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VISTO / OÍDO

La fiesta del día

Celebrar el Día de la Constitución parece renegar del tiempo anterior de la dictadura y celebrar las nuevas normas de vida en común. Me quedo al margen de esa alegría. La dictadura se cuajó de leyes fundamentales o Principios del Movimiento, y simples órdenes de jefes. Comenzaron a reformarse según el legislador, Franco, veía cambiar el mundo y trataba de sobrevivir: lo consiguió. Fue un caso admirable de instinto personal de supervivencia. Comprendí que las leyes se hacen a la medida del gobernante; incluso la máxima, la Constitución, la "Carta Magna", como dicen algunos y supongo que saben de qué hablan: Carta Magna es aquella que el Rey concede a sus ciudadanos, no la que éstos elaboran. Aquella Constitución con la que hoy nos regodeamos fue un compromiso entre el franquismo y el antifranquismo, y resultó de derechas. Los compromisos son de derechas, las conquistas del pueblo son de izquierdas. La Consti nos colocó el Rey que juró los Principios del Movimiento, con tanta lealtad que durante los primeros tiempos de su reinado con personajes como Fraga -el chapapote-, Arias Navarro -Carnicerito de Málaga, por el apodo que le dio el periodista Cerecedo por las penas de muerte que firmó y confirmó cuando entró en Málaga- y Areilza, del que conviene ni siquiera recordar el discurso que hizo como alcalde de Bilbao. Y otros. No prevaleció, por la gente y por el extranjero que explicaba que hay que cambiar todo para que todo siga igual (Lampedusa). Fue la Consti que inició un proceso de autonomías y de nacionalismos y encargó al Ejército que guardara la unidad de España. Y no digamos el derecho al trabajo o a la vivienda.

Bien, sirvió: ellos dicen que nos ha servido para vivir bien durante veinticinco años, y yo limitaría el número de personas que han vivido bien, y a quienes ha traído la pobreza. ¿La Constitución? Quienes la aplican. Y quienes juran y prometen que es un texto sagrado: mientras las de otros países se reforman, se adaptan, se aplican a la vida real. Hasta el catecismo de la Iglesia católica ha cambiado dos veces en el tiempo en que nuestra Constitución se solidificaba.

¡Qué transición! Todavía la estudian en otros países como modelo; y es que no saben nada. O quizá que para ellos sería algo mejor que la peste política que les invade.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de diciembre de 2002