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COLUMNA

'Electroshock'

'A veces, las realidades más complejas se pueden comunicar mediante melodías muy sencillas'. Lo dice Michelle Shocked, la cantante norteamericana que iba a venir a España a presentar su último disco, Deep Natural. Shoc-ked no se llama Shocked, pero cambió por esa palabra, que en español literal se traduciría 'chocada', el muy inglés apellido Johnston. Lo hizo después de haber pasado por el hospital psiquiátrico en el que, dicen, la encerró su madre. Se deduce, pues, que en EE UU todavía aplican electroshock a los pacientes que ingresan en sus centros de salud mental. Los electroshocks fueron durante muchas décadas los expeditivos tratamientos que recibían las personas aquejadas de ciertos problemas de tipo psiquiátrico; unas cuantas descargas eléctricas en el sistema neurológico y el paciente se quedaba tan atontado que perdía hasta su capacidad para la locura: hace falta energía para ser loco. La gran poeta Silvia Plath, también estadounidense y autora de Ariel, cuenta en La campana de cristal su experiencia con los electroshocks: una espiral de humillación y anonadamiento, de dolor y perplejidad, un túnel de despojada oscuridad que, por cierto, no le evitó el suicidio: más bien lo propició esa carrera de protones, ese aceleramiento de neutrones hacia la aniquilación.

En las últimas décadas, la nueva psiquiatría ha ido desestimando, por inhumano e ineficaz, el tratamiento con descargas eléctricas, pero a Michelle parece no haberle llegado la renovación. La cantante de Dallas, activista antisistema, deja claro cuáles son las consecuencias de esa violentísima agresión perpetrada por los canales de control y represión del sistema: no volver a ser la misma, ser otra con otro apellido, sólo seguir siendo Michelle, la íntima, la del nombre propio que apenas puede arrebatar el propio final.

La descarga eléctrica ha sido también un clásico de la tortura policial, un método habitual de la violencia política. Así como en Norteamérica se aplica religiosamente a los presuntos o supuestos enfermos mentales, en la América del Sur más oscura y militar se ha ido aplicando religiosamente a los presuntos o supuestos subversivos.

Dicen que la familia de Michelle Shocked profesa estricta e intolerante fe; dicen (Fernando Neira, EL PAÍS, 21 de octubre de 2002) que el último álbum de la cantante es 'un manifiesto para el ecologismo, el amor y la resistencia frente al sistema materialista imperante'. No parece extravagante deducir que los métodos de intervención psiquiátrica son políticos, así como los métodos de represión política son de locos.

Michelle está tan loca que hace una llamada al amor (a esta chica hay que aplicarle unas descargas). Michelle está tan loca que lanza un grito de socorro por la naturaleza (a esta chica hay que aplicarle unas descargas). Michelle está tan loca que se atreve a despreciar el materialismo (como una regadera: a esta chica hay que aplicarle unas descargas). Michelle se ha salido varias veces de la normativa del sistema, y ha vivido como okupa en edificios abandonados, y ha grabado discos en pleno monte, y es medio ácrata y feminista, y defiende el aborto, y tiene pinta de bollera, y se ha enfrentado a su discográfica, y defiende a los artistas: Michelle es una subversiva y se tenía más que merecido el tratamiento con electroshock. Qué peligro, si no, para el sistema.

Michelle iba a venir a Madrid y hacer sus entrevistas con la prensa en los andenes de la estación de metro de Chueca. Quizá esos túneles tengan para la cantante reminiscencias del estruendo interior de las descargas; quizá esa oscuridad sea parecida a la que dejaba los párpados caídos; quizá haya en el aroma de ese aire caliente y subterráneo algo del olor acre de los electrodos; quizá en el sonido chirriante contra los raíles quede un recuerdo de la piel irritada. O quizá, simplemente, Shocked fuera a bajar a dar entrevistas al metro de Chueca porque en el metro viajan las personas de a pie, porque su mapa es el auténtico esquema arterial de Madrid, aquel por el que corre la sangre loca y subversiva de la ciudad. Y porque Chueca es el centro de liberación de un amor tantas veces sometido al castigo de la descarga eléctrica.

Lástima que haya cancelado su visita.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 25 de octubre de 2002