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Crónica:FÚTBOL | Sexta jornada de Liga

Trepidante empate en el Calderón

El Atlético puso el esfuerzo y el Valencia se mostró como un equipo más hecho

El Valencia es un equipo enorme. Hoy por hoy de una dimensión inalcanzable para muchos de los de su curso. Por ejemplo, para el Atlético, que todavía a estas horas estará intentando encontrarle una explicación al resultado. A cómo no ganó un partido en el que lo intentó todo, en el que le buscó todas las vueltas posibles a la estructura de su rival, en el que alcanzó casi, casi su mejor versión. El Atlético arrojó todo lo que tiene sobre el Calderón, pero la realidad es que eso es menos de lo que posee el Valencia, incluso en uno de sus días aparentemente más discretos.

El Atlético jugó contra una especie de hermano mayor. Ya podía pegar y pegar, que el Valencia casi ni se movía. En cambio, cuando éste soltaba la mano, el Atlético se llevaba un susto mayúsculo. Ya en el primer tiempo, que aparentemente fue del Atlético, el Valencia se fue con ventaja. El Atlético tiró de fe y velocidad, de dejarse la vida en cada jugada, pero le costaba un mundo herir al rival. Al Valencia, en cambio, le bastaba un amago para provocar un susto de muerte en las inmediaciones de Burgos.

Es el Valencia un equipo hecho, una colección de virtudes por las que es difícil colar algún defecto. En defensa es una roca, hace la elaboración de memoria, con rapidez y lógica, y dispone de numerosos y variados argumentos en ataque: la llegada de Baraja, las eses de Vicente, la fantasía de Aimar y el cuerpo de Carew. Además, el equipo de Benítez es listo, lo que le permite causar destrozos en el bando enemigo a la mínima.

El Atlético tiene mucho menos. Aunque ayer, el mayor brillo le llegó de sus piezas a priori más secundarias. De Santi, que estuvo sensacional junto a García Calvo, aguantando el tipo en los combates cuerpo a cuerpo que proponía Carew y anticipándose siempre a Aimar, que dejó su calidad en algunas acciones pero vivió una noche complicada. Y de Nagore, extraordinario en la recuperación de la pelota y en la distribución del primer pase.

Los galones del Valencia, esposado como estaba su fuente más natural de fútbol, los asumió Baraja, que volvió a impartir una lección de jugador total: roba, no se descoloca jamás y llega. Todo, con un acento competitivo fuera de lo común. Pero junto a Baraja, todo el Valencia sabía exactamente lo que debía hacer y cómo generar juego y peligro sin complicarse la vida, con pases sencillos pero rebosantes de sentido común. Liderados por Santi y Nagore -ayer, junto al Movilla más fallón que se recuerda-, arropados por la euforia de la hinchada, a la que los goles del Racing habían dotado de un plus de motivación, y armados de grandes dosis de corazón, los de casa llegaron media docena de veces hasta Cañizares, que, por si le faltaba algo a un conjunto muy próximo a la perfección, estuvo enorme, salvo en el gol. Intentó el Atlético descolocar a un rival que se sabe las dimensiones del terreno al dedillo, abriendo mucho el campo y moviendo la pelota de lado a lado con la mayor celeridad posible.

Al Valencia le costó volverse hermético, dejó espacios por una vez pero reunió la misma cantidad de oportunidades de gol. No necesitó del mismo esfuerzo para llegar a ellas. Eso sí, también se estrelló ante un portero con mayúsculas, el Mono Burgos. Sólo falló una vez el argentino, y claro, el Valencia, que está atento a todo, no perdonó. Pifió Burgos y como si se la hubiera imaginado previamente, por allí irrumpió Baraja para marcar el 0-1.

Luis Aragonés le dio otro giro de tuerca a su alineación tras el descanso. Sacó del campo a Aguilera y Luis García, que se estaban apagando tras un arranque esperanzador, y dio entrada a Contra y Correa. Lo más importante de la variante fue que Fernando Torres, aislado y apresado en el eje del ataque, retrasó su posición para descorchar su potencia y velocidad.

La medida reforzó la sensación del Atlético de mando sobre el partido. Pero la realidad volvía a contar lo mismo: que uno y otro equipo llegaban al mismo sitio, la portería rival, más o menos las mismas veces. Aunque por diferente camino: el Atlético después de intentar una y otra vez desmontar el infranqueable entramado que tenía enfrente; el Valencia, por la claridad y calidad de su fútbol.

Al final, el Atlético encontró recompensa de la manera más inesperada, con un tiro lejano de Nagore que se comió Cañizares y que Javi Moreno terminó empujando a la red. El empate disparó al Atlético y a su hinchada. Y al Valencia, al fin, se le vio sufrir. Siguió descolgando ataques de vez en cuando como quien cose, pero ya tuvo que recurrir a ciertas dosis de violencia para seguir de pie.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de octubre de 2002