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COLUMNA

Estrategia para España

El presidente George Bush viaja a Praga a la cumbre de la Alianza Atlántica que se celebrará los días 21 y 22 para considerar la candidatura de siete nuevos miembros -Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Eslovaquia, Rumania y Bulgaria-, encontrar una nueva forma de asociación con Rusia, trazar nuevos caminos para la cooperación con los países de la región mediterránea y con las ex repúblicas soviéticas -en especial las de Asia Central y el Cáucaso-, proceder a una revisión de la identidad de la OTAN y definir mejor el papel que se propone desempeñar en la escena mundial. Pero, en contra de lo que ha escrito el presidente de la República Checa, Vaclav Havel, en Praga será innecesario reconsiderar los actuales procedimientos internos de toma de decisiones. Porque, frente a las dificultades observadas, por ejemplo, en el seno de la UE, donde es tan arduo el debate sobre la mayoría o la unanimidad, en la Alianza -maravillas del liderazgo- nunca ha fallado el consenso en torno a las iniciativas suscitadas por Washington.

Todo está preparado en torno a la apoteosis de Bush. Pero conviene recordar que las decisiones de Praga tienen como antecedente el nuevo concepto estratégico, que describe los objetivos de la Alianza y los medios militares y políticos para alcanzarlos, incluida la iniciativa de capacidades de defensa, adoptado en la cumbre de Washington en 1999 después de la campaña de Kosovo. Dos años después, los atentados del 11 de septiembre han conducido a implicar a la Alianza en una campaña antiterrorista de alcance mundial. A comienzos de los ochenta, cuando España debatía sobre su pertenencia a la OTAN, Fernando Morán escribía sobre la militarización del pensamiento político y ahora estamos asistiendo a la militarización de la lucha antiterrorista patrocinada por Estados Unidos. El primer episodio ha sido el de la libertad duradera (Enduring Freedom), es decir, la guerra de Afganistán concebida como una guerra limpia, sin bajas propias, capaz de causar daños ingentes sobre un territorio y una población inerme, pero de la que, sin embargo, ha salido ileso el verdadero adversario, Osama Bin Laden.

Las propuestas clave de Praga tienen que ver con el desarrollo de un concepto militar para la defensa contra el terrorismo, así como de las bases para una más detallada doctrina en este campo y la adaptación de las estructuras y capacidades para enfrentar la amenaza planteada por este fenómeno. Es sabido que en la capital checa los jefes de Estado y de Gobierno determinarán un plan de acción que incluye dotarse de capacidades militares específicas en el ámbito de la lucha contraterrorista. Pero, llegados aquí, España debería hacer valer su amplia experiencia en semejantes inutilidades, averiguada desde mucho antes de que en 1979 el general Antonio Ibáñez Freire, ministro del Interior a la sazón, dijera aquello de que encontraría a los terroristas, recientes autores de un atroz atentado, aunque se escondieran en el centro de la tierra. Una frase que, por cierto, adoptó de modo literal el presidente Bush a raíz del 11 de septiembre, con la misma falta de resultados.

No se matan moscas, aunque sean portadoras de un veneno letal, a cañonazos ni sirve de nada como tenemos leído en la Biblia dar coces contra el aguijón. Las Fuerzas Armadas españolas tienen una misión bien definida en el artículo 8 de la Constitución y son inservibles para la lucha antiterrorista. Entonces, ¿cómo explicar su implicación en el plano contraterrorista de la Alianza y al mismo tiempo su exclusión por lo que toca a nuestro país? El terrorismo requiere un análisis más fino y además, como explicó en un seminario internacional sobre defensa de la Asociación de Periodistas Europeos celebrado en junio de 2001 Salomé Zourabichvili, subdirectora de Asuntos Estratégicos, Seguridad y Desarme del Quai d'Orsay, "será necesario reflexionar, porque la contrapartida de una guerra limpia, sin riesgos, que inflinja gran daño al adversario, es que éste, sintiéndose por completo inerme, busque los medios de respuesta más sucios para devolver el daño". En definitiva, se impone advertir que las mayores amenazas para una potencia ya no proceden del poder de otras potencias, sino de la desesperación de los más débiles. Y de regreso a España veremos si nos atenemos a nuestra experiencia a la hora de la revisión estratégica en curso o si optamos por el mimetismo irreflexivo de lo que se adopte en Praga.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de noviembre de 2002