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La sombra del KGB

'La huella roja. Historias de la Rusia postsoviética en el cambio de milenio' . Península. Luis Matías López fue corresponsal de EL PAÍS en Rusia y los países de la antigua URSS entre 1997 y 2001, una época marcada por la crisis económica y social, el hundimiento del submarino 'Kursk', la segunda guerra de Chechenia y la transición en el Kremlin, de Yeltsin a Putin. En estas páginas se publica un extracto del capítulo dedicado al rastro que ha dejado en Rusia el KGB.

Con uno de los suyos, Vladímir Putin, en el Kremlin, los espías rusos celebraron el 20 de diciembre de 2000 con más fanfarria que nunca desde los tiempos de Yuri Andrópov (a quien, por cierto, idolatraba el actual presidente), el Día de los Órganos de Seguridad, que conmemora la fundación, en 1917, de la Comisión Extraordinaria para Combatir la Contrarrevolución, el Sabotaje y la Especulación. En corto, la Cheka, que más tarde se llamó OGPU, NKVD y KGB. Mientras la URSS saltaba en pedazos, el KGB se partió en cuatro. Los más sustanciosos son el SVR (espionaje exterior) y el FSB (seguridad interna). El ex primer ministro Yevgueni Primakov dirigió el primero. Vladímir Putin, el segundo hasta que Borís Yeltsin le catapultó al Gobierno en 1999.

'La huella roja. Historias de la Rusia postsoviética en el cambio de milenio'

Luis Matías López Península

Si Yeltsin tenía una corte de los milagros con los oligarcas moviendo los hilos, su sucesor, Putin, decidió rodearse de economistas liberales de sus tiempos de vicealcalde de San Petersburgo

Ivanov nunca se atrevería a decir que es o fue un espía perfecto porque eso supondría hacer sombra a su mentor, Putin, al que sus hagiógrafos coronan con esa aureola

En tiempos soviéticos, la fiesta se conocía como Día del Chequista, y no se decía que, además de defender a la URSS de la amenaza exterior, torturaban y asesinaban a millones de personas

La fiesta estuvo marcada por una exposición de fotografías y documentos de agentes y casos clave, una recepción en el Kremlin, la entrega de premios y condecoraciones y la edición de un disco titulado Su difícil trabajo se llama espionaje.

La grabación era una edición especial sólo para agentes, futura joya de coleccionistas, que recogía temas compuestos e interpretados por espías, pero también por artistas consagrados como Iosif Kobzon (el Frank Sinatra ruso), que cantaba cosas como ésta: 'He visto muchos países con un rifle en la mano, pero nunca hubo una tristeza mayor que vivir lejos de ti', o sea, de Rusia. No faltaban otros títulos curiosos, como: Completando la tarea; El lema del espía; Profesión, espía; Espionaje, patria y honor, y Aquí llega tu amigo de una misión secreta.

En tiempos soviéticos, la fiesta se conocía como Día del Chequista, y no se decía una palabra de que, además de defender a la URSS de la amenaza exterior, los órganos perseguían, torturaban y/o asesinaban a millones de personas, incluidos comunistas que se ganaron la inquina de Stalin.

Con la nueva Rusia, muchos agentes aprovecharon su experiencia y sus conexiones para hacer buenos negocios, sobre todo con empresas privadas de seguridad. El propio Putin, que llegó a teniente coronel tras 16 años de servicios, fue vicealcalde de su San Petersburgo natal, de donde saltó a la gran política de Moscú. Nunca renegó de su paso por el KGB. Al contrario, aún lo considera timbre de gloria. Y al llegar al Kremlin, colocó a varios ex camaradas en puestos clave.

Los hombres de los servicios de seguridad estaban hartos de que se les pintase como los malos de la película. Por eso, en el 83º aniversario de la fundación de la Cheka por Félix de Hierro (el nombre de guerra de Dzerzhinski), y con permiso de Putin, sus jefes salieron a la palestra. El director del FSB, Nikolái Pátrushev, aseguraba, en Komsomólskaya Pravda, que los órganos debían estar orgullosos de su contribución positiva a la sangrienta historia soviética, independientemente de lo 'amarga y trágica' que ésta fuese.

Según él, pese al fin de la guerra fría, los espías extranjeros seguían actuando en Rusia. La condena unos días antes del norteamericano Edward Pope por comprar los planos de un nuevo torpedo era la enésima prueba de que los órganos aún seguían siendo útiles. Hasta entonces, decía Pátrushev, los 'espías-empresarios' podían adquirir por cuatro chavos tecnología fruto del esfuerzo de miles de personas, pero 'eso se acabó'.

