece celebraciones ajenas al calendario. En la adolescencia ignorábamos por qué nuestros padres no se excitaban al ritmo de las tetas de Sabrina o de las gracias de Martes y Trece. No entendíamos cómo podían permanecer impasibles en el sillón tras tragarse las uvas (si es que se apuntaban al atracón) y bostezar cuando nos veían vestirnos para salir. Algunos amigos con la corbata torcida y los granos recién reventados aseguraban antes de entrar en los oscuros garitos de pago que sus viejos se habían ido a acostar antes de los cuartos.

El fin de año, como un reencuentro con una novia o un gran partido de fútbol, es más emocionante cuando se aguarda que cuando se consuma. Rara vez la realidad está a la altura de las expectativas. Quizá en los adultos (me refiero a la gente más cercana a la excursión a Benidorm en marzo que a la que ha perdido el último tren del interrail) se haya desvanecido incluso el arrebato previo al cambio de año. A la mayoría de los jóvenes, ya desengañados de la supernochefindeaño, aún se nos acelera el corazón cuando baja la bola de la Puerta del Sol, aunque luego, cuando retorna la conexión al esternón desnudo de Ana Obregón y nuestra madre ordena recoger la mesa antes de que nadie se largue de casa, la poca magia remanente se desvanezca.

Cuando en la noche de fin de año ya te ves algo mayor para pegarte por cubatas de las barras libres y aún no tan avejentado como para hacer cola en pijama con tu abuelo a la puerta del baño, las fiestas privadas son la alternativa. Alguna pareja de amigos se ha currado unos canapés y unos discos de los ochenta. A la hora de partir a esas reuniones muchos jóvenes se avergüenzan secretamente de sentirse cansados y miran a sus mayores con envidia y resentimiento cuando anuncian que se van a la cama sin hacer la digestión de las uvas. Pero el chaval no puede dejar de celebrarlo: ha acabado un año, ha empezado otro, la noche es joven y todo eso.

Mañana, cuando el adolescente se levante después de comer, le contará a sus padres y a los conocidos que asistieron a otras fiestas y que su experiencia nocturna fue inolvidable. Fanfarroneará con que se puso hasta el culo de todo (información transmitida únicamente a los amigos), que se rió hasta las siete de la mañana y que por fin besó a Vanessa. Pero Vanessa se despertará resacosa, con agujetas en las plantas de los pies y heridas debajo de los brazos por el escote palabra de honor. El lipstick "efecto mojado" intacto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 30 de diciembre de 2002.