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Segunda División | MODESTOS CON HISTORIA | FÚTBOL

La dura vida de Calle

El goleador del Xerez trabajaba a los 19 años como mozo de carga

Antonio Sánchez de la Calle, futbolista del Xerez, ha sido hasta hace una semana el máximo goleador de la Segunda División. Un momento de gloria para alguien que ha conocido lo que significa ganarse la vida de verdad, sin facilidades, como un obrero más. Antes de destacar en el fútbol, este madrileño de Móstoles, de 24 años, se dejó media espalda subiendo y bajando piezas de ascensor para una empresa. Lo mismo tenía que cargar con parte de una cabina que con un motor. La cuestión es que sus músculos dorsales no soportaron tanto peso.

Hoy todavía sufre dolores en los desplazamientos largos, cuando las butacas del autobús se hacen demasiado pequeñas y no encuentra la posición adecuada. "Me hicieron unas pruebas médicas y me detectaron una desviación en la columna. Algunas piezas eran demasiado pesadas y, claro, si el ascensor se estropeaba en el último piso, había que subir todas las escaleras", comenta Calle mientras baja, poco a poco, el tono de su voz, tratando quizá de diluir los malos recuerdos. Entonces tenía 19 años y compaginaba su labor como mozo con los entrenamientos en la cantera del Rayo Vallecano.

Su familia no pensó en ningún momento que dedicarse al fútbol fuera la panacea ni que le fuera a esperar un camino expedito. Por eso no le quedó otra que madurar en un puesto de trabajo que no entiende de edades y sí de sacrificio antes que hincar los codos y sentarse a la luz de un flexo. "Mi padre me decía que llegar a ser alguien en el fútbol era muy difícil y por eso busqué un trabajo. Además, a mí no me gustaba estudiar, con lo que no tenía otra salida. Gracias a mi hermano, que me apoyaba mucho, no lo dejé". Ahora cualquier sacrificio le parece poco comparado con aquella experiencia, que no es otra que la que lleva mucha gente día a día. "Me levantaba a las seis de la mañana y a las seis de la tarde iba a entrenarme. Al final, llegaba muerto", confiesa el delantero con orgullo, como si fuera consciente de que haber estado en el otro lado le ha sellado a fuego el carácter de los luchadores.

Su trayectoria deportiva es, de alguna manera, un trasunto de su experiencia vital. Hasta en cuatro equipos de Segunda B ha jugado: Fuencarral, Amorós, Talavera y Onda: "No es que esta categoría sea dura, que lo es, sino que es tremendamente difícil destacar ahí".

Pero en el mercado de invierno del año pasado comenzó a valer la pena tanto esfuerzo. El Xerez le dio la oportunidad que estaba buscando. Podría borrar de un plumazo aquellas interminables escaleras y esos motores tan pesados. Al final, jugó 16 partidos y consiguió dos goles. Unas figuras poco deslumbrantes, pero que le sirvieron para cimentar un futuro próximo.

Al inicio de la presente campaña no era el segundo delantero, ni siquiera el tercero. Bernd Schuster se decantaba por Deus, Pineda y Mena a pesar de que contra el Albacete, en la quinta jornada, fue capaz, saliendo a falta de nueve minutos, de dar la victoria a su equipo. Sin embargo, dos derrotas consecutivas, con el Ejido y el Salamanca, en casa hicieron que el alemán se replanteara su pizarra. Los andaluces jugaban en Córdoba y Calle fue titular. El Xerez venció por 1-3 y él marcó un gol. Desde entonces lo ha hecho en otras cuatro ocasiones: dos contra el Levante y uno contra el Murcia y el Tenerife.

El trasiego con los ascensores le ha curtido para siempre en lo que a madurez se refiere, pero futbolísticamente no le ha servido para nada. Podría haberle fortalecido físicamente. Pero ni eso. "Me permitió tener buenos brazos, pero nada más. Eso vale de poco a la hora de tocar el balón", explica.

Calle no recuerda con resquemor aquella época. Prefiere mirar hacia adelante. Hasta que cuando se acomoda en el asiento del autobús un pinzamiento en la espalda le retrotrae a un pasado demasiado duro para un chaval de 19 años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 16 de diciembre de 2002