Por su parte, Serguéi Lébedev, jefe del espionaje exterior (SVR), dio la nota positiva al destacar que se trabajaba con Occidente para combatir enemigos comunes como el narcotráfico, el terrorismo y la proliferación de la tecnología nuclear. Lébedev describió así al espía perfecto: 'Un agente en quien se pueda confiar, noble, fiel a su patria y a sus compañeros'. Una labor dura, no apta para las mujeres, a las que se excluye del trabajo operativo.

No todo el mundo ve a los herederos del KGB bajo este amable prisma. Políticos liberales y organizaciones defensoras de los derechos humanos creen que, con Putin, hay una irrefrenable tendencia a utilizar los órganos para combatir a los enemigos del Kremlin. El sociólogo Borís Kagarlitski se lamentaba de que no existiese una estructura democrática capaz de controlar a la policía secreta. El ex teniente coronel del KGB Konstantín Preobrazhenski aseguraba, por su parte: 'El miedo ha vuelto a Rusia'.

Fiesta privada

Esa misma noche fui a cenar con mi mujer; el cónsul general de España, Melitón Cardona, y su mujer, Maite, al restaurante Samovar. No fue fácil conseguir mesa porque el establecimiento se había reservado por completo 'para una fiesta privada', pero nos comprometimos a terminar antes de las once y eso salvó el escollo. Efectivamente, el local estaba vacío, excepto una mesa en la que había cinco hombres de mediana edad, un pianista y una cantante que le pegaba duro a canciones tradicionales rusas y arias de ópera.

Uno de los hombres, que nos oyó hablar en español, se acercó a nuestra mesa, se acuclilló y, con el rastro inconfundible en su voz de haber trasegado cuando menos media botella de vodka, se presentó como Serguéi y nos habló con entusiasmo de Barcelona y de su gente, sobre todo de sus 'guapas mujeres'. Viajaba allí con frecuencia, nos dijo, como empresario del transporte, hizo que la solista nos cantase Granada, nos invitó a una copa y, cada vez más desinhibido, nos dijo que trabajaba para el consulado ruso en la Ciudad Condal. Se encontraba en Moscú, añadió, celebrando, desde hacía ya tres días, una gran fiesta con los compañeros de su empresa.

Para entonces, por supuesto, se nos había encendido la lucecita roja, pero, desgraciadamente, funcionaron también los reflejos de nuestro improvisado contertulio. Aunque no le confesamos quienes éramos ('simples turistas'), nuestras preguntas y el hecho de que, mal que bien, nos manejábamos en ruso, despertaron sus sospechas. La borrachera incipiente se disipó de golpe. Se despidió cortésmente y ya no regresó.

La cosa estaba clara. Se celebraba la fiesta de los espías. Sus compañeros de juerga, que comenzaron a aparecer mientras nosotros abandonábamos el restaurante, llegaban directamente de la sede del FSB en la plaza de la Lubianka, a unos minutos a pie del Samovar. Y el amigo Serguéi demostró con su comportamiento que los espías rusos ya no son lo que eran, sobre todo cuando se relajan y le pegan a la vodka.

Que los tiempos estaban cambiando se puso también de manifiesto tres meses después, el 30 de marzo de 2001, cuando el antiguo KGB entreabrió sus puertas, al menos las de su museo, a un grupo de corresponsales extranjeros.

Prohibido sacar fotos y grabar

Prohibido sacar fotos y grabar las explicaciones del guía, todo un coronel del Servicio Federal de Seguridad (FSB) que facilitaba su nombre de pila, Valeri, con tanta reticencia como si se tratase de un secreto militar. Claro que éste no es un museo cualquiera, sino el del FSB, aunque todo el mundo lo conozca como del KGB, la siniestra policía secreta soviética. Es inútil buscarlo en las guías turísticas. Ninguna placa lo anuncia en la puerta, pero ahí está, en el corazón de Moscú, en la calle de Bolshaya Lubianka, pared con pared con la sede central del FSB.

En tiempos soviéticos, la sola mención del KGB o de sus antecesores infundía pavor. Sus sótanos registraron interrogatorios, torturas y ejecuciones de innumerables enemigos del pueblo. Todavía hoy suscita temor. Además de Putin, otro máximo dirigente del país más grande del globo fue jefe de los servicios secretos: Yuri Andrópov (fundador del museo), que sucedió a Leónid Breznev en noviembre de 1982, hasta que murió, en febrero de 1984. Otros dos han sido primeros ministros: Serguéi Stepashin (de la rama interior) y Yevgueni Primakov (de la exterior).

