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Reportaje:

El rock del Mono

Germán Burgos, portero del Atlético, presenta su nuevo disco con un concierto

"¿Nervioso? Chaval, yo he jugado en Maracaná ante 90.000 tipos furiosos". Germán Adrián Ramón Burgos, The Garb, El Mono, párpados ligeramente coloreados por un maquillaje gris fantasmal, macarra de estrecho pantalón negro, camiseta oscura de media manga cortada a la altura de un alambre de espino tatuado, collarín de pinchos y botas de rock, se mueve tranquilo con un café con leche entre los cientos de botones y palancas de una mesa de sonido. Burgos, que como se gana la vida es de portero del Atlético de Madrid, supervisa todos los detalles con minuciosidad. Las luces empiezan a perder intensidad, el foco principal ya ilumina el escenario, el micrófono abandonado en una esquina reclama a su legítimo dueño: el show debe comenzar.

"¿Nervioso? Chaval, yo he jugado en Maracaná ante 90.000 tipos furiosos"

Burgos, confeso admirador de los Rolling Stones, eterno tarareador solitario de blues y boogy, presenta el tercer disco de su banda, Líneas calientes, en la sala María Morena, de Las Rozas, a un pequeño paseo de Madrid capital. "La música es de noche, el fútbol de día", dijo el rockero-portero argentino una vez más. Y ayer, tocaba música. Eran las diez de la noche y todavía sonaban tangos de fondo. El Mono tensaba los músculos y recogió el micrófono del suelo.

Y el telón, translúcido, se levantó, eso sí, con el retraso propio de los divos del rock and roll. Ya estaban en la sala sus compañeros de equipo José María Movilla y Fernando Torres. También el mítico portero argentino El Loco Gatti, con el que luego se fundió en un sonoro beso. El Mono, desde el primer momento, se apropió del centro del escenario y se contorneó al ritmo de la música, mirándose en el espejo de su ídolo Mick Jagger. El público, siguiendo los cánones del género, movía la melena adelante y atrás. Burgos regaba de gotas de sudor a los espectadores de las primeras filas, y poco antes del descanso sacó a una muchacha "a bailar rock and roll". El concierto también incluyó temas de sus dos primeros trabajos.

Mucho antes, a las doce del mediodía, con el sol en lo más alto, Germán Burgos se reunió con sus músicos. Dos de ellos, importados de Buenos Aires, Óscar Kamienomosky, a la guitarra, y Walter Sidotti, el batería. Junto a ellos también estaba el bajista catalán Gustavo Tonés. Los cuatro se habían reunido para probar el sonido de la sala y repasar los temas de su repertorio. Kamienomosky y Sidotti tocan con Burgos desde hace ya cuatro años y han participado en sus dos discos anteriores, Fasolera de tribunas y Jaque al rey.

La prensa se movía inquieta ante la estrella. Había reporteros de revistas de rock duro, la especialidad de The Garb, como Kerrang! o Heavy Rock. Y es que la salsa que le gusta mezclar al argentino es la del guitarreo contumaz, coloreado por una voz de blues.

Una voz que reconoce que su vida, su pasión, es la música negra, pero que sólo se puede dedicar a ella en vacaciones. "Soy un profesional del fútbol y el rock es demasiado intenso para compaginarlo con el balón", dijo.

A pesar de los estudios de inglés del argentino, profesor de esa lengua, las letras de sus canciones son en español. Las del último disco hablan de Madrid, su ciudad de residencia en los dos últimos años y con la que mantiene una relación muy especial. Las melodías surgen de la cabeza, coronada por una lacia mata de pelo que le llega más abajo de los hombros, "en la ducha, o en un café, o conduciendo, qué sé yo, en cualquier lado". Entonces, El Mono rebusca en los bolsillos su teléfono móvil y le susurra al auricular la tonada, mientras el contestador de su casa registra la canción. "Es que no sé escribir música", explicó con una de sus risotadas habituales el futbolista cantante.

"Esto, la música, es mi destino cuando el fin biológico del fútbol me retire. B. B. King o John Lee Hooker, duraron en la música muchísimo tiempo", precisa El Mono, citando a sus referencias, aunque reconoce que el rock sólo podrá ser su vida si lo que hace "es bueno; si es una mierda, no podré cumplir ese sueño".

"Nunca voy a dejar de ser el hijo del peluquero. Voy al water como todos, me afectan las cosas que pasan y las devuelvo en música", dijo El Mono antes de soltar la última carcajada y subirse al escenario, clavar los tacones en el suelo y atronar la sala con el látigo del rock and roll.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 27 de diciembre de 2002