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Crítica:ANTONIO VEGA | POP

La belleza de lo inestable

Con el habitual intercambio de comentarios acerca del aspecto y la salud del ídolo, su fiel grey volvió a reunirse para disfrutar, una vez más y de cerca, la singular belleza de lo inestable. Porque con Antonio siempre parece necesario preguntarse por cómo tendrá la noche. De momento, un rato antes de comenzar, tres canciones se habían borrado como por arte de magia de la lista del repertorio, de modo que ya no cuadraban las cuentas con el número de cortes del disco que venía a presentar, Básico, que contiene varios de sus éxitos y dos canciones nuevas. Pero Antonio, como los grandes toreros, fue de menos a más y, en cuanto prendieron los aplausos, su figura cerúlea adquirió el tono de resplandor del mito.

Antonio Vega

Antonio Vega (voz y guitarra), Ricardo Marín (guitarra), Billy Villegas (bajo), Angy Bao (batería) y Gaby Sceni (coros). Sala La Riviera. 20 euros. Madrid, 7 de noviembre.

Antonio comenzó con poquita voz e interpretando Atrás. La gente respondió con cariño y comenzó a crecerse y a coger confianza, con el apoyo de una excelente banda de acompañamiento. Lo que tu y yo sabemos y El sitio de mi recreo precedieron a la aparición de una de las sorpresas de la noche: la aparición del trío Ketama para interpretar junto a Antonio Se dejaba llevar. Después seguirían su camino Álvaro Urquijo, de Los Secretos, para tocar Desordenada habitación, y el joven cantautor Tontxu, quien cantó con Antonio Seda y hierro. El tramo de la despedida del concierto incluyó, ya con el solista con la fibra más robusta, verdaderas piezas de arte sonoro como Elixir de juventud, Chica de ayer, Una décima de segundo y Lucha de gigantes, con la que Antonio Vega tuvo que salir a conceder un tercer bis, porque, si no, la gente no se iba a casa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de noviembre de 2002