Otros jefes del KGB terminaron con un agujero de bala en la nuca. Como Yákov Peters, Nikolái Yezhov, Guenrij Yagoda y Laurenti Beria, que cayeron en desgracia con Stalin y fueron ejecutados sumariamente. Por no hablar de Viacheslav Menshinski, brillante y lleno de talento, que hablaba 19 idiomas y que murió en 1934 en circunstancias extrañas, tal vez envenenado.

Menshinski fue el sustituto de Félix Dzerzhinski, el fundador de la Cheka, cuya estatua monumental fue derribada por los manifestantes que se rebelaron en agosto de 1991 contra el fallido golpe de Estado comunista. El entonces jefe del KGB, Vladímir Kriuchkov, fue uno de los cabecillas de la intentona.

Aunque la estatua de Félix de Hierro fue desterrada en 1991 a un parque en el que no se sabe muy bien qué hacer con ella, la memoria de Dzerzhinski sigue siendo sagrada en este museo, en el que se exhiben su máscara mortuoria en bronce y su espartana mesa de trabajo.

Resultaba irónico que el veterano coronel chequista Valeri mostrase este singular museo incluso a periodistas norteamericanos, cuando aún estaba abierta la herida de la última guerra de espías entre Rusia y Estados Unidos, saldada con 50 expulsiones por cada bando.

El museo se utiliza todavía para la formación de los alumnos de la academia del KGB, para condecorar a agentes distinguidos y para tomar juramento a los nuevos. Pero ya tiene las puertas entreabiertas, como ese frío día de primavera para varios corresponsales extranjeros.

En el museo hay armas capturadas a espías enemigos (incluido un lanzacohetes oculto en una manga, con el que se pretendía asesinar a Stalin), rudimentarias emisoras de radio, minimicrófonos de última generación y transmisores vía satélite. Lo más notable es un sistema último modelo de pasar información: se graba en un disco compacto y, al pasar cerca de donde está un cómplice, se aprieta play y en una fracción de segundo llega al receptor. Más limpio y rápido, imposible.

Se recogen igualmente homenajes a héroes como el británico Kim Philby, los componentes de la Orquesta Roja (que actuó tras las líneas alemanas) y los que capturaron al británico Sydney Reilly. Hay un recuerdo especial para Nikolái Kuznetsov, el único espía que ha dado nombre a un planeta, venerado en Rusia por facilitar información que evitó un atentado en Teherán contra Churchill, Stalin y Roosevelt. Para no traicionar a los suyos bajo tortura, se suicidó antes de que le capturasen. Antes había matado a cinco generales alemanes.

No podía faltar, y no faltaba, una amplia exposición de cómo la URSS robó a los norteamericanos los secretos de la bomba atómica. Y un recorrido por sistemas de camuflaje de información en forma de piedra, rama o corteza de árbol, gafas, pipa, libro, lámpara, cañas, cuadros o zapatos. Como en cualquier película de espías que se precie, aunque se echaba en falta una de las más audaces (y sucias) operaciones del KGB: el asesinato de Trotski por el español Ramón Mercader.

Si Borís Yeltsin tenía una corte de los milagros con los oligarcas moviendo los hilos, su sucesor designado, Vladímir Putin, decidió rodearse de aquellos en quienes más podía confiar: economistas liberales de sus tiempos como vicealcalde de San Petersburgo y ex compañeros en las filas del KGB. Un hombre destaca entre todos ellos: Serguéi Ivanov.

'El otro Ivanov'

Cuando Yeltsin le nombró en 1999 secretario del Consejo de Seguridad, a Serguéi se le conocía como 'el otro Ivanov', para distinguirle del Ivanov por antonomasia, Ígor, ministro de Asuntos Exteriores. Pero ese momento queda ya muy lejano, y Serguéi Ivanov, convertido por arte de Putin, primero, en secretario del Consejo de Seguridad, y, más tarde, en ministro de Defensa, alcanzó un peso político que algunos analistas llegaron a considerar superior al del primer ministro, Mijaíl Kasiánov. Ya es, por derecho propio, Ivanov. A secas.

No es poco. Ivanov, en Rusia, es como García o Pérez en España. Y tal camuflaje de hombre corriente conviene a este veterano agente del KGB soviético, obsesionado por el secreto hasta el extremo de que el jefe de su mujer, economista de profesión, no supo durante mucho tiempo quién era el marido de su empleada, y de que el mismo anonimato rodeó a los dos hijos del matrimonio, ya mayores de edad, en la universidad en la que estudian. Él mismo ha dicho que, en la academia Andrópov del KGB, le enseñaron a pasar desapercibido y hablar bien y mucho, pero sin decir nada. Cuando se dice que no es brillante, se lo toma como un piropo.

Ivanov nunca se atrevería a decir que es o fue un espía perfecto porque eso supondría hacer sombra a su mentor, Putin, al que sus hagiógrafos coronan con esa aureola. Pero se muestra orgulloso de su etapa en el KGB ('sólo se elegía a la flor y nata de la sociedad'), donde alcanzó el grado de teniente general. Licenciado como intérprete en 1975 (habla inglés y sueco), conoció a Putin mientras ambos trabajaban en el KGB de Leningrado (hoy San Petersburgo) y nunca le perdió la pista, aunque no se veían con demasiada frecuencia.

Ivanov fue agente de campo en varios países de Europa (Finlandia, Reino Unido) y África (Kenia), escaló puestos en la jerarquía de la casa y, en agosto de 1998, aceptó la oferta de Putin, recién nombrado jefe del FSB, de ser su uno de sus lugartenientes. Durante más de un año, como jefe del departamento de análisis, pronósticos y planificación, fue el responsable de la información que los servicios secretos entregaban al Kremlin.

Acumulando poder

El 15 de noviembre de 1999, a petición de Putin (que ya había sido ascendido a primer ministro y delfín), Borís Yeltsin le nombró secretario del Consejo de Seguridad. Cuando su gran mentor tomó el relevo, Ivanov fue acumulando poder, más porque se lo dieron que porque él lo exigiese, sin que nunca surgiera la más mínima duda de que era un hombre ciegamente leal al jefe, cualidad que éste valora sobre todas.

El año 2000, con tan sólo 47 años, pasó a retiro como teniente general del KGB. La explicación, dijeron algunos kremlinólogos, es que el presidente pensaba catapultarle hasta el Ministerio de Defensa, a cuyo frente quería colocar a un civil para impulsar una reforma de las Fuerzas Armadas cuya necesidad resultaba ya escandalosamente obvia. Así fue, pero, hasta el mismo momento de su nombramiento, Ivanov negó que pasaran por su cabeza tales ambiciones, o cualesquiera otras, y tal vez era sincero. Si lo que realmente le importaba era el poder efectivo, él ya no podía aspirar a más. Era el indiscutible número dos, el más próximo a Putin, la única vara genuina de medir el poder.

La antítesis de los oligarcas

Ivanov es el ejemplo más claro de la nueva casta de altos funcionarios procedentes de los servicios secretos con los que Putin se siente a sus anchas para hacer efectiva su dictadura de la ley, que los críticos del nuevo orden dicen que tiene más de lo primero que de lo segundo. Austeros, discretos y aparentemente sin corromper todavía, son la antítesis de los oligarcas, los grandes magnates que mangonearon a su antojo en tiempos de Yeltsin y que luego fueron puestos en la picota.

Durante mis cuatro años en Rusia, la sombra del KGB no dejó nunca de estar presente. Incluso en la vida cotidiana. Diplomáticos y corresponsales no sabíamos nunca con seguridad si nuestros teléfonos estaban pinchados, si había micrófonos en las paredes del dormitorio capaces de convertir una infidelidad matrimonial en arma de chantaje o cuál era el tamaño del expediente personal en el FSB.

El que más o el que menos tomaba precauciones. Los diplomáticos se reunían en las seguras cámaras de Faraday de las embajadas cuando querían tratar cuestiones confidenciales, los periodistas intentaban no decir nada comprometedor por teléfono y, cuando los ruidos que llegaban a través de la línea resultaban especialmente sospechosos, mantenían humorísticas conversaciones con el escucha de turno. Hay quien dice que logró que le contestase.

Más que en la prudencia y la contención, se confiaba en que un país reducido a la pobreza no sería ya capaz de mantener el enorme y complejo entramado de espionaje con el que el régimen soviético vigilaba a los extranjeros y controlaba a sus nacionales.

Los mejores agentes se hartaron de sueldos miserables y se pasaron a la empresa privada, legal o no, montando firmas de seguridad o utilizando sus conexiones para entrar en negocios de todo tipo sin tener que pagar protección a ningún grupo mafioso. Otros, menos avispados, se contrataban como guardaespaldas o alquilaban su pistola al mejor postor. El pluriempleo también era frecuente: el sueldo fijo, aunque pequeño en los órganos, era la mejor recomendación para actividades mucho más lucrativas.

Con Putin, los servicios de seguridad crecían en medios y reconocimiento público. Como su presidente, los agentes recuperaban el orgullo de ser espías. Y, pese al fin de la guerra fría, se volvía a la obsesión por la infiltración de espías extranjeros. Las detenciones eran numerosas, con frecuencia teñidas de polémica, como las de ecologistas acusados de alta traición por revelar los vertidos radiactivos ilegales de la flota del Pacífico o el nivel de la contaminación por la misma causa en el océano Glaciar Ártico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de octubre de 2002

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